Ecuador. Miércoles 7 de diciembre de 2016
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Lecciones para Macarena

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Hace pocos horas la exconcejala Macarena Valarezo se lanzó en la radio una buena perla.

“A mí lo que me da terror –bramó- es que vuelva otro muerto de hambre a la Presidencia y se arregle la vida en cuatro años. Perdónenme que les diga eso –siguió tronando-, pero es preferible tener a un empresario probo, a una persona que ha demostrado hacer empresa y que sabemos que no necesita del gobierno para aumentar sus riquezas ni para ser el hombre más rico aquí o en Ginebra”.

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Es infrecuente encontrar tanta sinceridad en el mundo político, por lo que sus comentarios  tienen algún valor. A mí hasta me gustan, de plano. Son emotivos, honestos, directos. A alguien como el alcalde Rodas, digamos, estas declaraciones le parecerían exabruptos que no están previstos en su tan pensado guion de lenta ascendencia a la presidencia. La exconcejala parece hablar en un momento de confianza, de desnudada sinceridad, de legítima franqueza. Pero Macarena: hablar así no te confiere razón, menos aún coherencia.

La respuesta mayoritaria, aunque torpe, ha sido devolverle a Macarena un paquete de insultos equivalentes al calibre de sus propias palabras. Señalar que lo que debe hacer es volver a los concursos de belleza es tan burdo como hacer arqueología de sus amores pasados. Macarena es un personaje público que ocupó una instancia de poder media. Algo de votantes debe movilizar para que le sigan invitando a que responda sus inclinaciones políticas.

¿Pero qué quiere decir Macarena cuando dice esto? ¿Qué rol ocupa en el imaginario el muerto de hambre? ¿Por qué el “empresario probo” es su perfecto antagonista? ¿Qué tiene que ver la persona millonaria con la administración pública?

Yo soy partidario de alejar la censura a lecciones como las de Macarena. Soy partidario, más bien, da darle lecciones a Macarena. De hablarle, en lo posible, de tú a tú. Una operación sensata ante lo que ella profirió es más bien desentrañar su línea de pensamiento, que no es solo de ella (bueno fuera), sino de buena parte de la población.

La primera es la simplificación que le hace concluir que el muerto de hambre, o sea el pobre, es el que roba. Falso, Macarena. Falsísimo. No hay cifra, no hay estudio que indique que la pobreza tiene directa correlación con el robo. Macarena necesita menos momentos de sinceridad y un poco más de luces y lecturas. Ser excluido, ser segregado te puede llevar a delinquir. De ninguna manera ser pobre. Es más, en los altos círculos, cuando la impunidad se cultiva como ley de vida, pueden darse tasas más altas de criminalidad. Pero el crimen de cuello blanco tiene pocos reflectores y es, por lo general, menos investigado.

Lo otro, Macarena: ser empresario, exitoso o no, no es lo mismo que ser presidente. Alguien que ocupe la cabeza de un gobierno no ha de saber solamente sobre maximización de utilidades y reducción de costos. “Hacer empresa”, como señala Macarena, es una labor igual de distante que dar clase respecto a ser presidente. No se puede pensar desde el mínimo común, Macarena. Que ya tenga dinero no quiere decir que no va a robar. Por el contrario: todos los empresarios necesitan del gobierno para aumentar sus riquezas, en el sentido de que requieren un repertorio de reglas específicas para sus negocios o (ahí sí pinta el gobierno) lo pretenden como su preciado cliente. De hecho, Macarena (otra vez): puede que el empresario quiera construir un armazón que convenga a sus empresas e intereses, como ha sucedido. En todo caso, ser presidente precisa conocimiento, astucia política, acervo cultural mayor que el de la revista Vistazo y, ojalá, una buena dosis de sensibilidad.

Para terminar, Macarena: hay implícita en tu comentario la idea de que la eficiencia y la producción de dinero viene del empresariado o, peor aún, del sector privado. Si bien esto es verdad, solo es verdad a medias. Entonces tu simplificación se vuelve aún más peligrosa. Bueno sería que Macarena revisara los índices de satisfacción al cliente que tienen las empresas ecuatorianas, así como la deuda externa del sector y su margen de eficiencia respecto a los recursos disponibles. También los incontables casos de iniciativas estatales que, bien llevadas, pueden aumentar la circulación de capital en un país.

Negar la potencia política de los comentarios de Macarena es como negar el sesgo de candorosa ingenuidad y peligroso clasismo de los mismos. Lo mejor es, en primer lugar, reírse un poquito de su futilidad y simpleza, pero luego esforzarse en desmontar su demagogia, públicamente. Entonces su propio silencio le trasladará al lugar que le corresponde, que no es precisamente el de una persona entendida en cuestiones políticas.

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