Ecuador. Sábado 24 de Junio de 2017
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Jueza Karen Matamoros

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Me resulta curioso que cuando veo y siento la presencia del horror, termino pensando siempre en Borges.

Hay una frase suya que me sobrecoge: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Cuando soy testigo de la descomposición del sistema judicial, cuando veo la desvalorización de la profesión jurídica y cuando experimento el desmantelamiento de los máximos valores de una sociedad, pienso en Borges.


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Pensé en Borges la tarde de hoy, 20 de abril del 2017, mientras asistí a la lectura de la sentencia condenatoria que la Justicia ecuatoriana dictó contra algunos de los más altos referentes morales de mi país. Pensé en la frase de Borges mientras vi el rostro de la jueza Karen Matamoros, pálido e inseguro, al tiempo que su voz temblorosa destruía la deontología del proceso penal. Incómoda en un asiento demasiado grande para su cuerpo, Karen Matamoros era incapaz de sostener la mirada a ningún ser humano. La imaginé deseando que ese cargo y ese momento no le pertenecieran. La imaginé soñando que ella no era ella.

Pensé en la frase de Borges cuando vi el rostro de Isabel Robalino, la serenidad limpia de su mirada y la firmeza inmaculada de su voz, declarando con la frente en alto ante la prensa y a la vida. Vi mi reflejo en los ojos limpios de Isabel Robalino, esa mujer tan fuerte como un roble, cómoda en su silla de ruedas y en su cuerpo de 99 años, el cuerpo vivo de la primera mujer senadora de la historia ecuatoriana. Imaginé la memoria de Isabel Robalino y supe para siempre que este artículo, que esta noche escribo, no se titularía con su nombre.

Pensé en la frase de Borges cuando, durante un receso, caminé hacia el fondo del salón y al darme la vuelta vi, sentados en los sillones de los acusados, a Simón Espinosa, Julio César Trujillo, Jorge Rodríguez y otras personas limpias, admirables y ejemplares del Ecuador. Pensé en la frase de Borges el instante en que descubrí que Simón, que lleva como un estandarte el nombre de un libertador, no perdía el humor, pese a la indignación y al asco. Pensé en la frase de Borges cuando miré el abrazo cariñoso que Jorge le dio a su hijo Felipe, luego de la brillante exposición jurídica que como abogado esgrimió no sólo en defensa de la Comisión Nacional Anticorrupción sino de la profesión de abogado, que yo estudié con fervor, sin saber que un grupo de cobardes la destrozarían en un país que hace tiempo perdió la capacidad de asombro.

Pensé en la frase de Borges el instante en que la jueza Karen Matamoros esgrimió, muerta de miedo, su condena y la sala estalló en gritos de dolor e indignación. Recordé la frase de Borges cuando el abogado de un sujeto con suerte, que ejerce como Contralor General del Estado, decidió ‘perdonar’ a los pilares éticos de mi país, por desnudarlo, por recordarle quién es y cuál ha sido su destino. Los perdonó por eso, pero no por ser mejores que él.

Volvió a mí la frase de Borges, en ese instante inmenso y desgarrador en que los nietos de Jorge Rodríguez lloraron por la impotencia y la injusticia, por la fétida imagen de la que todos éramos testigos, por la descomposición moral del país. Tiempos de desvergüenza e ignominia los que vivimos y padecemos, donde los que denuncian la corrupción son perseguidos, donde los corruptos viven en la más despilfarradora impunidad, bajo la protección de los poderosos.

No pude dejar de pensar en la frase de Borges cuando leí el mensaje del comedido que dice haber ganado la primera magistratura de mi país, dictando el futuro como si fuera Walter Mercado, simulando ser magnánimo e influyendo en sentencias a través del Twitter como su antecesor y mentor. Tampoco pude dejar de pensar en la frase de Borges cuando vi a Julio César Trujillo dar pasos firmes entre la multitud y las cámaras de televisión, en busca de su esposa, para abrazarla, para decirle que ellos los poderosos son unos miserables y para pedirle que no se fuera.

Algún día recordaré el juicio contra los miembros de la Comisión Nacional Anticorrupción como el instante inaugural de un nuevo estilo de gobierno, el último día del despotismo y el primero de lo mismo. El momento en que todo cambió para que nada cambie. Esta escritura es sobre instantes, sobre imágenes, sobre memoria.

Algún día recordaré que un 20 de abril, los más altos referentes morales del Ecuador descubrieron, en el ocaso de su existencia, la transparencia nívea de su vida. Me miraron con la dignidad de quién no le debe nada a nadie, con la valentía de quién ha visto a lo largo de las décadas el ocaso de los Dioses y sabe, con divertida fascinación, que nada dura para siempre, menos el poder. Cuando hombres y mujeres de avanzada edad, enfrentan los embates de un sistema corrupto, resisten el déspota sinsentido de la desvergüenza, la libertad se manifiesta como una imagen que se queda para siempre gravada en la retina, como un conjunto de nombres que pasarán de una írrita sentencia judicial a lo más alto y digno de la Historia. Ellos, esos viejos concretos y ejemplares, siempre supieron quiénes eran y por eso su valentía no tiene límites. Ese es su destino.

Hoy, le pongo el nombre de la jueza a mi artículo. Es mi ejercicio de memoria histórica. Al menos así nunca podré olvidar el nombre de aquello en lo que no me quise convertir jamás cuando decidí estudiar Derecho. El de ella es uno de los muchos nombres que recibe esta época de sinsentido. Es uno de los nombres de la banalidad del mal, de la que hablaba Hannah Arendt. Yo sé, Karen Matamoros, que usted algún día leerá mis palabras y entenderá que nunca más, por los siglos de los siglos, tendrá frente a sus ojos o podrá juzgar a un grupo de personas tan dignas, transparentes y firmes, como los miembros de la Comisión Nacional Anticorrupción. Su nombre, Señora Jueza, es hoy el nombre de muchos funcionarios que, aferrados a sus sueldos y a su cuota irrisoria de poder, renunciaron a los principios e ideales aprendidos en las facultades de Derecho. Leopoldo Zea pensaba, Señora Jueza, que la historia la hacen los seres concretos y la padecen los seres concretos. Usted aceptó quedarse callada y obedecer a un sistema represor que ha sometido a la Justicia ecuatoriana y a quienes disienten. Cuando la tarde del 20 de abril busqué sus ojos, lo vi muy claro. Usted, Karen Matamoros, descubrió, no sin horror, quien era. Yo sé que quiso huir de sí misma. Pero no, nunca podrá escapar de su conciencia, jueza Karen Matamoros.