Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Las violencias contra las mujeres

Raquel Rodas Morales
Quito, Ecuador

No acabamos de sorprendernos sobre un caso de violencia cuando ya aparece otro que nos conmociona.

Mayoritariamente son mujeres las víctimas de un trato degradante, abusivo y cruel.


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A partir del énfasis que la ONU dio al tema de la mujer en las décadas de los setenta a los noventa del siglo anterior a través de congresos internacionales y difusión de propuestas de política social, las mujeres del mundo tuvieron oportunidad de expresarse de forma individual, grupal o masivamente en torno a sus derechos, negados por la sociedad, en razón de su sexo femenino. El énfasis se puso en torno a la violencia, la manifestación patriarcal más extendida en el mundo y expresada de múltiples maneras.

En Ecuador el movimiento de mujeres consiguió que el Estado aceptara crear una Ley contra la Violencia a la Mujer y a partir de dicha prescripción jurídica aparecieron las Comisarías de la Mujer. Para entonces se contaba también con un Consejo Nacional de las Mujeres una entidad respetable que impulsaba y vigilaba el cumplimiento de los mandatos de la Ley 103.

En tiempos de la Revolución Ciudadana el Consejo fue aniquilado con sucesivas reformas administrativas y disminución de fondos y funciones. Por su parte la Ley se redujo a un conjunto de artículos dentro del Código Integral Penal mecanismo que si bien acentuaba el valor jurídico de los enunciados redujo el potencial simbólico de la Ley específica que movilizaba a un mayor número de mujeres “indefensas”.

En el Ecuador estos últimos años se evidencia la multiplicación y diversificación de las formas agresivas contra las mujeres. Una primera clasificación de las manifestaciones de violencia clasifica dichos actos como violencia física: golpes, pellizcos, empujones, tortura; violencia psicológica: insultos, privaciones, amenazas y otras formas que causan grave impacto emocional; y, violencia sexual mediante variadas formas de acoso o invasión al cuerpo de las mujeres, esto es sin el consentimiento de las mismas, tanto dentro del matrimonio y de las uniones de facto, como en las relaciones de noviazgo, amistad, compañerismo en ámbitos laborales.

La violencia sexual es la que más alarma causa en la sociedad porque se multiplican los casos y los contextos. Los agresores no son solamente los hombres conocidos, sino también otros ajenos a los círculos de relaciones de las mujeres agredidas. Y hay varios casos en que se invisibiliza la violencia contra una mujer en hechos sorpresivos cuyo conocimiento público perjudicaría a actores valorados en el ámbito económico, social o político.

Una forma de violencia que se ha extendido es la incitación sexual a mujeres jóvenes, incluso menores de edad. En estos casos el cuerpo de las mujeres pasa a ser un objeto económico que produce rentabilidad a los dueños de prostíbulos, cabarés, sitios de encuentro, paquetes eróticos y programas afines.

Se puede argüir que en muchos casos la venta del cuerpo de las mujeres es voluntaria. Que hay muchas mujeres a quienes les gusta el ejercicio de la prostitución porque les permite sobrevivir. Hay más que eso. Estas agencias inescrupulosas que se enriquecen con la prostitución seudo voluntaria, crean ciertos estereotipos imbuidos en algunas mujeres incautadas por estas redes que suelen decir que ellas escogen voluntariamente la venta sexual porque además de la sobrevivencia y la pulsión consumidora, les da cierto estatus de mujeres deseadas y valoradas.

La cuestión real es que profundizando el problema de las violencias de los hombres contra las mujeres –a veces también con la participación de otras mujeres– percibimos que hay una forma de violencia que pasa desapercibida. Es la violencia simbólica la gran matriz de las otras violencias y se encuentra dispersa y difuminada en todo el ámbito cultural y de la vida cotidiana, violencia que reducida a una frase significa que la mujer vale menos que el hombre que la mujer es una cosa de propiedad de los hombres sobre la cual se puede decir y hacer barbaridades.

La violencia simbólica se encuentra interiorizada en la conciencia de la sociedad a través de los modelos reconocidos como ejemplares, reproducidos en la educación, en la comunicación, en el arte, en la economía, en la política.

Los tipos de mujer que comúnmente se ofrecen en los textos, en el lenguaje cotidiano, en las imágenes que difunde la prensa escrita, la tv, el cine, las redes sociales, la literatura rosa, la moda, la publicidad, son modelos que priorizan la mujer como cuerpo, como masa corporal sin otras capacidades que la de gustar, complacer, encantar a los hombres. Contrariamente se invisibiliza el ser y el hacer de las mujeres en otros espacios donde se produce pensamiento y actividades en pro del mejoramiento de la vida humana y del cuidado del mundo.

Pese a la lucha constante de organizaciones que trabajan en el tema de concientización social para recuperar la valoración de la mujer en el mundo, hoy se puede percibir un fenómeno nuevo impulsado por los medios de comunicación y las firmas promotoras que obtienen grandes ganancias al ampliar la objetualización de las mujeres cada vez más tempranamente cooptando menores de edad, a veces con la complicidad de la familia que valoriza más los ingresos económicos y el éxito. Me refiero a la prematura sexualización de las niñas y adolescentes en shows mediáticos, telenovelas, reinados festivos y pasarelas de moda. Ese bombardeo es constante e implacable. Me parece que la SENACOM no ha hecho algo nada para detener esta invasión en la vida privada y en el futuro de las mujeres jóvenes. En cambio ha sido y sigue siendo constantemente invasiva en la promoción del gobierno actual.

La poca estima por las mujeres, la persistencia de la violencia simbólica contra nosotras permite una forma de violencia subsidiaria. Se trata de la utilización de las mujeres como objetos que adornan el escenario o como fichas fáciles de manipular. No es raro que mujeres con gran responsabilidad ciudadana sean tan preocupadas y comprometidas con seguir el último grito de la moda. Cuánto tiempo perderán en esa tarea. Atentas al buen vestir se truecan en objetos distractivos y por ende en funcionarias poco confiables respecto de la responsabilidad cívica que deben ejercer.

Aquí surge una discusión. Hay mujeres que creen que no se debe hablar en contra de ninguna mujer y menos si ha llegado a un puesto de poder porque todas llegan con ella. Supuestamente es un triunfo simbólico para las mujeres. Siento mucho disentir pero muchísimas mujeres ¬no queremos que cualquier individuo masculino o femenino nos represente si no está a la altura de nuestras aspiraciones y convicciones ciudadanas. Exigimos que las mujeres que tienen ese privilegio sean dignas de ello y lo prueben sin cuestionamiento alguno. Entonces sí su éxito se convierte en un triunfo simbólico para las demás mujeres.