Ecuador. Jueves 27 de Julio de 2017
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Por Pallares

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

A veces imagino un escenario en que Martín Pallares es mi mejor enemigo.

Mercantilista, nada empático con las emancipaciones sociales, nadie como él da la talla para entrar en lo poco de bueno que ofrece el juego liberal: la polémica y el desacuerdo, la crítica, la contradicción.


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Pero no puede ser.

La contingencia de que en Ecuador Pallares sea el enemigo de cualquier persona de izquierda es hoy imposible porque su persecución, aunque nos desagrade pensarlo, y más aún decirlo en voz alta o escribirlo, convoca varios de los supuestos políticos básicos por los que se debería dar batalla.

No sé si Martín Pallares escribiría defendiéndome en caso de que Correa me atacara a punta de tweet y agravio. Sí lo hicieron, con gente débil y antagónica, las personas que con él fundaron 4Pelagatos, una de las pocas plataformas de opinión que no se arredró ante la avalancha de jueces comprados, intelectuales sumisos y burócratas obligados a un triste y comprensible silencio, conseguido a punta de amenaza.

Martín Pallares, el liberal, el derechoso, tiene, a fin de cuentas, potestad de decir y pensar lo que se le cante sin que nadie quiera meterle las manos en los bolsillos o quitarle el trabajo. Y algo aún más importante: Martín Pallares no es él. Es, en rigor, la respuesta a diez años de cortesanía y miedo, a diez años de mascarada falsamente progresista, a diez años de vasallaje mafioso. Eso hay que reconocerle, y eso pone a prueba, además, la coherencia del pensamiento de izquierda.

Correa hizo crecer de su presidencialismo unas ramificaciones especialmente repulsivas, a las que gente como Pallares, a quien nos encantaría combatir, no pudo finalmente silenciar. Deseosos estuvimos esperando que los demás, teóricos de la emancipación social, líderes fogueados en las calles, cosmopolitas melancólicos del sueño del Estado de bienestar, vinieran a cantarle a Correa un par de cosas. Poquísimos lo hicieron. Los más se pusieron un buen sueldo, un chofer, una embajadita, una oficina en Quito con vista a cientos de subalternos. Y luego Pueblo Nuevo.

Pallares no, y fue consecuente. Se quedó sin empleo, hizo que su voz se moviera y se oyera, y nos interpeló, de modo que ahora debamos defenderlo porque quien lo quiere aniquilado es peor, mucho peor aún, que la voz de quien quisiéramos contradecir. No sé si me equivoco, pero veo en él esa insumisión que no fue capaz de sostenerse en elementos que salieron de nuestras propias filas, esa rebeldía e incredulidad tan necesarias para dudar del lenguaje oficial, esa necesaria distancia con quienes se disputaron por ser los cuadros menos vendidos y finalmente aparecieron como ofertas de temporada del remozamiento pseudodemocrático del correísmo.

Yo los veo todavía, creciendo como maleza: callados ante los delitos, creen en dos proyectos: el de su acelerada ascensión económica o el de su testaruda fe en el proyecto mesiánico del líder populista, del falso redentor enrabietado.

Que una voz les desenmascare, les ponga en ridículo, advierta de la miseria de ser lambones sin norte ni consecuencia, ya debería ser suficiente para tomar partido por Martín Pallares, aunque bien queramos derrotarlo luego, en justa lid.