Ecuador. Sábado 3 de diciembre de 2016
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Amor & Alegría: La Inmarcesible Resistencia

Cristina Aguirre
Quito, Ecuador

Cuando hasta ser feliz es un crimen, amar constituye el mayor de los actos revolucionarios.

Cuando se vive bajo el régimen de un orden oficial, uno lo sabe. De repente se establece una dinámica de panóptico dentro de la que los ciudadanos deben manejarse bajo determinadas direcciones y sin vacilar. El orden todo lo observa, todo lo oye, todo lo siente y todo lo sabe. Dentro de su construcción no cabe resistencia porque todos los individuos son homogéneos; y si aparece uno que así no lo quiera, se lo reforma, se lo encauza y acomoda.

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Para el orden policial existe una sola verdad: la propia. A partir del manejo de un discurso único y “oficial”, plagado con cifras e historias de héroes victoriosos que nos llevan como borregos hacia lo que ellos consideran un futuro mejor para nosotros, esos ciudadanos que no pensamos (no podemos), no entendemos (no podemos), por eso, ¿para qué una voz? (no tenemos)-, ¿cierto? Se establece la realidad de lo que es y siempre será; y junto con ella, un aparataje para oprimir y mutilar todas esas libertades imprudentes -individuales o colectivas- que busquen desestabilizar ese ‘progreso’, aquella hermosa casa de cartas. De falsos cimientos, pero casa es, ¿no?

En el orden policial todo se hace por seguridad. Se golpea por seguridad, se rompe con el Estado de Derecho por seguridad, se encierra por seguridad, se mata por seguridad. El orden policial otorga. Uno se gana los derechos, como ese niño indigente que se gana el privilegio de comer un día, porque le llevó dinero a su explotador. No tenemos nada, si es que tenemos suerte nos ganamos un pequeño miramiento en medio de un régimen que busca aterrorizarnos y dominarnos. ¿Qué derechos individuales? ¿Qué derechos colectivos? ¿Qué razón? Lo que existe es un ‘Marchar. Marchar. Marchar’. ¿Hacia dónde? Bueno pues, eso dependerá de lo que nos manden.

Es probable que la descripción que antecede calce perfectamente con una historia de terror, o una en la que los humanos no son humanos sino máquinas que hacen sin pensar. Sin embargo lo lastimoso es que no corresponde a ninguna de estas dos hipótesis, sino a las realidades represivas que se han vivido y se siguen viviendo en América y alrededor del mundo. Se retrata a la libertad como un monstruo incontrolable y por eso, se justifica la opresión de aquellos locos pensantes que puedan convertirse en una amenaza.

¿Cómo pelear contra algo que busca todo controlar? Pues, siendo, porque si algo desestabiliza a la homogenización es el ser, ese particular que tiene cada individuo. Esto es lo que muchas veces se llama terrorismo, rebeldía y sobre todo, locura. Gente terrorista que cuestiona. Gente rebelde que contesta. Gente loca que piensa. Son esos quienes han sido torturados, golpeados, asesinados, desaparecidos… Aquellos que en su diferencia fundaron un campo de batalla en defensa de su individualidad y derecho existir, que nadie otorga sino que es propio.

Encontrándose mi país, Ecuador, en una etapa pre-electoral, ha venido a mi mente, a manera de un esperanzado dejà vu, el largometraje “No” (2012) del director Pablo Larraín. Esta película se enfoca en los hechos alrededor del plebiscito nacional que tuvo lugar en 1988 con el propósito de consultar a los chilenos si el dictador Augusto Pinochet debía permanecer en el poder, o NO.

Tiene un enfoque particular, en el que entran en escena los equipos de publicistas a cargo de las campañas tanto para de Pinochet, como de la oposición. René Saavedra, quien termina encabezando la estrategia de campaña por el ‘No’, propone algo sin precedentes. Contrariamente a lo que una regular campaña opositoria haría (demostrar lo negro que es el régimen actual, reflejar la tristeza que se vive, llorar lo perdido), desafía a Chile a sonreir.

Bajo una primera mirada, puede resultar insensible el hecho de no querer hablar de muertes, de dictadores malos, de desacreditar lo que se hace en medio de tanta opresión. Sin embargo, a medida que corre la película, salta a la vista (y a la propia sensibilidad), que lo que se logra con esto no es más que la consecusión del acto de rebeldía más grande: ser feliz. Es eso lo que incomoda, porque si hay gente atreviéndose a serlo, significa que siguen semillas de libertad dentro de su existencia. Si nos atrevemos a ser felices, ese propósito opresor no se logró, ganamos y no podemos olvidarlo.

Se retrata a la felicidad más que como un estado, como un derecho, que debe reivindicarse con respecto de la dictadura. No se trata de borrar la memoria, sino de no perder la alegría mientras se vive recordando (¡para no repetir!). A lo largo de la película se deja en claro que en un principio, el hecho de convocar al propio plebiscito era una pantomima gubernamental con el propósito de acallar la opinión internacional sobre el régimen de Pinochet y así legitimar su gobierno; incluso se hace referencia a la oposición como un bando de “malagradecidos”, porque aparentemente no pueden ver lo que Pinochet ha creado. Empero, paso a paso, se constituye una real contienda entre campañas, misma que gana el ‘NO’ a partir de la respuesta social al desafío de ser feliz.

No podemos olvidar que es indispensable persistir en nuestro derecho a ser. No se trata de algo abstracto, sino a no permitir que nos quiebren el espìritu, que no haya represión que pueda domar a nuestra razón o a nuestra conciencia. La risa, la memoria, la persistencia, destruyen barreras y edifican puentes con la realidad que devela que esos caudillos policiales del orden, no son más que falsos héroes. Cuando todos los ámbitos de nuestra vida están maniatados por un orden omnipotente, ser feliz es ser revolución -de la verdadera-.

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