Ecuador. Sábado 27 de Mayo de 2017
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El papel higiénico

Hernán Pérez Loose
Guayaquil, Ecuador

En un golpe de inspiración, el licenciado Moreno, que pretende suceder al dictador, dijo que no ve por qué comparan al Ecuador con Venezuela, pues mientras en nuestro país el papel higiénico se lo vende hasta en las calles, en Venezuela no hay papel higiénico.

No, no es broma. El licenciado dijo esto ante un grupo de agenciosos empresarios.

La metáfora es explicable por los ribetes de asociación que en el imaginario existen entre el Ecuador y el papel higiénico. Es que eso es precisamente lo que el dictador hizo del Ecuador durante una década: convertirlo en un simple rollo de papel higiénico. La Constitución, el sistema judicial, el control constitucional, los órganos de control, los organismos electorales, la seguridad social, el Banco Central, los medios “públicos”, la Legislatura, todo el Estado, en definitiva, lo redujo a eso, a un rollo de papel higiénico.

Pero no solo corrompió las instituciones, licenciado. Tan grave como eso fue que corrompió las prácticas y el discurso político. El insulto, la mentira y la vileza se convirtieron en el verbo del poder. Y con ello vino la persecución y la represión. Por eso, licenciado, lo del fraude electoral –que ahora hasta el propio dictador lo confirma al decir que hubo un “hackeo”– no es sino la última gotita de ese mar de fraudes, robos, juicios penales y humillaciones que hemos soportado los ecuatorianos, mientras usted guardaba un asombroso silencio, que lo terminó llevando a Europa a vivir con nuestros impuestos.

La última oportunidad que nuestro país tiene de terminar con la dictadura se está escurriendo. El dictador decretó que en el Ecuador no rige el conocido principio jurídico de que, tratándose de violaciones a los derechos humanos y civiles, una vez que la víctima ha presentado suficientes indicios de tales violaciones –y vaya que hay indicios, y más en este caso…–, la carga de la prueba no recae sobre ella, sino sobre el Estado. Es decir, es el Estado el que debe probar que el proceso electoral fue transparente, equitativo, imparcial, etcétera, cosa que no se logra con ese circo de revisar unas cuantas actas, que coincidentemente se hará en un “coliseo”. La dictadura no entiende que las protestas no son necesariamente por el Sr. Lasso, sino por valores que lo trascienden a él. Como la dictadura solo defiende intereses, ella no concibe que los ecuatorianos defendamos principios.

Pero no nos engañemos, licenciado. Aquí lo que está en juego es la impunidad del dictador y su gente. Después de haber manejado más de 350 mil millones de dólares, sin ningún control, les debió aterrar la posibilidad de una auditoría para conocer su real destino; o la revisión de esos billonarios contratos a dedo (puertos, centrales hidroeléctricas, etcétera); o la posibilidad de sustituir a los titulares de los órganos de control; o la investigación de las sistemáticas violaciones de derechos humanos, todo lo cual podía llevarlos a la cárcel.

Para la dictadura, licenciado, el fraude más que un delito era una necesidad. (O)

  • El artículo de Hernán Pérez Loose ha sido publicado originalmente en el diario El Universo, el 18 de abril de 2017.