Ecuador. Martes 6 de diciembre de 2016
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¿Y si hay otros traidores?

Eduardo Carmigniani
Guayaquil, Ecuador

Eduardo Carmigniani
Guayaquil, Ecuador

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Mal negocio resulta, cuando hay que analizar denuncias sobre corrupción que involucran a funcionarios gubernamentales, jugarse de entrada contra el denunciante y defender a capa y espada la “honradez” del “compañero” denunciado, pues cuando las evidencias obligan a recular y declarar dolorosos los hallazgos, “por la traición de personas en las que depositamos nuestra confianza”, no queda más que “pedir disculpas”, como acaba de tener que hacer el vicepresidente Glas, en relación con el reciente “affaire” en Petroecuador, área estratégica bajo su dirección y cuidado cuando se produjeron los hechos. Igualito sucedió, años ha, en otra área, con quien en su momento fue públicamente defendido y hasta homenajeado, el hoy prófugo Pedro Delgado.

Pero no solo eso. Más allá del riesgo puramente personal de quien -al menos ingenuamente- a tontas y a locas se lanza a la piscina vacía y luego se estrella por el solo prurito de sostener que en el Gobierno o sus allegados no puede haber corrupción, hay aquí dos problemas institucionales muy serios. El primero, la intromisión, al menos política, del Ejecutivo en investigaciones a cargo de órganos como la Contraloría o la Fiscalía, o incluso en procesos en marcha a cargo de jueces. El segundo, la devaluación de la palabra del gobernante, que afecta no solo a su persona sino al Estado mismo.

La majestad del poder, de la que tanto se alardea, obliga precisamente a actuar con majestad, con severidad, guardando distancia de las personas y de los hechos, y dejando que sean las autoridades competentes las que investiguen, se pronuncien y sancionen, si eso corresponde. De lo contrario, se socava la autoridad por el riesgo de quedarse regalado con una nueva defensa a ultranza, que termine en un nuevo pedido de disculpas, por una nueva alegada “traición” de algún otro funcionario en el que también se había depositado confianza…

Esa es también la soledad del poder. Decidir ser leal con la nación y no con los “compañeros”. Por doloroso que resulte en lo personal o familiar.

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