Ecuador. viernes 22 de septiembre de 2017
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¿En qué momento se jodió Venezuela?

Carlos Jijón
Quito, Ecuador

Tres jóvenes han sido asesinados en las últimas horas en medio de las protestas y los saqueos que se han vuelto habituales en Venezuela.

Isael Macadán Aquino tenía 18 años, cuando fue impactado de un balazo mientras su barrio, en el Estado de Anzóategui, era saqueado por bandas chavistas que así reprimen a los sectores en los que la gente sale a protestar contra el gobierno de Nicolás Maduro. Jonathan Zavatti, de 25, ha muerto este miércoles en Caracas, tras ser herido el lunes, de un disparo en la cabeza, mientras participaba en una protesta. Roberto Durán, de 26, un camarógrafo de televisión, ha caído la noche de este miércoles, pocos minutos antes que empiece este texto, mientras protestaba en Barquisimeto.


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Son solo los últimos muertos, y probablemente no serán los últimos. Desde hace tres meses, cuando la gente empezó a salir a las calles en contra de la decisión de arrebatar las funciones del Parlamento, cerca de 80 personas, la mayoría jóvenes manifestantes, han sido asesinados en las calles por bandas armadas que defienden al régimen. Cientos han sido heridos. Otros centenares, encarcelados. Todo ante la impavidez del resto del mundo, incluido el Papa, que ha abandonado a su suerte a esa nación, sin atinar a detener la masacre.

¿Cómo llegamos a esto? ¿Cómo sucede que una nación rica llega a convertirse en un lugar dónde la gente hace cola para conseguir comida? ¿En qué momento se jodió Venezuela? ¿Fue en 1994, cuando el Presidente Rafael Caldera amnistió a, Coronel Hugo Chávez, que estaba en prisión después de un sangriento intento de golpe de Estado, dos años antes en contra de Carlos Andrés Pérez? ¿Fue cuando los venezolanos no pudieron consumar el derrocamiento de Chávez, en abril de 2002, y le permitieron regresar con más poder aún del que ya tenía antes del golpe? Yo sospecho que el momento clave en que Venezuela perdió su futuro fue el 14 de abril de 2013, cuando aceptó que el Consejo Nacional Electoral, de mayoría oficialista, proclamara fraudulentamente que Nicolás Maduro había ganado por un estrecho margen las elecciones presidenciales a Henrique Capriles, tras una desigual campaña en que el líder de la oposición se enfrentó contra toda la maquinaria del Estado que apoyaba al sucesor de Chávez. Ese fue el instante preciso, el punto de no retorno: cuando los venezolanos arriaron las banderas, y aceptaron a regañadientes esa extraña legalidad.

Después, cuando intentaron levantar la cabeza, ya no hubo cómo. Al principio, quisieron creer que Maduro podía ser distinto. Después de todo, razonaban, no era Chávez, y además, durante los primeros meses, había empezado a hablar de diálogo. Muchos quisieron creer. Otros, la mayoría  empresarios, intentaron ver cómo podían acercarse al nuevo gobierno y sacar provecho. Es cierto que el Presidente Maduro no anunció ningún cambio en la conducción de la economía. Y que el segundo al mando, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, acusado de corrupción, permanecía intocado. Los síntomas estaban allí, pero nadie quería verlo. Por alguna extraña razón los venezolanos quisieron convencerse de que sin desalojar a los corruptos, y con el mismo programa económico, algo podía mejorar.

La teoría de que Maduro iba a romper con los chavistas tomó cierto cuerpo. Que se había peleado con Diosdado Cabello, un enemigo de la influencia de Cuba, decían, pese a que ambos aparecían juntos en público y nunca se tomó una medida concreta para alejarlo del poder. Que el plan de Diosdado era derrocar a Maduro dada su entrega a los cubanos y su manifiesta incapacidad de gobernar. Que Maduro tenía listo un gabinete en la sombra para dar un vuelco que nunca dio: hasta que la profundidad de la crisis económica provocó la salida de la gente a las calles, liderados por Leopoldo López.

Entonces el hombre golpeó como un rayo: los colectivos salieron a defender la revolución. Recuerdo claramente el momento en que fue asesinado Bassil Da Costa, un estudiante de 23 años que había participado en la primera salida a las calles, y que cayó abaleado por unos tipos en moto. 60 muchachos murieron a manos de los colectivos chavistas, 400 fueron a prisión, y la mitad de ellos todavía siguen ahí. América Latina asistió impertérrita a la primera masacre, y nada dijo cuando no solo se acusó de la misma a Leopoldo López, sino que se lo condenó a catorce años de prisión. Poco después, el alcalde de Caracas también fue encarcelado. Y desde entonces los presos políticos han ido en aumento. Cuando ya todos tuvieron claro que nada había cambiado, ya nada podían hacer.

Y ahí siguen. Tan lejos de Dios y tan cerca de Cuba. Un millón de venezolanos ya ha huido del  hambre y ahora se dispersan por América Latina y Miami. Las colas para adquirir comida ya son habituales. Y últimamente, reportar que un joven ha sido asesinado en las calles mientras protesta, también. Hace poco me conmoví con la imagen surrealista, en un video, de un joven que toca el violín, en medio de la cruenta lucha de otros, muchachos como él, con escudos de madera y la bandera de Venezuela como capa, desarmados contra los represores. Lentamente Venezuela va adquiriendo el aspecto de un estado fallido: una especie de Corea del Norte en América del Sur. Abandonada a su suerte.