Ecuador. Viernes 2 de diciembre de 2016
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Donald Trump y las torres de cristal

Felipe Herrera Aguirre
Santiago de Chile, Chile

La imagen es elocuente: Donald J. Trump, el próximo presidente de los Estados Unidos, de pie frente al ventanal de su salón en el penthouse de la Trump Tower de Manhattan, que puede ser en Chicago, Panamá, Estambul o Corea del Sur.

Está solo, y mira hacia la ciudad desde arriba, ve cómo los autos transitan por la Quinta Avenida y se pierden en ese enredo de calles y edificios que es la llamada Gran Manzana. Está solo, como le gusta. “En mis días más difíciles no confío en nadie”, le dijo a Mark Singer, el periodista que hace 20 años escribió “Trump and me”, el perfil que le valió ser llamado “fracasado” por Trump.

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No sólo Singer ha visto y descrito la misma escena. Maureen Down, columnista política del The New York Times que en septiembre de este año publicó un libro llamado “The Year We Vote Dangerously” (El año en que votamos peligrosamente), también ha descrito la misma escena cuando ha escrito sobre Trump. Solo, mirando hacia abajo en el último piso de su torre de cristal en pleno Nueva York.

Trabajo en el área internacional de un medio de comunicación generalista de Santiago de Chile, y siempre me negué a la posibilidad de que Donald Trump pudiera ganar las elecciones de Estados Unidos. A pesar del atractivo innegable que tiene el tipo, y a pesar del entusiasmo que genera en las millones de personas que votaron por él, me parecía imposible que su discurso pudiera ser tomado en serio por los estadounidenses. Me equivoqué.

Pude ver el entusiasmo de los electores de Trump en septiembre en Estados Unidos, el día del primer debate. Estaban realmente encantados. Pero yo preferí hacerle caso a las encuestas, a los números y al aire intelectual que pretendimos, los distintos medios de Estados Unidos, de varios países y por supuesto de Chile, darle a estas elecciones. Al fin y al cabo, son las elecciones del país más influyente del mundo, cosa seria. Entonces hablamos del voto populista, lo comparamos con el Brexit y le dimos explicaciones de todo tipo a un fenómeno que, en verdad, había dejado de serlo hace rato. No pudimos verlo, y preferimos no creer que el narciso de Trump podía ganar. Menos, aceptar que un buen puñado de personas, a quienes calificamos de “sin educación”, más que nada un eufemismo para ignorantes, estúpidos, iletrados, pudiera votar por él.

Pero ganó. No le dio opción a Hillary Clinton, la última esperanza del mundo “libre”, “nice”, “open-mind” y políticamente correcto. Y ninguno de nosotros, los intelectualoides, periodistas letrados del mundo académico lo vio (o lo quiso) ver venir. Llenamos portadas y escribimos páginas y páginas sobre lo malo, inmoral, misógino, racista, xenófobo, homofóbico y todos los adjetivos calificativos que encontramos y que apelaban a la irracionalidad.

¿Qué pasó? ¿Qué fue lo que no pudimos ver, y que permitió que Donald Trump, un empresario multimillonario fracasado para los negocios, egocéntrico a más no poder, un falseador experto de la realidad para su conveniencia en cuyo mundo sólo existen dualidades del estilo exitosos o fracasados totales, mujeres de 1 o de 10, humillados o humilladores, ganadores o perdedores en la vida, sea el nuevo presidente de Estados Unidos de Norteamérica, la nación más poderosa del planeta? En cierta forma, fuimos Donald J. Trump, solo, mirando hacia abajo desde el último piso de la torre de cristal que son nuestras redacciones de diario.

Lo que pasó fue que Donald Trump, a diferencia de nosotros, fue capaz de bajar de su torre de cristal, y a pesar de sus limitaciones, escuchar. Escuchar a aquellos que nosotros mismos, los intelectuales progresistas que pretendemos ser inclusivos, excluimos inmediatamente cuando los consideramos incapaces de elaborar un discurso que cumpla con nuestras expectativas literarias e intelectuales. A aquellos que ignoramos cuando dicen algo que no queremos escuchar. A aquellos que no vemos cuando vamos de vacaciones a New York o a San Francisco o a L.A o a Washington o a cualquiera de las ciudades de moda de cualquier parte del mundo. Esos mismos que se sintieron excluidos, se sintieron considerados por un Trump que les dijo “no me voy a olvidar de ustedes”.

Lo que pasó que fue mientras los de la prensa nos tomábamos los dichos de Trump de forma literal pero no en serio, sus electores lo hicieron al revés: en serio pero no literal. “Nadie puede creerle a Trump lo que dice”, me dijo un “trumplover”, un hombre blanco de 32 años en un bar de Denver el 26 de septiembre pasado. El mismo que me dijo que no era problema suyo cómo se sintieran los millones de inmigrantes que entran a Estados Unidos a buscar mejores oportunidades de vida, y a los que Trump ha ofendido durante el último año. El mismo que durante los últimos años se debió haber sentido aplastado por el movimiento “nice”.

Mientras ellos tomaban en serio su oportunidad de volver a ser importantes en la política de su país, nosotros los periodistas e intelectuales progresistas nos quedamos en las salas de redacción de nuestras torres de cristal y preferimos hablar con expertos, analistas políticos, encuestadores, y revisar datos, cifras, números. Lo que pasó fue que nos quedamos totalmente desconectados de la realidad.

Y mientras evocábamos la imagen de Trump totalmente solo en el último piso de su torre de lujo y vanidad con un tono de menosprecio y de burla desde nuestras torres de cristal que fueron también nuestras burbujas, él se burlaba de nosotros convencido de que, igual como dijo en una entrevista hace 15, 20, 30 años, ganaría las elecciones. Y ganó.

Lo real es que Donald Trump es el nuevo presidente de Estados Unidos.

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