Ecuador. viernes 15 de diciembre de 2017
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La admiración de un poeta

Kevin Wright
Quito, Ecuador

William Butler Yeats fue celebrado aún en vida, bien como el último romántico, bien como el primer modernista.

Su talento no disminuyó nunca y ni los años ni la fama parece haberle quitado sus virtudes poéticas ni su humildad. Doy un ejemplo de su vocación: La Torre, una colección de poemas publicada cinco años después de que se le concediera el Nobel, lleva la versión definitiva de “Leda y el Cisne”, un poema que Yeats trabajó por años, pese a la insistencia de algunos colegas de que el poema estaba acabado. Tenía razón, dicha versión del poema es la mejor de todas y no la tuviéramos si él se hubiese contentado.


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Tuvo la fortuna de encontrar dos fuentes de inspiración durante su vida: el amor no correspondido, primero el de la bella actriz Maude Gonne y luego el de la hija de esta, Iseult, y la devoción a las prácticas místicas. Su obra es evidencia de que un hombre de adolescencia prolongada e irresuelta convertido en reaccionario y en brujo de segunda mano es aún capaz de alcanzar la grandeza en las letras. Su poesía es hoy considerada no solamente como una de las obras definitivas del siglo veinte, sino también como una de las obras definitivas del siglo diecinueve. Muchos le deben una deuda impagable.

Algunos, pienso en Pound y en Elliot, procuraron en ciertas ocasiones tergiversar la admiración que le sentían, intentando distanciar su influencia de los movimientos que habían fundado y de sus visiones para el futuro de la poesía. Ambos se contradicen a si mismos y una lectura de sus opiniones revela su mala fe. Elliot tuvo la misma descortesía con Whitman y la deuda que a él le debe.

W.H. Auden le dedicó un poema panegírico, titulado “En memoria de W B Yeats”. Es uno de los peores poemas de Auden, una lista mal llevada de lamentos e insultos lanzados a un mundo que es ingrato con los poetas, lleno de remedos apurados y de “innovación”, pero aún se vislumbra el amor y la admiración que sentía por su amigo.

La ingratitud y la admiración inerte cunden en el destino de todos los grandes poetas. Yeats lo sabía bien y nunca se lamentó su destino de hombre público y poeta nacional. Con admirable afabilidad, recitaba cualquier poema que se le pedía, casi siempre “El Lago de Innisfree”.  Quería creer que el destino del poeta es la poesía misma, y que un hombre letrado entrado en años, capaz de trazar buenos versos, debía escribir para si mismo un epitafio sencillo y no sufrir por las sandeces de la fama.

Las últimas líneas de “Under Ben Bulben” decoran su tumba, el poema en sí es un satirizar sobre su propia figura, sobre el público lector, sobre otros poetas establecidos y sobre la función del buen arte en la sociedad. Yeats aquí celebra la ironía de ser un profeta cuyos versos develan el orden simbólico de la historia, pero que no puede evitar ser incomprendido. Luego da buenos consejos para poetas jóvenes y sugiere aprender la poesía como si fuera un oficio y desatender de la política, de las modas y de los que pretenden ofuscar con sus posturas. Propone celebrar al campesinado y sus relatos y canciones rijosas y también a los héroes de la tradición épica, defendiendo a la poesía como la memoria colectiva de los pueblos.

En las últimas líneas pide una tumba modesta, con mirada a una loma rocosa, cerca de un pueblo donde sus ancestros hicieron de párrocos y de profesores, sin mármol ni frases convencionales. Pide a quien la visite echar una mirada indiferente sobre su vida y sobre su muerte y a continuar con su camino.