Ecuador. Lunes 5 de diciembre de 2016
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Soplando en el viento

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

Desde que se entregó por primera vez el Premio Nobel de Literatura en 1901 hasta nuestros días, solo dos escritores rechazaron el galardón… a medias.

El primero en rechazarlo fue Boris Pasternak en 1958 presionado por las autoridades soviéticas. Se vio obligado a escribir una carta a la Academia sueca diciendo: “Considerando el significado que este premio ha tomado en la sociedad a la que pertenezco, debo rechazar este premio inmerecido que se me ha concedido. Por favor, no tomen esto a mal”. El autor de “Dr. Zhivago” murió dos años más tarde. Fue su hijo Yevgueni quien en 1988 fue autorizado a retirar el premio en nombre de su padre.

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Menos novelesco fue el rechazo del premio en 1964 por parte del francés Jean-Paul Sartre quien, después de una serie de disquisiciones sobre la libertad y el respeto que debía a sus lectores, no quiso aceptarlo. Pero más tarde, al enterarse de la suma de dinero que acompañaba al premio, pidió que le entregaran el efectivo pero no el galardón.

Dentro de esta lista de situaciones particulares del famoso y codiciado premio, posiblemente figurará también el de este año después que la Academia de Suecia resolvió galardonar al canta-autor norteamericano Bob Dylan. No fue en vano, por lo visto, que su nombre artístico lo tomó del poeta inglés Dylan Thomas (1914-1953) convirtiendo en apellido el nombre de pila. Debe ser una de las pocas veces que, al conocerse el nombre del nuevo Nobel la gente no se preguntó: “¿Henrich quién…?” o bien: “¿Samuel cuánto…?” Esta vez nadie dudaba: era el famoso autor de lo que se podría considerar que fue el himno del movimiento hippy de los años sesenta: “Soplando en el viento“, aquella canción cuyo estribillo tan pegadizo decía: “La respuesta, amigo, está soplando en el viento; la respuesta está sopando en el viento”. La canción la escribió cuando solo tenía 21 años y cantaba en los centros nocturnos de Nueva York.

De más está decir que los puristas (por no decir conservadores) pusieron el grito en el cielo y hubieran preferido que el premio recayera en uno de los eternos candidatos al galardón. Quienes en los años sesenta y setenta del siglo pasado se emocionaron con sus canciones, no solo con sus melodías y sus letras, están hechos unas pascuas. Estos alegan que justamente el inicio de la poesía, en tiempos inmemoriales, hunde sus raíces en la música. Aquellos poetas recitaban sus textos para quien quisiera escucharlos acompañándose de una lira. De aquí viene justamente la palabra “lírica”.

En una entrevista del periódico “New York Times” en septiembre de 1997 habla de sus canciones y dice: “Debo saber que canto algo que contiene cierta verdad. Mis canciones son diferentes que las de cualquier otro. Otros artistas pueden arreglarse con sus voces y su estilo, pero mis canciones dicen mucho, y todo lo que tengo que hacer es interpretarlas correctamente, líricamente, y harán lo que deben hacer”. Y sobre el sentido de ellas, declaró a “The Los Angeles Times” en 1997: “Son canciones hechas para ser cantadas. No sé si están hechas para ser debatidas en torno a una mesa”.

Su poesía –a pesar de decir que de pronto escribe sus poemas de un tirón– no es el fruto de algo espontáneo, sino está alimentada de sus muchas lecturas, desde el mismo Dylan Thomas a los poetas de la generación “beat” norteamericana, sin olvidar a Lord Byron o Keats. Pero sobre todo, de las canciones de Woody Guthrie porque “eran acerca de todo a la vez. Eran sobre ricos y pobres, negros y blancos, los altibajos de la vida, las contradicciones entre lo que se enseñaba en la escuela y lo que de verdad sucedía. En sus canciones decía todo lo que yo sentía pero no sabía cómo decir” (“The Los Angeles Times”, 2003).

Pero la historia no ha terminado. En el momento que escribo estas líneas se cumplen seis días que la Academia no ha podido hablar todavía con Bob Dylan. Es de esperar que pronto rompa su silencio porque como lo dijo en una entrevista hace unos quince años: “Siempre es agradable que te galardonen. Sobre todo mientras sigas vivo”.

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