Ecuador. Miércoles 7 de diciembre de 2016
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Sobre “Sin muertos no hay carnaval”

Carlos Jijón Jurado
Guayaquil, Ecuador

Entré a Sin muertos no hay carnaval sin ninguna preconcepción de lo que iba a ver.

No sabía de qué trataba ni conocía que actores iban a protagonizarla. Había visto los adelantos y el material promocional pero sinceramente no entendí qué querían decir así que no tenía idea de cuál sería la trama más allá de que tomaba lugar en Guayaquil y, por el título, me imaginaba que habría una muerte o dos, o  quizá un carnaval. Lo que si tenía era curiosidad. Nunca había visto una película ecuatoriana completa y quería saber cómo era exactamente la tradición de cine local.

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Miento. Tenía algunas expectativas. Desde niño me interesaba el cine y por ello escuché muchas veces a personas hablar de la industria ecuatoriana. El nombre que escuché repetir más veces (el único que recuerdo haber escuchado en realidad) es el de Sebastián Cordero. Algunas personas me han recomendado Pescador y Crónicas, lo cual habla bastante bien de un director. También tenía dudas. Si las películas ecuatorianas eran buenas y notables, ¿por qué nadie hablaba de ellas afuera del contexto de “películas producidas en el Ecuador”? Es como la paradoja de Fermi, “si hay tantas películas locales buenas y se han hecho por tanto tiempo, ¿por qué no las he visto?” Bueno, talvez no se le pone tanta atención a la industria. Talvez el público local esté acostumbrado a películas de otros países, sea de otras partes de Latinoamérica o a las producciones más caras de Norteamérica y Europa. Entonces, curiosidad.  ¿Es la industria de cine ecuatoriana poco conocida y por tanto menospreciada? ¿O se trata de cintas que no alcanzan un cierto estándar de calidad y por consecuente no logran llamar la atención? Sé que es muy pronto para que pueda decir cualquier cosa con seguridad, pero después de ver Sin muertos no hay carnaval me inclino por lo segundo.

Sin muertos no hay carnaval es el sexto largometraje dirigido por el reconocido director de cine ecuatoriano Sebastián Cordero. La película narra diferentes historias de tragedia y violencia, todas de alguna manera relacionadas al desalojo de una comunidad de tierras en el Monte Sinaí, en Guayaquil.

Lo que más sobresale por mucho es el estilo visual. La prioridad más grande parece ser capturar la ciudad, no adornarla ni caracterizarla, sino mostrarla. Hay muchas veces en las que los personajes de la historia ocupan lugares diminutos en el cuadro y el resto son imágenes de Guayaquil que harían orgulloso a mi profesor de fotografía. Y no solo son los paisajes. Muchas veces la cámara muestra a personas comiendo o conversando en cuartos, en casas, en la calle y se siente distintivo de un lugar y una cultura específica. Todo está filmado desde ángulos interesantes y las tomas suelen ser largas y estáticas como para que tu cerebro pueda registrar cada milímetro de la cuidadosamente elaborada imagen.

Es muy efectiva como una obra contemplativa en la que se recrea lo que la película te asegura es una cruda realidad. La ropa de los personajes, su forma de hablar, su casa, sus gestos y expresiones, todo se siente auténtico y funciona.

¿La trama? Bueno, la trama no funciona. Es triste en realidad. La cinta se enfoca en diferentes personajes, cada uno con su propia perspectiva en una historia grande y ambiciosa. Al menos me imagino que esa es la idea porque lo que la película termina dando es una narrativa fragmentada en la que nunca tuve idea qué exactamente se supone que debería estar sintiendo.

El problema en el centro de todo es una débil caracterización de los personajes. Al principio de la cinta nos presentan a los personajes y sus roles en la historia. Está el abogado avaricioso, el exadicto a las drogas, el chico pobre, el tipo adinerado que lo tiene todo resuelto… ¿Ven el problema? Son personajes tipo, estereotipos que nunca alcanzan ninguna profundidad que haga que la audiencia pueda interesarse por su historia. Sin personajes una historia no puede ser tensa ni emocionante y Sin muertos no hay carnaval por tanto no es una película tensa ni emocionante.

Las actuaciones son en su mayoría bastante competentes. Andrés Crespo (quien también escribió el guion) interpreta a Terán, lo más cercano que tiene el filme a una figura central, y es el más memorable en mi opinión. El personaje no pasa por ningún arco narrativo ni logra mayor profundidad, pero es carismático e intenso y demuestra la capacidad del actor. Victor Aráuz por su parte hace que el personaje que lidia con dilemas éticos y lucha contra sus propios hábitos autodestructivos sea blando y aburrido, lo cual es un logro también supongo.

Aunque siendo honesto no creo que sea justo echarle la culpa a algún actor en particular cuando el diálogo es como es. Con todos los personajes explicando la trama en voz alta y diciendo exactamente cómo se sienten. “Hola amigo, eres mi mejor amigo desde la infancia. Discúlpame, debo ir a hablarle a mi abogado acerca de este problema legal que me tiene bastante nervioso”. Eso no es exacto, en el verdadero diálogo hubieran dicho ‘maricón’ unas cincuenta veces, pero entienden la idea.

Al final no hay nada verdaderamente memorable en Sin muertos no hay carnaval. Te la recomendaría bastante si te interesan las historias reales que busca relatar o si tienes curiosidad acerca del cine ecuatoriano pero no si quieres ver una película efectiva o una buena historia. Me imagino que sería buena idea verla si quieres apreciar el notable estilo visual y disfrutas de tus fotos de arquitectura acompañadas de tiroteos.

* El texto de Carlos Jijón Jurado ha sido publicado originalmente en el blog carlosjijonescribe.

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