Ecuador. miércoles 22 de noviembre de 2017
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La escritura de Rafael Lugo

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

Resulta absurdo pretender que no existen motivaciones íntimas y poderosas para que una persona decida escribir.

El verdadero escritor es, en realidad, alguien que lucha contra el lenguaje, y contra sí mismo, para esculpir un propio y genuino estilo, una voz nueva e inimitable, que esté profundamente conectada con los rasgos de su carácter, sus intenciones y su memoria. Ningún estilo es igual a otro, porque aquello que un autor en su escritura ha creado, con todas sus fuerzas, es su ADN.


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Mucho hay que decir sobre la escritura y el estilo de Rafael Lugo. Sus lectores, esperamos con ansias sus artículos, crónicas y columnas, que suelen aparecer en distintas revistas o en su blog personal. De esos textos, existen dos colecciones, tituladas ‘Al dente’ (Dinediciones, 2010) y ‘Las 50 sombras del Buey’ (Dinediciones, 2014). Antes, publicó su libro de relatos ‘Abraza la oscuridad’, en 2007. Sin embargo, pienso que el punto clímax de su escritura literaria lo alcanzó con su trilogía de novelas, conformada por ‘Veinte’ (Alfaguara, 2008), ‘7’ (El Broli, 2012) y ‘207’ (USFQ, 2017).

La escritura de Lugo, desde la aparición de ‘Veinte’, su novela que más me impactó, es un proceso de autodestrucción y renacimiento. Para él, el acto de escribir implica mucho más, como escarbar en el fondo de sí mismo y abrirse las cicatrices y las costras, lo que lo convierte en un artista puro. ‘207’, entonces, es una novela sobre la escritura de una novela y, en consecuencia, sobre el acto creativo y acto creador. Y también sobre algunos de los principios esenciales que Lugo, sin darse cuenta, ha acogido en la búsqueda de su estilo literario, de su voz personal.

En ‘207’ el autor logra una novela de madurez, en el sentido de que, además de la historia y la trama, consagra su visión del mundo que es, indiscutiblemente, una declaración de principios estéticos:

“Es que los libros te encuentran a ti, no fue un pequeño milagro, es un hecho cotidiano –le dijo, porque Ignacio cree que ella se enamorará de él si le habla de libros”.

“Pero escribes. Escribe un libro, una obra maestra a la que puedas saltar y desaparecer. Escríbelo para no morir. No quiero verte morir.”

“El amor es un acto de barbarie que siempre deja deudas pendientes”.

“Cuando murió mi taita, tu abuelo fue a nuestra casa al velorio. Tú y yo ya teníamos como dieciocho años. Me dijo que fuera a visitarlo cuanto antes y se fue luego de rezar un padrenuestro colocando su mano sobre el ataúd de mi papá. Ese gesto de tu abuelo lo he sentido dentro de mí varias veces cuando he puesto mi mano sobre ti”.

“Todos tenemos una obsesión del tamaño de nuestra pena más grande, me parece”.

“Contigo aprendí que se es feliz gracias a la memoria selectiva y que la angustia no se mide por su cantidad, sino por su forma de presentarse. La angustia es un rostro de mil caras. Verte morir cada día es verle, también, una cara diferente cada día. Para ti, el dolor lo es todo, para mí lo es la angustia. Para nuestra amiga común podría ser la venganza. Todos tenemos alguna fuerza invisible que nos agarra de los huevos hasta ponernos a gritar”.

“Los machitos quiteños son una mierda, la verdad”.

“Leer para alguien, leer para que otro escuche, es una forma de amar, aunque no haya sido ese tu caso hacia mí”.

Los lectores, si desean disfrutar de una de las más valiosas plumas del Ecuador, harán bien en leer sus novelas. Entonces, no hace falta reseñar su rigurosa y genial estructura metaliteraria, su caudaloso conflicto ni la forma que el autor encontró para que el lenguaje toqué zonas hondas y oscuras de la condición humana. Mi intención, simplemente, es consignar algo que para mí es más importante. Con ‘207’, Rafael Lugo ha encontrado de forma definitiva su voz y su destino. Es un escritor y en muchas de sus frases están los motivos que le agarran de los huevos y le hacen escribir. Que así siga.