Ecuador. Miércoles 7 de diciembre de 2016
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Síndrome Aquarius

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

A la nueva película de Kleber Mendonça Filho, “Aquarius” (2016), le faltan o sobran pocas cosas para decir sin ambages que es una obra maestra.

Tal vez, por ejemplo, haya planos demasiado ampulosos. Lo demás es un logro brutal, una paliza a los sentidos que solo consiguen contadísimas películas cada tanto. Mendonça Filho, como el recién muerto Coutinho, logra que el tránsito entre el documento social y el régimen estético se suprima o que, felizmente, sea una vía de ida y vuelta, fluida.

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Como su obra anterior, “Aquarius” retoma la ciudad de Recife, en Brasil, y hace una lectura bien precisa y sensible de lo contemporáneo en este país. Al director no le interesa el panfleto, tal vez porque Brasil mismo ya lo es, y en qué forma: un panfleto a favor de la impunidad, de la desigualdad obscena, del miedo telúrico y el desprecio. Un dispositivo que ha expulsado a la mayoría de su población a las periferias no solamente materiales, sino simbólicas: olvido, silenciamiento, garrotazo y deuda por consumo. Lo curioso, y lo triste, tristísimo, es que al devenir de la película le acaba de suceder exactamente lo mismo que a un ciudadano desventajado de cualquier urbe mediana o grande en el Brasil. A “Aquarius” le acaba de dar el síndrome Aquarius. Me explico.

Mendonça Filho cuenta la resistencia de una mujer adulta, bien posicionada y relacionada, a vender su viejo departamento en un edificio frente al Atlántico. Cada tanto, y luego con menor cortesía, la empresa que adquirió el resto de las propiedades del edificio la asedia para que venda el lugar donde ella decidió morirse y donde décadas atrás crió a sus hijos, superó un cáncer y escribió sus libros. Con su obcecación, comprendida a medias por sus familiares pero sí por su empleada doméstica, va subiendo el tono de amenazas de la empresa, que quiere levantar en su lugar un flamante rascacielos, de esos que se elevan indistintos en las costas, demoliendo los vestigios de una arquitectura original y valiosa y de paso las memorias de una familia pernambucana privilegiada. Y en esto Mendonça Filho es buenísimo: las relaciones de clase se definen en un gesto, la religiosidad como mercancía se explica en dos tomas de cinco segundos. Y la avaricia y el lenguaje fatuo del liberalismo empresarial se resume en las buenas maneras y el lenguaje pulcro del administrador del proyecto, un joven que ha llegado de Estados Unidos estudiando “business”.

Que la película no es complaciente con Brasil es obvio. Tampoco con el espectador. Son dos horas y media de andar hilvanando pistas susurradas para descubrir el avispero del asunto. Tal vez fue por eso que en la tan comentada candidatura que presenta cada país a los Premios Oscar, para que se elija en Estados Unidos la mejor película extranjera del año anterior, “Aquarius” haya resultado finalista. Finalista, justo en el segundo lugar, como si le dieran un premio consuelo.

A estas alturas ya nadie que sepa de cine anda viendo los Premios Oscar. Medio mundo pasa de largo de lo que premian y dejan de premiar. Lo sorpresivo es la película que fue escogida por Brasil para participar en el concurso internacional. Es una feliz y disparatada mascarada del país del disimulo: un topicazo, un drama de familias blancas que viven en las riberas de aguas azulísimas y sufren un evento doloroso que les lleva a la redención y la comprensión de lo que es el amor. Hay parajes verdes, flores de colores, abuelas buenas y niñas rubias aprendiendo danza. Si no es porque he consultado que se rodó en Santa Catarina, habría pensado que la grabaron en Key Biscayne o Martha´s Vineyard. El jurado adujo que este largometraje tenía más potencial para seducir al comité estadounidense.

La similitud es tan evidente que me deja con la boca abierta. Hay tanta desesperación por vender un imaginario brasileño falaz y patético que hasta al arte le van mochando las disensiones. Brasil está exasperado por decir que vive en democracia, por enunciar palabras como desarrollo, competitividad, diversidad o fomento, pero mientras construyen el monigote de la mentira tienen que lidiar con lo que supura a pesar de las costuras que le hicieron y con la memoria que reclama. Todo por que guste afuera, ¿o no? En el país del síndrome Aquarius.

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