Ecuador. martes 26 de septiembre de 2017
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Natalia Emme Bedoya

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

El Mashi Rafael Correa se ha ido a recoger su doctorado honoris causa número 16, 160 ó 1 600, ya no recuerdo, a menos de diez días de entregar su cargo como plenipotenciario y todopoderoso presidente del paisito al que quiso sacar de la miseria y dejó refrendado como la más republiqueta de todas las repúblicas bananeras del continente.

En medio de su proyecto popular –sí, es popular: casi la mitad del país le apoya-, sus varios aciertos y sus infinitos errores, deja un conjunto de seguidores que todavía están teorizando los avances que ha vivido el país durante estos diez años de pompa y sabatina y que a nosotros, los de la clase media, se nos escapa entender, como dijo Saskia Sassen, una profesora de la Universidad de Columbia. Esa pléyade de pensadores que validan lo que el Ecuador ha vivido desde el 2007 son un perfecto ejemplo de dos fenómenos sobresalientes: el primero, y a costa de desmentir la sabiduría popular, lo cierto es que más daño hace un malo que un tonto, y no al revés. El segundo: que no toda la porquería es imputable a la gavilla de la que se rodeó Correa, como suelen sostener varios de ellos, exculpándolo. Algo o bastante de responsabilidad le toca a ese señor que salía en sendos spots televisivos tocando la puerta de una casa por Navidad con cara mohína, y recorriendo en bicicleta las penosas cuestas andinas.


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Pudo haber empezado antes, pero el prolongadísimo paréntesis de impunidad y decadencia del correísmo inició con la muerte de Natalia Emme Bedoya, una ciudadana colombiana sin influencias ni capital, atropellada por la imprudencia del vehículo oficial de la esposa del entonces Fiscal de la Nación, Washington Pesántez.  Seis años más tarde y en calidad de candidato presidencial, Pesántez rifaba entre sus seguidores una cena a tres con su cónyuge por el día del amor. Me inscribí para preguntarle a Aliz Borja Cabrera si en las noches puede pegar un ojo. Lamentablemente no salí elegido. No hay que olvidar ese nombre. No hay que olvidar esa injusticia: Natalia-Emme-Bedoya.

Y aunque no acaba de terminar, el paréntesis de podredumbre se cierra a lo bestia: se le ha otorgado la dispensa papal a un tipo que le robó al Estado para que salga de la cárcel, se ha iniciado un proceso de persecución contra Luis Eduardo Vivanco, se ha dado pie a la portación de armas entre civiles y a grupos parapoliciales, y se ha intervenido al Banco Central como proveedor de mesadas para estas últimas semanas.

En medio, esto: Yasuní, diez de Luluncoto, presos saraguros, Capaya, Pedro Delgado, despojo del IESS, persecución a Bonil, agresión al Miche, agresión de los gorilas de Erdogan a las mujeres que protestaban en su contra, cesión al Opus Dei de la política de cuidado sexual y reproductivo, sigilo de información sobre la deuda pública, nepotismo, abusos policiales, entrada de transgénicos, Dahik en libertad, agonía del sector productivo, minería a gran escala, intimidación a los habitantes de Muisne, concubinato con el CNE –Juan Pablo Pozo recibiendo la Orden Nacional al Mérito en Grado de Gran Cruz-, sistema judicial intervenido, desmantelamiento de los movimientos sociales, persecución a organizaciones de la sociedad civil, medios de comunicación públicos convertidos en ventrílocuos de Alianza País, asedio a la Universidad Andina Simón Bolívar, asedio a opositores de cualquier procedencia, Jorge Yunda cooptando los medios de comunicación a escala masiva, Odebrecht, Duzac, Íntag, Nankints.

Es lógico que, después de su retiro pastoril en Bélgica, este hombre debiera volver al Ecuador a explicar el porqué de éstas y tantas otras acusaciones. Pero tal vez sea mejor que no. Que no regrese nunca más. Que se quede nomás por allá, recibiendo doctorados honoris causa y utilizando la majestad de su expresidencia para ver si le aguantan en esos pagos.

Es más: ¿qué esperas? Vamos, ándate de una buena vez.