Ecuador. Jueves 8 de diciembre de 2016
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Olores de Manta

Andrés López
Quito, Ecuador

La escena merece un marco. A mi me resulta maravillosa pero a los lugareños no parece interesarles.

Los pescadores y sus botes llenos de mariscos están en la playa. El sol naciente ilumina el rostro curtido de los cholos marinos.
Centenares de curiosos rodean las embarcaciones y yo me cuelo entre la gente.

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La pesca ha sido exitosa, hay lenguados, sierras, agujetas, pulpos, calamares, dorados, que se mecen inertes según el golpe de la ola en la embarcación.

Los pescados están sumergidos bajo diez centímetros de agua salada y sangre. Brillan tanto como si vivieran, pero, es el reflejo de la luz.
Sobre mi cabeza aletean ansiosas gaviotas y fragatas. Esperan un descuido para robar comida.

Aquí huele a mar, a caracol, a sal.

Luego recorro “Playita mía”, el mercado de mariscos más grande de Manta. Se venden picudos, conchas, langostinos, atunes y una centena de especies desconocidas por mi.

Con tantos mariscos revueltos el ambiente se impregna de un vaho cítrico, intenso y penetrante. Vamos, que huele a pescado muerto. Irrita las fosas nasales y hasta arrugo la nariz, pero es solo el primer impacto, luego, me acostumbro y pienso que así debe ser. No compraría mariscos en un mercado oloroso a chocolate.
Compro lenguado, picudo y camarones. Regateo el precio y pido yapa… Linda experiencia.

Estoy alojado en un edificio frente al mar, en la zona nueva de Manta llamada Barbasquillo. No tiene playa, solo rocas.

Aunque no lo parezca, es un valor agregado.

De pequeño disfrutaba recorriendo pozas en busca de estrellas mar, caracoles y peces pequeños. Quizá lo más emocionante era levantar una roca, había que voltearla con cuidado por si aparecía una jaiba.

Son las 7am, la marea está baja y hay muchas pozas por inspeccionar.

Mientras camino observo a un cangrejo adherido a una roca. Tiene la cabeza plana y su pigmentación se asemeja a la superficie áspera del montículo.

Me aproximo con el ánimo de comprobar cuán cerca puedo llegar sin que huya.

Estoy a tres pasos y me acerco sigilosamente.
Dos pasos, sé que correrá en cualquier momento.
Un paso, y el cangrejo permanece quieto.

Sorprendido por la impasividad del crustáceo, extiendo mi mano hacia él…y nada, no se mueve.
¡Lo toco! Y tan pronto lo hago, se desploma aparatosamente.

Lo recojo de una charca pequeña, está petrificado.

Lo examino.

Al acercarlo a mi cara un hedor fétido me sobresalta. Confirmo que no es carne en descomposición, es un rancio tufo a químico.
No le doy importancia y continúo mi recorrido en dirección a playa murciélago.

En el trayecto contemplo los altos y modernos edificios construidos al borde de la playa. Cada uno tiene su propio sistema de desfogue de aguas que cae en la arena.

El líquido es transparente, sin embargo, me inquieta verificar que el chorro que golpea la arena en dirección al mar, forma un canal con manchas oscuras que literalmente hunde la playa. Parece el cauce de un río… de un río contaminado. Nuevamente acerco mi cara al líquido y percibo un olor a detergente.

Al día siguiente bajo a la playa a la misma hora, esta vez con cámara en mano (el periodismos no conoce de vacaciones).

Los turistas han llegado en buena cantidad y el movimiento de gente es notorio. Busco los lugares del día anterior y el panorama es más preocupante.
Los líquidos que salen de las alcantarillas han aumentado en volumen y encuentro pozas turbias y fétidas.

Atravieso un pequeño rompe olas y encuentro una alcantarilla rota que escupe un líquido nauseabundo.
En los alrededores no hay nada vivo, no puede haberlo. Ninguna especie resistiría alimentarse de agua podrida.

Caminar por aquí resulta repugnante, tengo la sensación de que hongos voraces acechan al incauto que camine con pie desnudo.

Unos turistas asiáticos recorren las rocas buscando conchas (lo sé por la funda repleta de piedras que llevaban consigo) están entusiasmados y ríen de buena gana.

De pronto una señora advierten la fuga de “agua”. Alza la voz sorprendida y molesta.

De inmediato dan vuelta y aunque no entiendo lo que dicen, por el tono y los gestos, se me ocurre una andanada de improperios impublicables.

El turista nacional y extranjero busca en las playas ecuatorianas un contacto con la naturaleza. Una experiencia con eso que llaman aire puro, aguas limpias y sobre todo, vida silvestre.

La visita a Manta tuvo gratas experiencias, gente muy afable. Sin embargo, hago una evaluación negativa ante la negligencia y falta de control.

El municipio de la ciudad tiene un departamento de medio ambiente, funciona?

Quiero creer que se trata de un problema puntual, de hecho, playa murciélago se muestra en impecables condiciones.

Todos queremos apoyar a las zonas devastadas por el terremoto pero este tipo de sucesos provocan el efecto contrario.

Los turistas asiáticos huían presurosos, como de la peste.

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