Ecuador. jueves 14 de diciembre de 2017
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Coctel y Cultura

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

La cortesanía literaria en América Latina tiene sus hitos, algunos de ellos de talento irrefutable, otros más bien prescindibles aunque marcadamente hábiles para el muñequeo en la repartición de puestos, premios y privilegios. 

Montalvo hace más de un siglo ya arreaba a algunos letrados de excesiva cercanía con el poder político, pero no por eso nos hemos perdido, en las siguientes décadas, de gente como Leopoldo Lugones, Roberto Fernández Retamar, Octavio Paz, Marcos Aguinis, Gabriel García Márquez o Jorge Luís Borges.


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De obra pobre y unívoca, Raúl Pérez Torres despunta no precisamente por ser el más meritorio de una generación bastante corriente de escritores ecuatorianos. Lo que sí hay que reconocerle es el talento para haber ascendido peldaño a peldaño, o quizá más bien a zancada limpia, hasta el puesto de escritor oficial, un modelo conocido en nuestro continente y que tuvo en el Ecuador correísta a Raúl Vallejo como uno de sus más conspicuos miembros: el del intelectual que legitima los poderes de turno desde el gobierno de la palabra o el encanto de su ilustración. Pasan las administraciones políticas y pasan incluso las instituciones. El escritor oficial va mutando de signo político hasta volverse un camaleón libresco.

Pocos no hay y el origen tal vez no sea solamente su excesivo gusto por la pompa, el agasajo, los premios y viajes. El campo cultural latinoamericano es un gigantesco secarral donde uno ha de ver cómo puede malvivir. Y en ocasiones el mejor modo de no dejarse morir inane ha sido el Estado, un aparato que, por otro lado, casi nunca cuenta con instancias que fomenten la polémica, el pensamiento crítico y la discusión intelectual pública. Las huye como si en él tuvieran que trabajar pelotones de soldados norcoreanos. El mercado, por otro lado, no precisamente se desvive por los escritores, los críticos o los tocados por la afección estética. De ahí que, aunque no esté seguro al cien por ciento, no creo que el trabajo del crítico esté totalmente desligado de un lugar en la burocracia. Gilberto Gil lo hizo en Brasil y no se podría decir que le fue mal o medró como lobo con hambre. Por supuesto: otra cosa es la connivencia.

De vivir en una Casa de la Cultura lánguida que, aparte de un par de episodios que le delataron como un tipo vulgarote con las mujeres en la esfera pública, Raúl Pérez Torres ha llegado a Ministro de Cultura con el mismo encanto y carisma con que siempre tuvo su sueldito en el órgano más importante del mundo simbólico en el país. Y en medio del disgusto de un gentío de gestores culturales que poco se han animado a decir porque…Bueno, porque todo el mundo está en el derecho de cuidar su trabajo, su mínimo espacio de sobrevivencia o la pequeña parcela desde la que puede resistir y crear.

La movida política del licenciado Moreno ha sido inteligente: con el nombramiento de Pérez Torres ha restado fuerza a la oposición que no está de acuerdo con la cesión de autonomía de la Casa de la Cultura y la potenciación del Ministerio. Pacta con una eventual resistencia, absorbiéndola.

Lo que sí se resiente es la renovación de las políticas culturales. Porque no basta con permitir que tres guambras pinten con aerosol un muro, que se dé espacios a conciertos de tecnocumbia o que se festeje a personas que siguen pintando escenas bucólicas sobre el estómago de un borrego. Lo que Montalvo y sus predecesores sugerían es que la cultura puede y debería ser la mejor herramienta de igualdad y emancipación mental y política. Y Pérez Torres no vendrá, ni siquiera, con un discurso conservador. Será el de la anomia y el galanteo, el del nulo rigor y la demagogia por publicar cualquier cosa. Es una derrota a cualquier propuesta que se plantee cambiar de forma radical el país repensando sus procesos culturales. Por eso, nos vemos en el próximo coctel, mejor.