Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Señorita Collantes, no me muestre su poder (porque me aterra)

Arturo Cervantes
Quito, Ecuador

Estimada Lorena Collantes, ex jueza del Ecuador:


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Ok, usted gana.

Yo no quiero probar su poder.

De hecho, ojalá nunca tenga el apuro de probarlo porque, segurísimo, yo perdería.

Esta no es una pelea equilibrada, para qué mentirnos.

La balanza de la justicia siempre se inclina del lado de ustedes: los poderosos.

Yo estoy en la otra orilla.

Soy como el resto, como la mayoría.

Estoy en la esquina de los que somos susceptibles a que cualquier desgracia nos pase en las calles.

Como mi amigo periodista que, el otro día, lo mataron por un celular.

Salimos de casa sin custodia.

No hacemos llamadas telefónicas para matar a alguien en 30 minutos.

No tenemos amigos en las cortes ni nos tomamos selfies con Viviana Bonilla.

Tampoco nos relacionamos sentimentalmente con gente de la mafia.

Entonces, le insisto, usted gana y la policía a la que insultó -o cualquier ecuatoriano promedio como yo que se le cruce por su camino- tenemos todas las de perder.

Yo me resigno a entender que si no cruzamos con ustedes, nos jodemos.

Puede pisotear a cualquiera, si así lo desea (¡y sí que lo desea: ya todo el Ecuador la vio!).

Así que, ¿para qué probar su poderío?

No hace falta, le creo, le creemos. Sé, sabemos, que lo tiene.

Supe de su poder desde que el ministro del Interior pidió investigar a aquel que difundió los videos. Sí, esos en los que usted aparece. El ministro pidió eso y se olvidó de averiguar lo que nos interesa a la gran mayoría. Queremos, estimada ex jueza, saber qué tan cierto es lo que usted, copas mediante, dijo. ¿En verdad, señorita Collantes, su ex esposo, es “el más mafioso de los mafiosos” y la acomodó como jueza? ¿En serio usted tiene el poder de alzar el teléfono y matar en 30 minutos?

Supe de su poder desde que la liberaron inmediatamente, pese a que existen al menos tres artículos del COIP por los que usted podría ser procesada (les doy los números, anótelos: el 143, el 154 y el 287).

Pero, ¿sabe?, me alegra no ser yo el poderoso. Llegué a esa conclusión luego de verla en los videos. No fueron los tragos. Es el poder lo que la hace lucir horrible. La afea. La enceguece, la obnubila. La oscurece.

Pero, sobre todo, la hace temeraria.

Yo, ex jueza Lorena Collantes, le tengo miedo.

Sobre todo, tengo miedo de saber que usted no es la única. Sé que hay muchos otros intocables, poderosos y soberbios en ese círculo político e incluso lejos de él, pero con influencias de terror.

Sé, sin ir tan lejos, de muchos colegas cuyo trabajo consiste en proteger ese poder, en custodiarlo en despachos públicos. En callar para recibir su sueldo. O en decir cosas que no creen para llegar ‘bien’ a fin de mes.

Pero sé, también, que ese poder no dura para siempre.

Que ni bien se acabe este Gobierno, usted volverá a ser como los demás.

Como nosotros. Como la gran mayoría.

La historia es un gran ejemplo de aquello: ningún poder, ninguna revolución, ningún imperio, ni el más gigante de ellos, se ha sostenido eternamente.

Qué bajón, ¿no? Pero, ¡bah!, tampoco es para desanimarse tanto.

Para cuando eso ocurra, cuando se le acabe ese poder que aún, sin ser jueza, usted posee, para cuando eso pase, le tengo una buena noticia: no está del todo mal formar parte de nuestro grupo, el de los desprotegidos.

Venga, la acogemos. De hecho, si me permite la soberbia, somos mejores sin poder.

Le explico. Al no tenerlo, somos más libres. Decimos lo que pensamos sin responder a nadie superior ni a intereses económicos.

Sin ir más lejos, en este preciso instante, míreme, yo estoy escribiendo esto por libre albedrío, sin que nadie me sople al oído las ideas.

¿Tiene usted la misma libertad? ¿Cuántas veces usted recibió órdenes para ejecutar sentencias con las que no comulgaba (pero igual las ejecutó)?

¿Cuántos favores devolvió mientras era jueza?

¿Cuál es el precio de su poder?

¿Cuál es la salud de su conciencia?

¿Es esclava de ella?

¿Sus amigos la quieren por quien es o por su poder?

¿Sus ideas políticas son suyas o ajenas?

¿Puede, ahora mismo, conciliar el sueño con todo lo que dijo?

Porque yo, para serle franco, duermo de maravilla. He cometido errores, algunos más terribles que otros, pero ninguno tan grave como para que la conciencia me quite el sueño.

Entonces, ahora que lo pienso, el poderoso soy yo.

¿Quiere probar mi poder?