Ecuador. Sábado 29 de Abril de 2017
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Junta 38M, parroquia Ximena

Fernando Balseca
Guayaquil, Ecuador

Las batallas por esclarecer una verdad de amplísimo interés social –quién es el legítimo mandatario– parecían ser asunto de épocas pasadas, cuando existían oligarcas que a su antojo hacían y deshacían los sucesos cruciales en la sociedad.

Por eso resulta increíble, frustrante y repugnante que, en estos días, un país cuyos líderes lo colocan como absolutamente cambiado para bien esté manifestándose en las calles para saber cuál fue el verdadero resultado de las elecciones del 2 de abril. Al contrario, un país que tiene serias dudas sobre la rectitud de sus procedimientos electorales ha retrocedido muchísimo.

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Si tras diez años de ejercicio correísta del poder –practicado como si el presidente de la República fuera un déspota monarca– resulta tan difícil establecer el resultado real de un proceso electoral, es porque el proyecto correísta de país ha terminado siendo un fracaso. Si no podemos decirnos como país la verdad, es que la cultura democrática está por los suelos, porque lo que estamos atestiguando con asombro es cómo la verdad está siendo escamoteada delante de nuestros propios ojos. Más que saber si ganó Lenín Moreno o Guillermo Lasso, interesa conocer que venció la verdad y que no se impuso la mentira organizada.

¿Cómo es posible que a estas alturas los voceros del oficialismo, empezando por el presidente Correa, traten a los ciudadanos del país como si fuéramos estúpidos o débiles mentales, como si esto fuera –así lo creen ellos– una lucha contra los burgueses? ¿Es que en la aritmética electoral puede haber una suma revolucionaria y otra burguesa? ¿Es correcto engañar para beneficiar al dizque revolucionario y perjudicar al supuesto burgués? Esta circunstancia actual demuestra que el Ecuador es un fracaso de país, pues la institucionalidad más elemental –la del árbitro de las elecciones– está cuestionada porque no está sirviendo a la verdad.

Si los miles y miles de irregularidades que han sido denunciadas del proceso electoral son pasadas por alto, quedará para siempre la duda de que estas elecciones no fueron limpias. Por ejemplo, ¿cuál es la explicación de por qué el acta de la junta 038 de la parroquia Ximena, en Guayaquil, donde sufragué, no está firmada ni por el presidente ni por el secretario de esa junta? Si la justificación de esta anomalía es que se está librando un combate contra los burgueses y los derechistas, hemos fracasado como país, y seguiremos en el concierto de las naciones dominadas y explotadas por la desinstitucionalización: por la mentira.

¿Cómo no ver que lo que está pasando con la función electoral controlada por el correísmo es un calco de lo que ya sucedió en Venezuela en las elecciones de 2013, cuando también hubo apagón del sistema informático, cuando hubo pruebas de que los gobernantes chavistas supervisaron el ingreso de votos y los cambiaron, cuando resultó ganador Maduro en un clarísimo fraude electoral? Lo que se pide es que el próximo presidente surja de un proceso público que no arroje ni una sola sospecha. Un país cuya cúpula dirigente no vela porque la verdad se imponga es un fracaso de país. Esto no es nada revolucionario: es repugnante. (O)

* El artículo de Fernando Balseca ha sido publicado originalmente en el diario El Universo, el 14 de abril de 2017.