Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Libertad

Juan Carlos Díaz-Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

El acuerdo con la Unión Europea ha permitido incrementar las exportaciones hacia ese bloque comercial. Bien por el país. La mayoría de esas nuevas exportaciones son generadas por micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES).

La Unión Europea es un mercado de quinientos millones de consumidores con alto poder adquisitivo al que le gustan los productos agroalimentarios que exportamos. Esas nuevas exportaciones suscitarán crecimiento de las MIPYMES y por ende, nuevos empleos adecuados y más tributos. La solución, entonces, es abrirnos al mundo y no lo contrario.


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El acuerdo con la UE permitió que se salven trescientos mil empleos directos y miles de indirectos. Simultáneamente se ha logrado el objetivo de aumentar las exportaciones, mientras los ecuatorianos recibimos productos europeos de calidad a precios competitivos.

Los daneses son especialistas en fabricar insulina para el mundo. Con eso, su nivel de vida es alto. No se les ocurre fabricar vehículos, porque saben que algunos de los mejores autos vienen de Alemania. Para poder disfrutarlos, no les imponen elevados aranceles ni salvaguardias. Tampoco otorgan privilegios a su industria nacional. Así pueden gozar de los mejores productos del mundo al mejor precio posible. Ejercen su derecho a la libre elección de bienes y servicios.

Las salvaguardias, cupos, normas técnicas y demás restricciones comerciales aspiran evitar las importaciones. Por un lado, para recaudar más impuestos porque el gobierno gasta demasiado; y por otro, porque el socialismo del siglo XXI tiene una fijación con la cuenta de la balanza comercial, que es solamente un componente del balance. Lo que un administrador diligente debe analizar es la última línea del balance: ¿el país ganó o perdió? Las salvaguardias significaron la caída de las ventas y el decrecimiento del país. Ese fue el resultado del ejercicio.

Los países requieren importar para exportar. Por ejemplo: si usted quiere fabricar una camisa, tendrá que importar la máquina de coser y ciertos insumos. Si a esos rubros, el Estado le aplica elevados aranceles, salvaguardias, normas técnicas imposibles o casi imposibles de cumplir, el costo de producción subirá, y por ende, el producto final no tendrá un precio competitivo. Otra vía es pedir privilegios, para que usted produzca sin que sus competidores extranjeros puedan entrar al mercado, pero eso limita la libertad del consumidor de poder seleccionar productos. Los daneses y peruanos prefieren comprar los carros alemanes a precios económicos.

Entonces surgen las preguntas ¿Queremos realmente exportar con precios competitivos como dice el gobierno o solamente aspiramos cubrir el hueco fiscal con los recursos del sector privado?

El gobierno constantemente pide sacrificio a la sociedad civil. Es hora de que la burocracia se ajuste el cinturón y fomente la productividad para que el exceso de funcionarios públicos pueda incorporarse a la fuerza laboral de una empresa privada que exporte competitivamente a miles de millones de consumidores o sean parte de la cadena productiva que permite lograr ese objetivo.

Los importadores también crean fuentes de trabajo y pagan impuestos. No es inteligente eliminarlos sin sacrificar ambas cosas.

Hay que fomentar la firma de más acuerdos de libre comercio. Vendámosle a miles de millones de consumidores y no solamente a un puñado de ecuatorianos. Pensemos en grande. Atraigamos a la banca internacional que le guste un país latinoamericano que tiene la estabilidad del dólar para que el financiamiento sea más competitivo. Hagamos que nuestra población tenga mayor poder adquisitivo y refundemos una nación con un ecosistema de negocios que nos permita innovar en el siglo del conocimiento. No nos suicidemos con trámites y gasto público. Seamos parte del comercio mundial y aprovechemos sus ventajas. Queremos vivir en libertad, no separados del mundo, como le gustaba al inepto de Bélgica.