Ecuador. lunes 25 de septiembre de 2017
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Fidel Castro y el arte del “cubaneo”

Felipe Herrera
Santiago de Chile, Chile

La revolución cubana terminó el 1 de enero de 1959, cuando Fulgencio Batista huyó de La Habana y Fidel Castro, el Che Guevara y sus compañeros de armas entraron triunfantes a la capital.

Castro, que no tenía aspiraciones ideológicas, ya había descubierto su razón de ser: “Cuando esta guerra se acabe, empezará para mí una guerra mucho más larga y grande: la guerra que voy a echar contra Estados Unidos. Me doy cuenta de que ese va a ser mi destino verdadero”.


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Sus desafíos al imperio yanqui terminaron por llevar a su país al aislamiento total, y su única opción fue echarse a los brazos de la Madre Rusia convertida en la Unión Soviética. Para ellos era una oportunidad tremenda de tener influencia directa en el patio trasero de los gringos. Fue oportunismo mutuo, un “win-win”. Pocos años después de haber conseguido la victoria, Cuba se había transformado en un régimen autoritario que se pudo mantener, después de la caída de la URSS, con la ayuda de la Venezuela de Hugo Chávez.

Los logros sociales de Cuba son innegables y ya rondan por todo Internet. El gobierno de Fidel Castro, pese a todas las penurias, universalizó los sistemas de salud y de educación para lograr una cobertura total. En Cuba no hay extrema pobreza y la tasa de mortalidad infantil es la más baja del mundo. Hay el doble de médicos que en Inglaterra para una población ínfimamente menor. Las leyes del mercado (oferta y demanda) hacen que el sistema de salud pública funcione. A diferencia del neoliberalismo, el régimen comunista de Castro entregó soluciones concretas y reales a su pueblo, y eso hace aún más hipócritas todas las críticas que vienen de cualquier representante político de los sectores aristocráticos privilegiados de la derecha mundial.

Datos, cifras que dan vuelta al mundo, y que condimentan la imagen romántica que Castro construyó de una Cuba como un fortín que aguanta, o como una ladilla de molesta, a un gigante colosal, a una superpotencia mundial, y a la del propio Fidel Castro, como un defensor de la dignidad latinoamericana. Y como el mejor de los gerentes de Marketing, logró vender esta imagen no sólo a los que estuvieron dispuestos a comprársela.

Fidel, convertido en el caudillo mitológico de la izquierda en América Latina, escondió y se escondió de la realidad, esa que también habla de represiones, censura, privación de libertades fundamentales y penurias económicas que hizo pasar a su pueblo, el mismo al que usó para justificar sus aspiraciones personales. Hablando sobre esto con una amiga escritora cubana radicada en Ciudad de México, me dijo: “Lo fuerte que le mostramos al mundo los cubanos no tiene que ver con la dignidad, sino con el aprendizaje eterno para sobrevivir y levantar cabeza en la peor de las condiciones económicas y de libertades”.

Y Fidel, mientras, se encerraba en su palacio de La Habana, ese mismo que está rodeado de altas murallas y frondosas palmeras que impiden que cualquier visitante vea nada desde afuera, conformando una imagen que se puede ver en los barrios altos y burgueses de Santiago y de Lima, de Buenos Aires, de las grandes ciudades de Brasil, de Caracas. De Miami, de Los Ángeles.

Jon Lee Anderson, quizás el único periodista estadounidense que puede jactarse de haber podido desenvolverse a sus anchas en la isla de Cuba, lo describe así: “La astucia y el engaño, como Maquiavelo famosamente escribió, son esenciales para el ejercicio del poder y quizás en Castro, más que en cualquier otro gobernante de su tiempo, esos rasgos eran como una marca registrada”.

En su artículo de 1998 llamado “Diario de La Habana: Los años de la peste”, Anderson explica un concepto llamado “el cubaneo”, al que después pude oírle hablar personalmente en una visita que hizo a Chile en enero del 2015. Cuenta Anderson que cuando llegó por primera vez a La Habana en el 93 para trabajar sobre su biografía del Che Guevara, se le asignó un enlace del Partido Comunista, Jorge Mendoza, el eterno director del Granma, el diario oficial. Y mientras Mendoza le mostraba la ciudad a Anderson, él cada vez más se daba cuenta de que las diferencias entre lo que Mendoza quería mostrarle y lo que él veía: pobreza, desesperación, prostitución, drogadicción. Mendoza le estaba haciendo “el cubaneo”.

Fidel se cubaneó al mundo entero por casi 50 años.