Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Política-ficción o un análisis desde la paranoia

Carlos Arcos Cabrera
Quito, Ecuador

Correa no quiere que Moreno llegue a la presidencia.

En su fuero interior desea que gane su antónimo, su némesis, contra la cual proyectar hacia el futuro su imperecedera gloria como el único, el excepcional, el fundador de la PATRIA (todo con mayúsculas), el que trajo una prosperidad nunca vista. Antes de él las sombras, el caos, luego de él retornarán las sombras (como en el pasillo) y el caos. Dios equinoccial, andino y tropical, autor del génesis de la HISTORIA PATRIA, o en palabras del gran Simón Espinosa Cordero, fundador de la dinastía de Rafael I, el deslenguado.


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Sólo con la ganancia de un representante del neoliberalismo, del decadente imperio americano, de la izquierda trasnochada, de los ecologistas infantiles, de las élites vende patria, o de los pueblos ancestrales (convertidos en criminales de la noche a la mañana por defender sus tierras) tiene el retorno asegurado y el paso a la historia. Deja todo listo para que cualquiera sea el sucesor (inlcuido Moreno) deba enfrentar un inevitable ajuste, políticas de shock, achicamiento del Estado y violencia.

Lo que más debe irritar a Correa es saber que Moreno será su sucesor. El fracaso histórico del delfín será también el suyo. Moreno será su Maduro pues asumirá un país en un profunda crisis institucional, de valores, económica, dividido, que demanda diálogo y consensos mínimos y no los gritos destemplados y admoniciones de un mandamás; Moreno llegará al gobierno con la pesada carga de un capital político menguado que no es garantía para sobrevivir políticamente. ¿Durará seis meses? No lo sé. Correa, a diferencia del difunto Chávez, podrá en algún momento cortar los lazos con sus sucesores y decir que el fracaso les compete exclusivamente a ellos. Sus fieles servidores del equipo económico han hecho de todo (con una irresponsabilidad sin parangón en la historia republicana) para ocultar la realidad económica y para crear la sensación que todo marchaba bien hasta el 24/05/2017. Lo que suceda el 25 será otra historia.

Mejor aún para Correa, ya fuera de la presidencia, si los sucesores de cualquier signo hurgan en sus cuentas personales o familiares, o le acusan de haber entregado el país al nuevo imperio chino, de vivir en un paraíso fiscal europeo, de haber socavado la poca democracia que teníamos. A Correa no le interesa que le cuiden las espaldas. Tiene el instinto político muy aguzado y cualquier intento por investigarlo lo puede convertir en una oportunidad para victimizarse. En eso Correa es más ducho que Cristina Fernández. Con eso cumple una condición clave de la epopeya heroica para la cual vive: todo héroe para ser tal, tiene que ser perseguido, experimentar la derrota y el infortunio, perder el poder. Y eso le hace falta a Correa. No es Fidel y su doble faz de héroe y tirano que construyó su leyenda desde el exilio, el desembarco del Granma, los fusilamientos y la cárcel a quienes se le oponían, y el enfrentamiento con los gringos; no es Perón rescatado de la cárcel por las masas de cabecitas negras; ni Lula, el sindicalista que enfrenta la cárcel y la dictadura, ni el cocalero Morales, menos aún su padre político directo, el venezolano Chávez.

Carente de un pasado heroico Correa necesita fabricarse uno. El 30 S se desvaneció a pesar de que todo el aparato comunicacional y jurídico procuró presentarlo como un golpe de Estado. Correa tiene que convertirse en víctima, en el mamitico, el pobrecito, para continuar con el viaje hacia el mundo de los héroes y mantener abierta las posibilidades de retorno al poder. Lo hace cada vez que puede con periodistas, oficiales de las Fuerzas Armadas, simples ciudadanos que le reclaman o le cantan las verdades. El pobrecito convertido en víctima se ve compelido a ordenar a los jueces para que restituyan su honra. No es absurdo imaginar que provocó a las Fuerzas Armadas en busca de un Golpe de Estado que lo convertiría en héroe víctima, en la segunda versión potenciada de Velasco Ibarra para así dominar a plenitud la pequeña historia en la que actúa.

Retomemos la tesis ficcional de esta nota: Correa ha hecho y sigue haciendo todo lo posible para que Moreno pierda. Él es consciente que su omnipresencia en la campaña presidencial provoca el mismo efecto que tuvo en la elección de Alcalde de Quito en que el candidato de AP fue derrotado. Sin embargo no se detiene y ocupa todo el escenario: actor, guionista, director, tramoyista, cantante y bailarín al punto que Moreno no es más que una sombra, una triste y lamentable sombra del líder, menos que un telonero de concierto, por debajo del señor Glas. Correa sabe que su sucesor y delfín es un hombre débil, manipulable, mediocre; es suficiente una pequeña presión para que se desdiga cuando tímidamente insinúa una modesta crítica frente a la verdad verdadera que surge de la boca y del inapelable juicio de Correa.

Todo timorato intento de Moreno por distanciarse terminaba en un acto de constricción, en un patético reconocimiento que ha sido malinterpretado, que lo que dijo no era lo que dijo, sino todo lo contrario, en gesto de aceptación del niño cogido en falta y que no tiene derecho a una rabieta. La sumisión temerosa al macho alfa, al dios andino y tropical del génesis de la República, al chingón de la pradera (como dicen en México) hunde al delfín y en eso las encuestas no mienten. Hay algo más. En ese obligar a Lenin Moreno a recular, desdecirse, hay mucho de desprecio. Es el mismo que tiene hacia todos, menos hacia la imagen del espejo en que se mira.

Me pregunto si Moreno tiene un equipo de economistas que con relativa independencia le informen del estado real de la economía, de la deuda, del déficit fiscal, de la situación del BCE cuyas cajas de seguridad deben estar vacías, etc. No creo que se atreva ni siquiera a sugerir esa posibilidad al mayor economista de todos los tiempos, al que ha vivido en carne propia la injusticia de no haber recibido el Nobel de la Academia sueca.

Si Correa hace lo posible para que Moreno no llegue a Corondelet, ¿Quién apoya a Moreno? La respuesta es una: al grupo beneficiario de los grandes negocios de la década robada, capitaneado por Glas. Ese grupo no tiene el teflón que tiene Correa. Está obligado a emprender cualquier acción que garantice su presencia en el poder incluso a torcer la voluntad de los votantes. Es un grupo de crápulas que requiere de tiempo para blanquear sus ganancias y para ello cuenta con el aparato institucional montado por el correísmo. Pierde Moreno y ellos pierden. Moreno es un patético comodín en este juego, es una máscara. El poder tras el trono es Glas y compañía. Eso ya se sabe. ¡Es lo único cierto es esta ficción política.

Conclusión: El escenario ideal para Correa es la derrota de Moreno: desde su ego mira el paso a la historia en un país sin memoria, que se funda y refunda con cada bendecido que llega al poder. No lo es para Glas y su combo del buen vivir que mira la política desde su bolsillo y el de sus panas carroñeros. Moreno cuenta chistes para pasar el tiempo. ¡Paradojas de la paranoia!