Ecuador. domingo 22 de octubre de 2017
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¿Por qué una Consulta sobre la reelección indefinida?

Miguel Molina Díaz
Quito, Ecuador

El destino del Ecuador, en consonancia con su historia republicana, parece consistir en refundarse cada 10 años, comenzar siempre desde cero, rehacerse.

Así son las hecatombes, en ellas todo se destruye y todo renace. En la política ecuatoriana, parecerían imprescindibles para afianzar proyectos políticos, una vez cada década. Ese, quizá, es el contexto en el cual la posibilidad de una consulta popular se nos presenta. Lenín Moreno se aferra a esa idea por muchas razones, principalmente para sobrevivir y, ojalá, para triunfar. Intenta vencer en una guerra en la que ha logrado iniciáticos y minúsculos primeros golpes, pero en la que a largo plazo tiene las de perder, sino consolida un proyecto político capaz de ganarle espacio al anterior.


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Más allá del discurso refundacional y los resultados del diálogo, lo que Moreno busca es legitimarse. Su sombra, tupida y densa, es haber llegado al poder gracias a la plataforma electoral del correismo, cuyo caudillo ya le reprocha su traición y desobediencia. La consulta popular es la medición de fuerzas abierta y frontal entre el presidente y el caudillo. Si Moreno gana la consulta, se legitima política y electoralmente, se consolida como líder, vence a su mayor adversario y, de paso, resuelve los problemas institucionales del país. Si pierde, se acaba todo para él.

La necesidad de Moreno, en este punto, coincide con la de los movimientos sociales y los sectores políticos asqueados del predominio correísta, pero también coincide con un momento histórico en el que el país debe imperiosamente salir de un sistema político e institucional diseñado exclusivamente a la medida de un megalómano. Entonces, la consulta popular es conveniente y, hasta cierto punto, urgente. Por un lado, pesa sobre Moreno la amenaza de que podría retornar al país y volver al poder, aquel que durante una década gobernó al Ecuador desde sus odios y sus traumas, y que ahora pretendería cobrar venganza y restaurar su autoritario correato. Pero, por otro lado, hay que entender que ese caudillo nunca ha sido tan débil, vulnerable, risible, como ahora desde su ático, inmerso en su desesperante e insufrible síndrome post-mando absoluto.

La prohibición de la reelección indefinida entre las preguntas de la consulta, entonces, tiene un objetivo claro para Moreno y otro para la sociedad. Si Moreno logra prohibir la reelección indefinida, el caudillo perderá no sólo una gran batalla sino la fuente de su poder: sus leales le son tales ante la idea de su retorno a Carondelet. Sin reelección indefinida, el espejismo del retorno al poder se disuelve. Sin embargo, para la sociedad, la necesidad de prohibir la reelección indefinida es mucho más profunda y no tiene que ver con la coyuntura de un caudillismo en crisis. Es una medida de elemental condumio democrático. Un sistema hiper-presidencial que permite la reelección sin límites es la versión hípster y millenial de las monarquías absolutistas de los siglos pasados. Es tierra fértil para el populismo y su derivación autoritaria. El poder, por principio, debe ser efímero y transitorio para los seres humanos, nada más que una posibilidad de servicio. Aquí fue el corazón de una pesadilla megalómana y corrupta que durante 10 años violó las libertades, destruyó vidas, impuso sus caprichos y dividió al país.