Ecuador. viernes 17 de noviembre de 2017
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El Club de los Buenos Compadres

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Tengo una buena amistad en la Cancillería del Ecuador que, aparte de serlo, es un profesional intachable, con una excelente disposición para realizar sus tareas como diplomático.

Esta persona, formada fuera y dentro del Ecuador, con conocimiento de varios idiomas y una visión panorámica envidiable del escenario político internacional, ha venido recolectando con paciencia de joyero los desaciertos y  movimientos esquizoides del Ecuador en sus relaciones diplomáticas durante los últimos diez años. Pero no solo eso: se ha dado el trabajo de escribir la lenta historia de la cooptación, por parte de los cargos políticos, de las acciones y decisiones diplomáticas más relevantes en los canales de las relaciones internacionales. O lo que es lo mismo: ha visto cómo la diplomacia en el país se ha ido desinstitucionalizando hasta formar un cuerpo relegado de funcionarios cuyos tratos y experiencia han sido estigmatizados como los de una casta caduca y reaccionaria de la que es imprescindible deshacerse.


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Lo paradójico es que esta visión sobre la diplomacia ecuatoriana, la de las momias cocteleras que dijo el Mashi alguna vez, no dista demasiado de ser cierta. Me explico: esta amistad, al tiempo que atendía el ruinoso y ambiguo desempeño del proyecto político correísta en las relaciones internacionales, advertía modos no menos reprochables de acomodarse de muchos diplomáticos de carrera que, con el pretexto de labrarse del mejor modo posible su circunstancia laboral y conseguir asensos y misiones cómodas, practicaban una obsecuencia desvergonzada con el poder, hacían la vista gorda en irregularidades como desvíos de fondos o utilización de recursos públicos para campañas de Alianza País, y aprobaban, con su silencio, las anomalías en las promociones de lambiscones y “compañeritos”, y además las torpezas a las que nos han tenido acostumbrados los recienvenidos revolucionarios.

Aquí cabe hacer un paréntesis necesario. Yo fui parte de la Cancillería del Ecuador durante tres años y salí espantado y corriendo de ella, y me olvidé de regresar –es decir, y lo voy a decir de forma clarísima, me olvidé de cumplir con mi proceso de renuncia a tiempo- hasta que tuve que hacer frente a la posibilidad de una inhabilitación temporal. Lo digo por dos razones: porque yo también lo vi y porque yo también fallé en presentarme a tiempo para despedirme de esa institución, cosa que ha de achacarse a una falta mía y solo mía.

Mientras algunos de mis excompañeros flotaban de país en país con cargos altísimos para los que debían esperar -dada la existencia de un escalafón-, otros, menos afortunados o quizá menos dados a las artes de la cortesanía, veían su carrera rebasada no por los méritos de sus pares, sino por sus artes en la complicidad o el empujoncillo de advenedizos que llegaban con padrinos. Quien estuvo a cargo de disolver la Academia Diplomática del Ecuador, una institución, de la que fuimos la última promoción, encargada de formar académicamente a los cuadros nacionales y de promover los intercambios con escuelas pares, acaba de ser nombrado Embajador de la República. En las fotos sonríe de manera sospechosamente parecida a los que le tienden la alfombra al presidente de Corea del Norte. Solo faltaba que le pusieran el birrete.

Ante esto, mi buena amistad decidió redactar una serie de artículos con los que trataba de narrar la erosión del Servicio Exterior del Ecuador y los muñequeos de lado y lado para no perder fuelle en lo que se dio por llamar la diplomacia ciudadana y que, a la larga, no fue otra cosa que la inserción de cuadros afines al gobierno y el silenciamiento del país ante situaciones impresentables como las de Venezuela o Nicaragua. Desde luego, esto volvió como búmeran en contra del Ecuador porque la UNASUR perdió su brío y pasó a ser la peña de unos pocos resabiados que, cosa triste, actuaban peor que los países que criticaban con voz de do de pecho.

El final de todo esto es previsible. Nadie quiere publicar lo que esta persona tiene que contar y probar. Nadie. Al miedo de los medios de comunicación tradicionales se suma una suerte de pereza o malacostumbramiento a prácticas de las que tenemos noticia todo el tiempo, pero que ya no nos escandalizan. Ya nos dimos por perdidos ante el club de los buenos compadres, de lado y lado, por cierto.