Ecuador. miércoles 22 de noviembre de 2017
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Hüzün

Kevin Wright
Quito, Ecudor

En sus memorias, titulada “Estambul, ciudad y recuerdos” Orhan Pamuk dedica todo un capitulo a las concepciones tradiconales de la melancolía.

Partiendo del modelo que nos dio Robert Burton en su “Anatomía de la Melancolía”, Pamuk concluye que la tradición occidental, herencia de la concepción hipocrática de los humores, cataloga a la melancolía como una enfermedad, una serie de síntomas que aquejan a un individuo. La melancolía tiene diagnosis para Burton, y hasta curas y tratamientos. Tambien dispone de un elemento moral y estético que puede motivar y embellecer nuestra concepción del mundo.


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Pamuk, siendo hijo de la primera generación nacida durante el proyecto nacionalista de Atatürk, tiene siempre un ojo hacia occidente y algo sabe de sufrir la melancolía y también de justificar esa desdicha mediante el arte y la literatura.

Sin embargo, para entender la literatura de Pamuk es más importante la concepción islámica que prepone una visión de malestares comunales, dando importancia a expresar lo que aqueja a la comunidad de creyentes, la Ummah.

En Estambul la melancolía no es un elemento que aqueja al individuo, es un destino colectivo que agobia a todos los habitantes de una ciudad milenaria que ha sufrido la caída de grandes imperios. Habitar las ruinas de civilizaciones, tanto occidentales como orientales, obliga a todos a pensar el destino como insatisfactorio y triste. Lo bueno ya ha pasado y no retornará, solo se puede habitar las ruinas de lo que hubo. Para Pamuk, que los recuerdos de uno habiten entre los resabios de la ciudad puede alivianar las penas personales, que palidecen frente a las colectivas, pero tambien puede darse el efecto contrario y caer en la desesperanza.

Visitar Estambul, caminar por sus calles, detenerse ante la fachada de Santa Sofía, cruzar el Bósforo en un transbordador, trepar la torre de Gálata para ver el atardecer, es deleitarse ante la belleza accidental pintoresca de una ciudad que luce sus derrotas esplendidas con cierto recato, es un acto puramente estético, como la lectura de una novela. Vivir en Estambul es sentir una añoranza que no es del todo intima, que flota en el aire y reside en las calles y que habita en los demás, es tener un cuerpo de recuerdos vividos en conjunto con las ruinas. Por eso decir “melancolía” no basta, uno debe utilizar una palabra de origen árabe y decir “hüzün”, para hacerse entender.

En “Museo de la inocencia”, Pamuk traduce estas nociones a la materia tradicional de la novela: el amorío. Empieza con un amor fugaz, bello, transgresivo, que se entiende está condenado a fracasar. El protagonista finalmente no logra recuperar al amor vivido y alcanza solamente a acumular dentro de un departamento abandonado un catálogo de objetos míseros, brevemente usados y descartados por la bien amada: un vestido usado una sola vez, cajas de maquillaje vacíos, un reloj de alarma descompuesto, una licencia de conducir caducada, colillas de cigarrillo manchadas de lápiz labial rosa, botellas de perfume vacías, llaves oxidadas, manzanas roídas, muñecas sin cabeza, carros de juguete sin ruedas, postales nunca remitidas, afiches de películas, etc.

Uno puede visitar el museo de la inocencia, si se quiere. Fiel al espíritu del hüzün, con la intención de ocupar la melancolía como si esta fuese un espacio, se ha construido un facsímil del museo de la novela localizado en la misma dirección de su precursor literario en Estambul: en el barrio de Çukurcuma, entre la avenida de İstiklal y Tophane, a una breve caminata de la parada de tranvía Tophane.