Ecuador. Viernes 2 de diciembre de 2016
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Historias Patrias II: una nota adicional sobre El LIBRO VERDE y Paul Rivet

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

Debe haber muchos libros verdes; sin embargo, El LIBRO VERDE de «san francisco del quito del pir(u)» —el libro donde se registraban las actas de los cabildos— fue el primero de ese color.

Para mi sorpresa, Muammar el Gaddafi escribió un Libro verde en tres volúmenes. Quería ser como Mao, aunque el libro de Mao era rojo. Las enseñanzas del Libro verde de Gaddafi no tenían el secreto contra el fracaso y menos aún contra la muerte (tampoco el Libro rojo de Mao). Su revolución, la de Gaddafi, como parece ser el destino de todas las revoluciones, terminó en una dictadura atroz. Al final del túnel revolucionario se estableció un orden más opresivo e infame que aquel que destruyó en nombre de una mejor vida.

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Pero no es sobre esto de lo que quiero escribir ahora sino sobre Paul Rivet, el etnólogo francés, el mismo que tuvo un feo encontrón con el nacionalismo ecuatoriano a comienzos del siglo XX. No repetiré lo que Wikipedia registra sobre Rivet. Haría un mal resumen y estoy seguro de que preferirían ir directamente a la fuente. Paul Rivet fue un destacado antifascista y un político militante del socialismo francés, fundó el Museo del Hombre, formuló una nueva teoría sobre el origen de los primeros pobladores de Abya-Yala, se transformó en un reconocido científico y, ante todo, fue protagonista de una historia de amor que marcó la historia de Cuenca. No sé si tanto, pero que por largo tiempo debe haber mantenido ocupadas a las lenguas de la ciudad de provincia.

Vamos por su teoría. De acuerdo a Rivet, el hombre americano llegó por el Pacífico —al que se debería llamar el Mar del Ocaso— y provenía de la Melanesia y la Polinesia. Eran pueblos de grandes navegantes y aún lo son. Rivet acumuló una gran evidencia arqueológica para formular su teoría.

Mucho antes que Rivet, los mitos de las aldeas de JAM’ y COAQ’ ­afirmaban que el Mar del Ocaso vio nacer a los seres humanos, simultáneamente en todas sus orillas. Esa história me la contó un hombre que parecía no tener edad durante una conversación incierta, tan incierta como navegar por los meandros de un río desconocido. La reproduje con algo de fantasía en el relato El hombre-pez y las tablillas de la memoria (Loqueleo, 2016).

De aquellos humanos o casi humanos, o prototipos de humanos, unos sobrevivieron, otros no. Después de mucho tiempo vinieron las grandes migraciones, o tal vez fueron pequeñas, pero lo cierto es que el Mar del Ocaso fue la vía de los grandes intercambios entre Abya-Yala con las culturas del otro lado del mar, del lado de las aguas donde el sol nace.

Vamos por la historia cuencana de Rivet. Me limito a sintetizar la ya sintética historia narrada por Juan Cueva Jaramillo en Cahiers des Ameriques Latines, Número 13 de 1990. El joven médico francés llegó con la Segunda Misión Geodésica Francesa y luego de recorrer buena parte del país arribó a Cuenca. Un día cualquiera lo llamaron para que atendiera a una enferma. Rivet acudió a la casa de don Ignacio Ordóñez Mata. La enferma era su esposa Mercedes Andrade Chiriboga (carezco de pruebas para afirmar o negar su parentezco con el escritor Marcelo Chiriboga). La mujer había sido dada en matrimonio a los trece años y había procreado tres hijos. Debía tener entre dieciocho y veinte años cuando conoció a Rivet. El amor los sacudió y Mercedes, a la que en Cuenca llamaban Michita, vestida de monja, huyo a caballo hacia Guayaquil para embarcarse rumbo a París y ser arrullada por los brazos de Rivet. Hizo su vida allí. Atrás quedó Cuenca sumida en el escándalo. Michita enviudó un 21 de marzo de 1958 o 1959 (Wikipedia registra las dos fechas) y regresó a Cuenca donde terminó sus días. Me imagino que con el escándalo que armó con su huida, más de uno le negó el saludo.

Juan Cueva Jaramillo rescató la historia de la pareja Rivet-Andrade. Optó por la libertad fatal —al decir de Thomas Szasz— y se suicidó a los 70 años, un 9 de diciembre de 2009. Fue embajador, político y periodista, hermano de Patricio Cueva Jaramillo, pintor cuya obra ha dispersado el viento del tiempo. Patricio era amigo de mi padre y de Fausto Falconí, al que apodaban «el tuerto», que también se suicidó. Los tres fueron comunistas, en su momento, los tres partieron exiliados a diferentes lares. Retornaron. Cuando visitaban a mi padre mantenían una conversación entre irónica y triste, cortada por las bromas que Patricio y Fausto hacían sobre sus ex camaradas y, por el silencio. Cuando callaban la niebla colmaba la casa: niebla de desaparecidos, muertos y derrotados. Sólo se esfumaba cuando uno de ellos lanzaba otra broma y volvían a reír.

 

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