Ecuador. lunes 20 de noviembre de 2017
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“Soberbio (…) de medio arriba vestido y de medio abajo desnudo”

Kevin Wright
Quito, Ecuador

Paul Valéry, poeta y filósofo, era sobre todo un hombre que trabajó el aforismo, el arte de condensar una idea y plasmarla de tal manera que se abra a muchas interpretaciones.

Hoy pienso en una frase que se le atribuye, que inicialmente no parece un aforismo, más bien un dictamen.


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“No se puede gobernar con la pura coerción, hacen falta fuerzas ficticias”.

Podríamos dar la siguiente lectura a Valéry: la violencia no solo se da en quien es violentado, también trabaja sobre quien la atestigua sin padecerla e incluso sobre quien meramente la imagina, por ende, el poder se beneficia de armar ficciones complementarias a la violencia.

Esto nos lleva a un dilema inusual, pues si la ficción es complementaria a la violencia entonces también es ajena a ella. Está claro que la ficción opera donde la violencia no puede, o, mejor dicho, lo único que no requiere de la mediación de la imaginación es la violencia. Uno no necesita hablar el lenguaje de un pueblo para violentarlo. Si lo que se requiere no es la persuasión, entonces el opresor puede contar con el simple uso indiscriminado de la fuerza. Donde la imaginación falla, la violencia ocurre.

El problema entonces radica precisamente en los límites mismos de la imaginación. Si el discurso y la propaganda fallan, si la población imagina alternativas, las instituciones se ven obligadas a retomar el poder en su estado puro. Entonces se corre el riesgo que la violencia no funcione y que la imaginación produzca alternativas a ella.

El momento que no podemos imaginar la posibilidad de la violencia, o bien el momento que imaginamos que podemos enfrentarnos a ella, somos libres del poder.

Vemos que Valéry obraba bien, y entendía que los dilemas de los poderosos son también los dilemas de los sometidos. La ficción opera sobre todos y nos presenta la realidad como es, pero también como puede llegar a ser, y así puede alterar las condiciones que refleja.

Nada más terrible para el estado que una imaginación potente, lucida y sin temor. Uno piensa en Juan Montalvo, quien intuía bien los dilemas del poder y creía que la mejor arma contra el despotismo era la imprecación mordaz y el humor, aquella faceta de la imaginación de resaltar la realidad y hacerla más amena. Su capacidad de resumir las posturas de los regentes y de ridiculizarlas con sus polémicas bien logradas es hoy justamente admirada por muchos. Leerlo me ayuda a alivianar la sangre y a reírme un poco de la bilis que bulle en tantos de mis congéneres.

Está claro que Montalvo nunca encontró un rival que pudo responder a su perspicacia desde el púlpito, los déspotas siempre carecen de imaginación y humor. Solo los públicos cautivos se suelen reír de sus observaciones mal logradas y de su falta absoluta de ingenio.