Ecuador. miércoles 13 de diciembre de 2017
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Reencuentro con la literatura

Rhys Davies
Quito, Ecuador

Cuando al director de cine alemán Werner Herzog le preguntaron, en una entrevista, que les aconsejaría a los jóvenes cineastas, su respuesta me sorprendió mucho.

No mencionó nada sobre el esfuerzo, el presupuesto o los mejores ángulos de la cámara; contestó sencillamente, y lo repitió varias veces, ‘leer’. Según Herzog, si un aspirante a director de cine no lee, e hizo hincapié en la poesía griega y nórdica, nunca cultivaría una mente lo suficientemente rica para escribir un guión o para rodar una película. Me fascinó su énfasis en la importancia de la lectura y no puedo estar en desacuerdo. Tanto es así que paso todo el semestre adoctrinando, as náuseam, a mis estudiantes de escritura sobre la necesidad de leer en sus vidas actuales y futuras. Inclusive me la voy a jugar en este artículo y decirlo de una vez: una vida bien llevada y enriquecedora no puede ser sin literatura.


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Parte del problema actual de nuestra relación con ella es que la malentendemos. A mi parecer, vemos a la literatura solamente como una distracción, un pasatiempo, para una vacación en la playa o, en el mejor de los casos, como un regalo en Navidad. Peor aún, algunos la miran con mucho recelo: algo que es solo para los literatos más presumidos, o sea para una élite. Sin embargo, leer literatura debería ser visto como una forma de estar, como la mejor terapia que existe.

Leer literatura es un bálsamo para las extrañas emociones que todos tenemos y, muchas veces, no sabemos cómo manejar. Es un analgésico para los dolores de la vida y un consuelo en nuestros momentos más oscuros. La literatura, a diferencia del estudio de la historia, por ejemplo, nos conecta en el tiempo con el abanico de sentimientos humanos. Nuestras culpas no son nada comparadas con los de Rodion Raskolnikov de Crimen y castigo de Dostoyevski. Nuestras vidas no llegan, ni mínimamente, a ser tan trágicas como las de los personajes de Shakespeare. La literatura nos ayuda a poner en perspectiva nuestras ansiedades y nuestras pérdidas.

Al mismo tiempo que la literatura nos provee de diferentes puntos de vista, nos da la posibilidad de ser alguien más, superando limites temporales y espaciales, o de clase o nacionalidad. Nos permite saber como era ser esclavo y escapar de una plantación de algodón en los Estados Unidos en la novela El ferrocarril subterráneo de Colson Whitehead, o ser testigos del desarrollo emocional de un huérfano en Londres del siglo IXX en Grandes esperanzas de Charles Dickins. La literatura nos da la llave para comprender las intimidades de otros seres humanos, una manera de explorar distintas formas de existir y de estar en el mundo.

Muchas veces nos sentimos identificados con los personajes de las novelas que leemos. Para mí, los pensamientos de Holden Caulfield de la obra de J.D. Salinger El guardián del centeno me siguen haciendo eco hoy, muchos años después de haber leído esta obra. Las voces de nuestros personajes favoritos nos acompañan en nuestro día a día e influyen en nuestra forma de pensar en la vida real. A veces cuesta soltar un libro por no querer abandonar a nuestros nuevos amigos, produciéndonos un book hangover (el chuchaqui del libro). La novela y sus personajes nos marcan tan profundamente que, semanas, meses e, inclusive, años después de leer la última página, nos resulta difícil olvidarnos de sus protagonistas y sus aventuras.

Considero que la literatura es uno de los mejores remedios contra esta sociedad cada vez más materialista, fatua y utilitaria. La literatura nos reconecta con valores  más importantes, fáciles de dejar en el abandono hoy por hoy, como la bondad, la compasión, y la empatía; en fin, leer nos hace más humanos. Debemos, activamente, buscar el tiempo y el espacio para leer literatura para reconectarnos, contentar y enriquecer nuestra existencia.