Ecuador. lunes 25 de septiembre de 2017
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Un sargento de 50 años

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

La polémica, que se ha vuelto clásica ya, de si es mejor el sonido del disco de vinilo o el compacto (CD), está superada.

El mejor disco de música popular que se editó en el siglo pasado, es de vinilo y la calidad de su sonido es imbatible. Hablo de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (La Banda del Club de los Corazones Solitarios del Sargento Pepper), que ayer cumplió cincuenta años.


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El 1 de junio de 1967 aparecía este álbum de los Beatles en medio del delirio de la “beatlemanía”, que en solo cuatro años habían lanzado ocho discos que no solo mantenían un notable nivel de calidad, sino que cada uno superaba al anterior. Pero después de “Revólver” se produjo un silencio; un largo silencio si se considera la velocidad de edición de sus discos anteriores. La última canción de este disco fue terminada solo tres días antes de iniciar una gira que llevaría al cuarteto a actuar en Alemania del Oeste, Japón y Filipinas. En el verano de 1966 también estuvieron en Asia, Estados Unidos y Canadá. Las cosas iban cambiando y las exigencias del “nuevo sonido” hicieron que ninguna canción de “Revólver” fuera interpretada en esas apariciones.

Pero había algo más que ya no funcionaba. Les resultaba frustrante tener que interpretar una y otra vez lo que ellos consideraban “sus viejas canciones”, a lo que había que sumarle el griterío infernal de sus “fans” que apenas dejaban escucharlas. El 29 de agosto de aquel año ofrecieron un concierto en el Candlestick Park de San Francisco (EE. UU.) y fue su última aparición en público.

Al regreso al Reino Unido resolvieron encerrarse en los célebres estudios de Abbey Road, que tiene el paso de peatones más famoso del mundo, y comenzaron a experimentar.

La primera canción en grabar fue “Strawberry Fields Forever” y luego “Penny Lane”, que fueron lanzados en febrero de 1967 en forma de un disco single. Luego vino la larga búsqueda que iba a culminar meses más tarde en este disco sorprendente. Ya no eran los Beatles. Eran la Banda del Sargento Pepper y hasta cambiaron de aspecto al vestir unos uniformes que ellos se inventaron.

La sorpresa fue total: ¿Qué era aquello con el canto de un gallo al tiempo que nos deseaban los buenos días? Y otros ruidos de la vida real que se sumaban a los instrumentos musicales. ¿Qué era aquel álbum doble, con un solo disco y una portada caótica, llena de colores estridentes, de personajes quitados de alguna revista con el espíritu más acrisolado del “pop-art” en ese momento en su punto más álgido? Además, iba en el sobre una lámina con la figura de la banda del Sargento Pepper. Alrededor de ochenta personajes rodeaban a los músicos en la célebre portada: desde Karl Marx a Diana Dors, pasando por Marlene Dietrich y Marilyn Monroe; escritores como Edgar Allan Poe, Aldous Huxley, Dylan Thomas, H.G. Wells, Oscar Wilde; actores como Marlon Brando, Toni Curtis, Tyron Power, Johnny Weismuller (el clásico Tarzán) y, desde luego Lewis Carrol y una figura en terracota de su “Alicia en el país de las maravillas” o Albert Einstein.

He leído en la prensa de hoy, en artículos dedicados al célebre aniversario, que Giles Martin, hijo de George Martin, el productor del cuarteto, que tiene acceso a las cintas originales de la grabación de este disco, ha dicho que piensa hacer una nueva mezcla en estéreo, pues ello hará que el oyente esté más cerca de los músicos y sus instrumentos. Tiemblo ante esta clase de experimentos. El mejor sonido es el que ya está en el disco, en el tradicional, en el de vinilo, el sonido analógico. Me recuerda a un amigo que, refiriéndose a un caso similar, decía: “Uno va al sastre, le lleva un pantalón de muestra y le pide que le haga uno igual. Pero el sastre responde: ‘no, no te voy a hacer igual; te lo voy a hacer mejor’. Y en el momento del ‘mejor’ es cuando comienza la debacle. Pues así mismo queremos el disco en este caso. No queremos una “Gioconda” mejor pintada que la de Da Vinci, sino esa, con sus vicios y sus virtudes, como fue concebida en ese momento de genialidad en el que quizá ni los propios artistas se dieron cuenta que estaban trasponiendo el límite de la gloria.