Ecuador. Sábado 3 de diciembre de 2016
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Colombia: el triunfo del comandante Cigarra

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

Entre el 21 y el 23 de septiembre se desarrolló en Quito un encuentro de escritores para reflexionar sobre la novela latinoamericana del siglo XXI.

En mis devaneos —originados en la angustia que me provocó un tema desde todo punto de vista inabarcable— imaginé un encuentro similar en septiembre de 1916: un año bisiesto, igual que este 2016, con la primera gran guerra de por medio, México en plena revolución y con el Premio Nobel de literatura concedido al escritor sueco Verner von Heidenstam, de quien —es una sospecha— nadie aquí guarda memoria. Jorge Luis Borges tenía 17 años, vivía en Europa y había dado sus primeros pasos en la literatura. Cortázar tenía dos años de edad; Juan Emar, el chileno, 23 años y trabajaba en un texto llamado Torcuato que aún permanece inédito. Este último vivía en Francia y se excusó de asistir. Si lo hizo Unamuno que en 1914 había publicado la novela Niebla, con amplia difusión entre los lectores de América. En el discurso de apertura se hizo un homenaje a Rubén Darío, muerto en febrero de ese año. Los escritores allí reunidos debían hablar de la novela latinoamericana del siglo XX. ¿Quién entre aquellos podía sospechar lo que ese siglo depararía en términos literarios, históricos y de la vida de las gentes? Si alguno, en un ataque de locura premonitoria, un orate, borroneaba el futuro literario de Latinoamérica, lo hubieran expulsado del evento y condenado al ostracismo.

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Opté por referirme a lo que llamé la narrativa de la violencia, específicamente a la violencia política. Había leído la peruana que es todo un género con una gran cantidad de novelas y cuentos. La narrativa de la violencia fue la respuesta a la locura del llamado el Sasachakuy tiempo de los 80 y 90 del siglo pasado que liquidó cualquier posibilidad de una mirada crítica sobre la violencia tanto desde la política y sus actores, así como desde las ciencias sociales. Fue la literatura la que asumió la tarea de recrearla como un acto de exorcismo, intentando convertir en palabras, lo innombrable: el furor homicida del Estado y de Sendero. Se podría rastrear la narrativa de la violencia en Chile, Argentina y Colombia.

En el archipiélago de la narrativa colombiana, en el cual es posible perderse, opté por una novela: El Espantapájaros (Punto de lectura, 2015) de Ricardo Silva Romero. Comienza con una frase: «Nada ni nadie imagina la masacre». Los hechos suceden en Camposanto, un pequeño pueblo en el municipio de Montenegro, Colombia. Es un domingo, las campanas de la iglesia tañen y la gente se dirige a misa. Entonces comienzan los disparos «que vienen de cinco furgones repletos de asesinos, de visita en el poblado como una marcha fúnebre que colecciona cadáveres, despejando la duda de si volverá a empezar una tragedia que empezó hace mucho tiempo.» El comandante Cigarra dirigen la masacre con 114 hombres del bloque Titanes que obedecen las órdenes del Doctor, un poderoso terrateniente que quiere hacerse de las tierras de Camposanto. Esa es, podríamos decir, la causa material. En al fondo se trata de una venganza histórica que tiene sus orígenes en la guerra entre conservadores y liberales. El Espantapájaros, perseguía a los «pájaros», los armados conservadores que asolaban a los pueblos liberales. Entre las víctimas del Espantapájaros está un hermano de Cigarra.

Camposanto no sólo es el refugio del Espantapájaros, sino de viejos combatientes que deberán agradecer que se les mate de un tiro y que sus cuerpos no sean devorados por los cerdos. Mientras ocurre la matanza, descrita con una detalle estremecedor, brutal, espeluznante, desde los parlantes de los vehículos que transportan a los paramilitares se escucha la famosa canción Qué bonita es esta vida, el conocido vallenato de Jorge Celedón. ¡Alucinante!

Ningún viejo quedará con vida. En las páginas finales, el asistente de Cigarra lee los nombres de cada viejo y de las razones por las cuales deben ser fusilados. Todos representan un pasado culpable. Se abra así una nueva espiral de venganza. Quien ha leído Meridiano de sangre de Cormac MacCarthy encuentra en El Espantapájaros de Silva Romero similar intensidad, violencia que elimina todo lo que el sentido común podría llamar «lo humano». Sin embargo, lo humano está allí con toda su carga destructiva.

El lenguaje de la violencia no puede expresarse sino como una narrativa violenta. Cada víctima y cada victimario nos conducen al límite de nuestras convicciones. Dejamos de ser personas, individuos y pasamos a ser los subproductos de un engranaje enajenado, en desechables: cuerpos triplemente expuestos en el escenario de la violencia, en la crónica roja y en el relato.

El comandante Cigarra triunfó el domingo 2 de octubre en Colombia: la violencia se nutre de una memoria que llama a la venganza cerrando las puertas a un futuro distinto.

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