Ecuador. domingo 24 de septiembre de 2017
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Cochasquí, el folclore de la revolución

Por Andrés López
Quito, Ecuador

El escenario no podía ser mejor, 3.100 metros de altura, un sitio arqueológico de 84 hectáreas constituido por pirámides y tolas, dicen que es un inmenso Calendario Solar preincaico de la cultura Quitu-Cara.

Allí se entiende por qué nuestros antepasados adoraban al sol, tan cercano y tan majestuoso.


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La proximidad del firmamento nos envuelve en tonos intensos y brillantes, un cielo que impresiona.

El horizonte está plagado de cumbres, valles y cerros. Manadas de llamas pastorean despreocupadas y el viento impacta, no por la fuerza sino por su energía.

Miles de indígenas de las comunidades aledañas acudieron a Cochasquí para presenciar un ritual en el que Lenín Moreno tomó posesión simbólica del mando, junto a su vicepresidente y miembros del gabinete.

En la colina más alta se adecuó un altar con flores, granos de la tierra y fuego.

La pomposa ceremonia organizada por el gobierno era transmitida a los indígenas a través de pantallas gigantes, con poderosos equipos de audio y al menos, en mi opinión, unas 10 cámaras que captaban con detalle los gestos dramáticos de los shamanes y las caras desconcertadas y aburridas de las autoridades mestizas que no entendían ni jota lo que sucedía.

Un dron mostraba imágenes aéreas que despertaban admiración y comentarios de los aborígenes. Los escuchaba hablar en quichua y no comprendía nada, salvo cuando aparecía un primer plano de algún conocido y entonces gritaban: “¡eléf!”, “!carajuu!” y festejaban con alharaca y la sonrisa auténtica, quizá ingenua.

Desde el poder, la ceremonia de entrega del bastón de mando la califican como “ancestral”.

Efectivamente, es una tradición indígena transferir la vara de autoridad al líder de turno. Es un acto sencillo que contiene un elemento fundamental: ocurre entre compañeros indígenas. Nunca, en esencia, se consideró otorgar ese símbolo a un blanco-mestizo. No hay referencias “ancestrales” de algo así.

Lo que hemos visto en los últimos años es la política que manipula y destruye la identidad de los pueblos nativos, que crea un show de boato, un espectáculo mediático proselitista con una carísima parafernalia.

En el pasado los aborígenes entregaban ofrendas a la laguna, al sol, a la tierra, a la lluvia… y esperaban que la naturaleza devolviera el obsequio con cosechas productivas, victorias en las guerras, bienestar para el pueblo. En cambio, en Cochasquí, vi un espectáculo propio de la conquista española.

Representantes de cada comunidad hacían fila con sendos regalos para entregar ofrendas a la autoridad mestiza. Ponchos, artesanías, esculturas, cuadros, instrumentos musicales, alforjas entregaban en las manos del venerable representante del señorío, aquel que con su palabra puede cambiar el destino, ese que prometió mejorar la calidad de vida y que empleó un recurso harto manoseado, el que repite cada funcionario el primer día de su mandato: “nunca los traicionaré”.

Así como la leyenda cuenta que los españoles engañaban a los indígenas intercambiando espejos y bambalinas por oro y otros metales preciosos, yo comparto con ustedes mi decepción por otro intercambio, el de ilusiones por promesas, el de sumisión por paternalismo, el de cultura por manipulación política.

La tradición ancestral de transferencia del bastón de mando en los pueblos indígenas fue, en Cochasquí, un acto de folclore ordinario, de mal gusto y vacío de contenido.

El despilfarro de Cochasquí fue una oda al ego de un gobierno que dice estar más cerca del pueblo y que llega a él en más de 25 vehículos 4×4 de lujo, que instala grandes carpas con lámparas colgantes de lágrimas de cristal, con salas VIP para refugiar a las autoridades agotadas, con servicio de catering y con un número incontable de guardaespaldas, vamos, que si no reparaba en la altura, parecía una mañana de placer en algún country club de nuevos ricos.

El propio Moreno reconoció el exceso durante una rueda de prensa posterior a la ceremonia, conversatorio por cierto, con pocas luces, aunque anunció que en los próximos días habrán “buenas noticias” en varios ámbitos. Veamos, se suele esperar 100 días para advertir el rumbo de un gobierno nuevo.

Por lo pronto, las voces que hablaban de austeridad y de identificación con el pueblo fueron arrastradas sin misericordia por el viento indómito de las montañas, allá en Cochasquí. (O)

El presidente ecuatoriano Lenín Moreno, al centro, participa en una toma de posesión simbólica con representantes indígenas de Ecuador y el presidente boliviano Evo Morales, izquierda, en Cochasqui, Ecuador, el jueves 25 de mayo de 2017. Cochasqui es un sitio importante para ceremonias, bailes tradicionales, rituales chamanísticos y bodas, así como el complejo más grande e importante de ruinas precolombinas en el norte de Ecuador. (AP Foto/Dolores Ochoa)