Ecuador. viernes 20 de octubre de 2017
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La deriva económica

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Con toda la porquería que hay que ver de lado y lado de cara a las elecciones del domingo, algo positivo ha sabido emerger.

Algo que le ha dado a la final electoral un sesgo felizmente político y ha salvado el debate del tedio del mesianismo y el apocalipsis. Es finalmente consolador que la sociedad ecuatoriana haya conseguido politizarse y anclar fuerte su discusión en un momento de inevitable desvío después de diez años de correísmo. Gane quien gane el domingo se marcará una partición, así sea con el continuismo de un proyecto que ya viene astillado, o en el viraje hacia un gobierno que solo América Latina puede producir: esa sopa en la que caben el catolicismo rancio y el libre mercado bestial con su tocante satanización del Estado.


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Una vez agotado el modelo latinoamericanista de unidad regional, en el fondo lo que se mide el primer día de la próxima semana es quién sale victorioso entre dos oligarquías: la colisión entre un reformismo propulsado por una clase social emergente y más joven, que quiere y pide poder desesperadamente; y la revancha del reciclaje de las viejas élites de la costa –y en cierta medida de la sierra-, que llevan como mantra la cruz y los tratados de libre comercio. En medio de estas propuestas hay una serie de valedores, principalmente curas, intelectuales, astros de la televisión y desencantados de lado y lado. La retórica del lassismo, que ha tenido que dar la bienvenida a los desengañados del cuento del gobierno de masas, es casi tan informe como el discurso masivo y popular de una revolución turra, que si algo tuvo de democrática fue permitir el acceso al erario público a actores que hace diez años poco podían robar.

Hacer sociología sobre el carácter de las fuerzas que en un par de días se miden no resulta tan complicado. Lo que realmente es difícil es saber cómo el Ecuador va a poder pagar a sus profesores, jubilados, médicos y burócratas en los dos siguientes años, por poner un número no tan lejano. Tanto Lenin –o quien le mande, probablemente Glas- como Lasso van a encontrarse con un aparato estatal seriamente desfalcado. Una auditoría mínimamente independiente podría probar que el país se ha endeudado ya desde hace tiempo sobre su tope del 40%. Pero esto no es tan pernicioso. Lo nefasto son las condiciones de pago de esos préstamos, generalmente parecidas al chulco. Correa, que en sus años de abundancia capilar y docencia universitaria vociferaba en mi universidad contra la ilegitimidad de la deuda externa, le deja al país en las condiciones de negociación que toda su vida repudió y de las que convenientemente se evadirá en su autoimpuesto exilio belga.

Si durante los diez años pasados la analogía perfecta es una piñata sobre cuyos premios se lanza medio país, en el 2017 el paisaje se parece sobre todo a un desierto. El desierto está en la pérdida de la ilusión aunque también en el vacío de oportunidades objetivas de remonte económico. Es encomiable que medio mundo hable de política y se indigne y tome partido, pero el gran olvidado de estos debates es la economía.

¿Alguien sabe los números reales de endeudamiento a corto plazo del país? ¿Se le ha ocurrido a alguna persona imaginar el estadio actual de la balanza de pagos no petrolera, más aún la que el Ecuador tiene con sus países vecinos? ¿Cuál es el monto real de reservas que tiene el Ecuador? ¿Su tasa de desempleo calculada a partir de personas con cobertura social? ¿La tabla desagregada de ingresos brutos y netos? No creo que más de diez personas tengan la información sobre estas cifras en el Ecuador, y no sé cuántas más sepan lo imprescindible que a) resulta tenerlas de fuente confiable; y b) es mejorarlas desde mañana mismo. Lo que quisiera hacer más todavía es una comparación entre las cifras que los zares económicos argentinos manejaban con su forzada convertibilidad años antes del corralito, y las que ahora mismo podría tener el Ecuador si se diera la oportunidad de tener instituciones de medición de variables económicas independientes. Hace no mucho, un conocido me dijo que el modelo extractivista es la única solución para mantener la dolarización. Yo, con mayor cinismo, diría: un narcoestado –más grande que el que ya tenemos-. Porque nuestra dolarización, nuestra utopía clasemediera de consumo de bienes forzosamente importados, no aguanta así más. Menos todavía los pagos a la falsa fidelidad política, a la que ya nos hemos acostumbrado tanto.