Ecuador. Lunes 5 de diciembre de 2016
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Hojas rojas

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Cuando hace más de quince años se cayeron las torres gemelas de Nueva York, la ciudad tuvo que soportar una selecta colección de homenajes letárgicos y vacuos. Los peores, desde luego, fueron los que le dieron los militares, vestiditos de muñeco coqueto marchando como si se alistaran para la guerra.

Una guerra que efectivamente ocurrió no mucho después, lo suficientemente lejos como para que volvieran a su casa en calidad de héroes.

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Hacía pocos meses un trovador casi desconocido, nacido en un pueblo remoto, Jacksonville, en Carolina del Norte, había publicado un disco de folk al que llamó “Gold”. Ryan Adams tenía poco más de veintisiete años y había estado sacando discos prodigiosos a los que casi nadie hacía caso al menos desde los veintiún, con su bandita de alt-country llamada Whiskeytown.

En “Gold” había un corte para el que Adams se animó a hacer un video. La canción se llamaba “New York, New York”. Pocos días después de la tragedia fue incorporada por unos pocos como un himno de resistencia que reavivara la voluntad neoyorquina de saberse desigual, cosmopolita, rara, tolerante y culta. La cosa subió como espuma y “New York New York” le sacó a Ryan Adams del cómodo anonimato que habitaba: le otorgó el estatus envidiable de ser una pequeña estrella de música tradicional gringa que toca para pocos cientos de miles fans en el mundo y que le obsequia lugares privilegiados en la poesía y la tradición larga de trovadores que Estados Unidos ha cultivado desde hace al menos un siglo.

Ryan Adams es uno más, aunque el mejor, de los miles de trovadores estadounidenses que pululan por medio mundo con una guitarra y una harmónica. En su caso, como en el de la mayoría, es parte de una tradición marcada a pulso de mestizaje e inmigración. Probablemente el comienzo más visible lo marca Robert Johnson, un negro genial del delta del Mississippi del que se decía que había vendido su alma al diablo para lograr el éxito y la habilidad en la guitarra. Johnson le cantaba a las escasas alegrías domésticas, al deslumbramiento ante la ciudad, a la trayectoria pedregosa de la buena amistad y a la leche malteada. Adams le canta a la depresión, al silencio de los parajes gringos, a la hija de un amigo suyo que murió de una extraña enfermedad y, claro, a las borracheras en Manhattan, a los niños, las iglesias y al metro de la ciudad de Nueva York.

En medio, esto: es 1969 y como parte de las imágenes promocionales de Nashville Skyline, tal vez el mejor de todos los discos de Bob Dylan, alguien le hace una foto posando en plano central, con su guitarra, y apoyando su cuerpo en un enorme automóvil negro. Hay un bosque al fondo, de hojas rojísimas, otoñales. Ahora se me ocurre que en esta fotografía, en su oropel de agitadora comercial, se apila inesperadamente toda la presencia de Bob Dylan dentro de la tradición de trovadores, y asimismo todo el peso de esta tradición como una de las escrituras más fuertes de la literatura contemporánea.

Que sea poesía o no, que se acompañe de guitarras o banjos, que alguien la entone o la publique en libros o discos compactos, es menor, eso sí contingente. Bob Dylan es aquí por fuerza lo que no son los desfiles de soldados enmudecidos. Es, como Woody Guthrie, el trovador y novelista a quien Dylan quería emular, todo el andamiaje de la resistencia de la cultura popular a ser rotulada como enlatado para masas siempre estupidizadas. Dylan tiene puesto un sombrerito, tal vez de fieltro, viste una camisa blanca, pantalones de sastre y chancletas playeras. Allí está la paradójica compañía de la naturaleza domesticada, la autopista como variante de la aventura y sus soledades, y la absorción de las tradiciones celtas (sobre todo irlandesas) y negras que van armando una paleta de subgéneros en los que se divide la música de trovador estadounidense: folk, americana, alt-country, bluegrass.

Todo esto es, por supuesto, insuficiente ante la reticencia y la arrogante sorpresa que han expresado muchísimos escritores y literatos después de enterarse que a Bob Dylan le dieron el Premio Nobel de literatura. Ya se sabe: poco dice el premio. En estos años, aún menos. Pero la literatura sigue vigente. La mejor conversa con la búsqueda de sentidos, de empatías, de políticas posibles. La más compleja siempre nada a contracorriente, como cuando Flaubert decía que había que coger con los dientes un denario entre la mierda. Y la contracorriente se da, a veces, contra el estatus quo de los que han construido los clásicos a partir de la mentira de que la única sabiduría posible es la que reside en la palabra escrita, y no en los estribillos, las frases populares o los momentos del cine o la música. O como si el único archivo de sensibilidades y proezas intelectuales aconteciera en una matriz consensuada por un raro conservadurismo estético que siempre se aferra al libro. En Brasil, por ejemplo, es imposible disociar la tradición literaria e intelectual de la música popular. Chico Buarque habla en el mismo tono que Rubem Fonseca.

Felizmente, la literatura es la resistencia. La resistencia es la lucha constante contra el mercado de la canonización comercial, contra las ínfulas de la alta cultura y contra los territorios que parecen ser descubiertos solo para unos pocos felices.

Salud por Robert Johnson y por Bob Dylan. Y por Ryan Adams y Rosanne Cash, que recibirán el premio en 2035 y 2038, respectivamente.

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