Ecuador. sábado 23 de septiembre de 2017
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A propósito de “Todo esto te daré” y Hannah Arendt

María Rosa Jurado
Guayaquil, Ecuador

“Todo esto te daré”, la novela negra de la escritora española Dolores Redondo, ganadora de la 65 edición del Premio Planeta en el 2016, rinde homenaje a los crímenes que se cometen en las mansiones de la campiña inglesa en las novelas de Agatha Christie y a la saga “El Padrino”, de Mario Puzo. 

La novela comienza con la inesperada muerte de Álvaro Muñiz de Dávila, la pareja de un afamado escritor, quien se ve obligado a escarbar en el pasado de éste y en los misterios de su aristocrática familia política, en un pueblo de  la Ribeira Sacra gallega, junto con un sacerdote y un guardia civil retirado.


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No había tenido la suerte de  conocer antes a Dolores Redondo, pese a su fama y su extraordinario éxito literario, pero el título de su novela me llamó mucho la atención, me sonaba de algún lado, pero no lo reconocí hasta que llegué a la parte donde explica su título: la tentación del demonio a Jesucristo, relatada en el Evangelio de Mateo.

“… Otra vez le llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, 9 y le dijo:Todo esto te daré, si postrado me adoras”. Y esa fue la decisión vital trascendente que debió tomar uno de sus protagonistas, con la que definiría su destino.

Quizás por las turbulencias políticas que sacuden el mundo, y, particularmente, a nuestra América Latina en temas de corrupción, la novela me impresionó poderosamente. Es bastante larga, pero cada página está bellamente escrita, de manera que uno la puede ir paladeando mientras avanza en el descubrimiento de un misterio, que como en las novelas de Dama Ágatha, no logramos desentrañar hasta el final, aunque debamos reconocer que recibimos sutiles pistas. Y es entonces cuando exclamamos: “¡Cómo no me di cuenta!”.

También me pareció muy interesante analizar cómo la escritora se introduce en la mente masculina de su protagonista.

“Todo esto te daré” es una novela recomendable desde todo punto de vista, pero además de esto, resulta pertinente en el momento actual, puesto que pone el dedo en la llaga en una de las lacras más grandes de la humanidad: la codicia. Sin embargo, está tan bien posicionada en la conciencia de las masas, cuenta con un marketing tan poderoso, que pareciera que fuera del púlpito ya no encontramos a nadie capaz, siquiera, de llamarla por su nombre.

Aceptada la propuesta del Maligno, nos tocará negarla, ocultarla, disfrazarla. Deberemos sobornar aquí, chantajear allá, mentir en todo momento y recordar todas las mentiras.

Tal como ocurre con la pieza teatral “Pedro y el capitán” de Mario Benedetti presentada en el Microteatro, que consiste en la conversación entre un torturado y un torturador, por la que se busca la respuesta a mediante qué proceso una persona normal puede convertirse en un torturador, la viralización de  la codicia nos recuerda lo que Hannah Arendt acertó en llamar la “banalidad del mal”, de la que habla en su libro “Eichmann en Jerusalén”, sobre el juicio a Adolf  Eichmann por genocidio contra el pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial.

Según Arendt, “Eichmann no poseía una trayectoria o características antisemitas y no presentaba los rasgos de una persona con carácter retorcido o mentalmente enferma. Actuó como actuó simplemente por deseo de ascender en su carrera profesional y sus actos fueron un resultado del cumplimiento de órdenes de superiores. Era un simple burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre sus consecuencias. Para Eichmann, todo era realizado con celo y eficiencia, y no había en él un sentimiento de «bien» o «mal» en sus actos”.

“Fue como si en aquellos últimos minutos (Eichmann) resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible “banalidad del mal”, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes”, dice Arendt.

Quizás nos vendría bien recordar cuán mal le paga el diablo a quien le sirve, antes de abandonar la senda estrecha por la que quiere conducirnos el Señor.

María Rosa Jurado