Ecuador. sábado 25 de noviembre de 2017
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Gótico Andino

Kevin Wright
Quito, Ecuador

Recientemente tuve el gusto de asistir a una interesante charla sobre la violencia en la literatura, dada en la Casa Benjamín Carrión.

Los ponentes, Mónica Ojeda y Esteban Mayorga, respondieron a las brillantes preguntas de uno de nuestros mejores lectores, Yanko Molina. Mónica Ojeda reiteró su convicción que la ficción no puede describir directamente la violencia, solo puede referirse a ella y con gran distancia. Al día siguiente recibí un ejemplar de la novela de Sebastián Oña Álava, “Chop Suey” y el coincidir de estos tres autores entre mis lecturas me ha llevado a pensar la fascinación que ejercen el horror y la violencia entre nuestro público lector.


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Puedo asegurar que los géneros predilectos de los ecuatorianos son siempre alguna variación contemporánea de los estilos y tendencias pregonados en el Romanticismo, específicamente los géneros del relato de horror, la novela policíaca y la novela gótica. Esta fascinación se extiende por toda la población, libre de consideraciones de clase, genero, región o convicción política. El horror, la violencia, el crimen y los monstruos fascinan a los ecuatorianos.

En conversación con algunos entendidos en el tema, se me ha plantado la posibilidad de que estos gustos se deben a que somos una sociedad que se ha urbanizado de manera estrepitosa y que es natural nuestra inclinación hacia los géneros urbanos por excelencia: el true crime, la policiaca, el thriller. Estos géneros nos permiten adentrarnos en el espacio delirante de la urbe, indagar en sus estructuras y apreciar sus terribles y bellas incongruencias.

Siento que, a esta lectura que marca la tendencia hacia la violencia desde la condición material de los ecuatorianos, se le puede agregar una lectura complementaria. La idea surge del análisis que hacen algunos de una diferenciación en los usos de los espacios en la literatura de horror del mundo angloparlante. Las novelas de horror británico ocurren siempre en entornos urbanos, generalmente el mundo bajo londinense. Los monstruos pueden venir de afuera, de un castillo en los Cárpatos, del laboratorio de un loco, o bien de una maldición gitana que torna a un joven en un hombre lobo, pero los actos de horror, los cuerpos mutilados, siempre aparecen en algún oscuro callejón de Buck’s Row.

La literatura norteamericana coloca su horror en el campo, en el bosque o en la planicie. El loco del hacha es una continuación de las viejas leyendas de apariciones de carretera, que surgen previo a la independencia. Una variación de esta tendencia es colocar el horror en un ámbito suburbano o en un pueblo recóndito de Maine o Texas.

Se supone que estas diferencias se deben a un conflicto de la consciencia colectiva frente a los crímenes nacionales. Londres fue el espacio donde los horrores de la industrialización se dieron en su máxima expresión: niños esclavizados limpiando chimeneas y trabajando en fábricas, prisiones de deudores, crimen organizado, asesinatos. Las culpas colectivas de la sociedad se dieron en la urbe, por ende, el horror en la ficción se sitúa en estos entornos como una especie de reflejo. Los grandes crímenes colectivos norteamericanos, la esclavitud y el exterminio de los pueblos indígenas, se dio en los campos y en las planicies, en las plantaciones del sur y en las fronteras con México. El horror que sienten los norteamericanos frente a una culpa colectiva que podría ser saldada por los descendientes de sus víctimas lleva a situar el horror en los espacios fronterizos, a las planicies del interior o a un pueblo pintoresco de Nueva Inglaterra. El aspecto mejor logrado de estos géneros se da en el Gótico Sureño, que nos da las novelas y las historias situadas en las plantaciones y en New Orleans.

Surgen incógnitas entonces. Si bien nuestra predilección por los géneros del crimen y el horror puede ser una mera atracción, de índole pornográfica u romántica, exacerbada por circunstancias geográficas e históricas, vale la pena también contemplar un impulso aún más oscuro. ¿Qué crimen estamos callando todos, que clase de miedo culposo nos lleva a consumir ficciones tan tétricas y viscerales? ¿De qué crimen somos cómplices?