Ecuador. sábado 21 de octubre de 2017
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La ceguera zurda o las trampas de la fe

Simón Ordóñez Cordero
Quito, Ecuador

Durante los primeros meses de 1932, un joven y destacado escritor de origen húngaro, que pocos años antes se había afiliado en secreto al Partido Comunista Alemán, emprendió un largo viaje por la Unión Soviética.

Rusia a través de los ojos de un burgués, era el título que debería llevar el libro resultante de aquel viaje y en él, gracias a un libreto previamente establecido, se habría de contar las experiencias de un corresponsal de la prensa liberal que inicia su periplo con un sesgo anticomunista pero termina convirtiéndose en admirador de la URSS en vista de los enormes logros del Plan Quinquenal que allí se había ejecutado.


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Arthur Koestler —nombre de aquél corresponsal de cuyas imprescindibles Memorias extraigo lo que aquí relato— había construido su visión sobre URSS a partir de lo que decía su descomunal aparato de propaganda. En virtud de ello, asumía que el tren que lo adentraría en esas tierras “lo llevaría directamente al siglo XXI”, a ese paraíso en construcción en donde ya no había explotación y reinaba la justicia, la igualdad y el desahogo material.

El primer choque con la realidad lo vivió Koestler en la aduana del pueblo fronterizo. Allí pudo mirar que las maletas de los ciudadanos rusos que aún podían viajar eran sometidas a exhaustivos exámenes y, para su sorpresa, también percatarse de que el contenido de ellas consistía básicamente en comida. Sobre los sucios mostradores de la aduana se iban “apilando cientos de kilos de azúcar, té, mantequilla, embutidos, manteca, galletas y conservas de toda clase”. Todo ello ocurría mientras en el rostro de los funcionarios que manipulaban esos productos podía intuirse una expresión de avidez y resignación propia de quienes carecen de casi todo y sufren hambre.

El abarrotado tren empezó a recorrer lentamente las estepas ucranianas. En su trayecto hizo muchas paradas y en cada estación una multitud de campesinos harapientos ofrecían todo tipo de objetos a cambio de un pedazo de pan. Mujeres famélicas levantaban a sus hijos, de vientres hinchados y cabezas cadavéricas, hasta las ventanas de los vagones buscando recibir algo para comer. “Reaccioné ante el brutal choque de la ilusión con la realidad de la manera típica en que lo hace un autentico creyente. Estaba sorprendido y desconcertado, pero enseguida comenzó a actuar el elástico amortiguador de mi adoctrinamiento en el partido. Tenía ojos para ver, y una mente condicionada para justificar como fuera aquello que veían. Ese «censor interior» es más fuerte y fiable que cualquier censor oficial”.

Durante algo más de un año Koestler recorrió el enorme país de los soviets y en muchos lugares esas imágenes se repetían. Muchedumbres hambrientas y tranvías abarrotados convivían con modernos rascacielos, edificios estatales, clubes obreros, estadios y enormes fábricas que pretendían ser las mayores de Europa. Las penurias materiales, la violencia política, el miedo y el silencio resignado y triste de los ciudadanos soviéticos eran escondidos por el aparato de propaganda al tiempo que se magnificaban los logros revolucionarios. Estas caóticas imágenes en donde convivían varios tiempos históricos, contradecían lo que afirmaba la propaganda y también las ideas que el joven corresponsal se había hecho de esa sociedad. Fue entonces que “aprendí a clasificar automáticamente todo aquello que me impactaba desagradablemente como «la herencia del pasado» y todo aquello que me gustaba, como «las semillas del futuro». Conectado mentalmente a esta máquina clasificadora automática, aún resultaba posible para un europeo vivir en la Rusia de 1932 y continuar siendo comunista”.

Más allá de la abundantes relatos sobre la barbarie del régimen soviético, que pueden ser corroborados leyendo a otros autores como Alexander Soljenitsin o Svetlana Alexiévich, por poner apenas dos ejemplos, las Memorias de Koestler tienen el enorme merito de mostrar el funcionamiento de los mecanismos mentales de autoengaño y de mistificación de la realidad que son propios de las ideologías totalitarias, especialmente del comunismo y de varias de sus derivaciones, y que llevan invariablemente a anteponer la ideología por sobre la comprensión de lo que realmente ocurre.

Si bien esos mecanismos de auto engaño y enmascaramiento de la realidad estuvieron presentes desde los albores de la revolución bolchevique, es quizá durante el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS, en donde este proceso llega a sus extremos. Aunque esta idea pueda parecer extraña, existen evidencias suficientes para mostrar que las denuncias contra Stalin, que por lo demás eran ciertas y hasta se quedaban cortas, tuvieron por objetivo central depositar sobre él y sus políticas la responsabilidad de todas las atrocidades y problemas que ocurrían en la URSS, de tal forma que los principios del marxismo leninismo y las estructuras creadas a partir de esas ideas quedaran a salvo, incólumes e incuestionadas. Fue una mascarada enorme mediante la cuál se logró desviar la atención sobre las verdaderas causas de lo que allí ocurría y con ello consiguieron mantenerse en el poder sin que se altere la estructura ideológica e institucional que lo hacía posible. En ese camino emprendido en 1956 la izquierda ha perseverado y sus militantes e intelectuales realizan una y otra vez el mismo ejercicio.

Para ellos, las tragedias sociales y el retroceso absoluto de las libertades acaecidas en China, en Camboya, en los países de la Europa del Este, en Cuba y Corea del Norte, o lo que hoy ocurre en Venezuela, nunca fueron producto, ni lo son ahora, de la aplicación de una ideología que conduce necesariamente a esos resultados. La tragedia y la pobreza del pueblo cubano es resultado del bloqueo; la barbarie venezolana es culpa del sabotaje del imperio y de las oligarquías locales; los crímenes de Pol Pot y los jemeres rojos son producto de desviaciones ideológicas; el autoritarismo, la corrupción y el desastre económico del gobierno de Correa son consecuencia de sus políticas neoliberales; asi, al infinito. Nada ha servido para derrotar el ideal, ni siquiera para generar alguna duda, pues el militante de esas ideologías, al igual que el fanático religioso, es impermeable a la realidad y prefiere ignorarla antes que poner en cuestión o negar aquellas ideas que le dan sentido a su vida y que, en muchos casos, también le permite recibir algunas prebendas y parasitar alrededor de círculos académicos o de poder.

Son esos mecanismos de autoengaño y la máquina clasificadora de la que hablaba Koestler, los que se ponen en movimiento cuando se trata de negar los estrepitosos fracasos de los países socialistas una vez que ellos se hacen evidentes; pero también funcionan cuando los logros de las sociedades democráticas y con economías abiertas contradicen los planteamientos y profecías que Marx había hecho respecto de las sociedades capitalistas. La maquina clasificadora consiste también en atribuir lo bueno de una sociedad a todo lo que se aproxime al socialismo o a lo que provenga de lo que ellos llaman el campo popular, en tanto que todo lo malo siempre tendrá su origen en el capitalismo o en cualquier cosa que sea calificada como burguesa.

En los días que corren, ese tipo de “análisis” ha recrudecido y casi no existe texto de intelectual de izquierda en donde no se termine responsabilizando al capitalismo y al imperio de todos los males de la humanidad, usando para ello categorías marxistas que no tienen capacidad explicativa alguna y que simplemente deberían estudiarse como parte de la historia de la ideas. Incluso, alguna intelectual de nuestra izquierda ha sostenido que el stalinismo es una forma de capitalismo. Un disparate de ese tamaño no sólo implica una enorme ignorancia sino también una forma de deshonestidad intelectual cuyo sentido no es otro que el de hacer responsable al capitalismo incluso de los crímenes de Stalin.

En increíble que a estas alturas, con toda la información de que se dispone, no logren ver que fueron las mismas ideas y prácticas las que estuvieron detrás de las hambrunas de la China, la URSS y Camboya. O que la escasez de comida y de productos básicos tiene las mismo causas en la Unión Sovietica, en la Cuba de los Castro, en el Chile de Allende o en la Venezuela de Chávez y Maduro. Todos ellos, por cierto, gobiernos de izquierda y socialistas.

Autoengaño, mistificación, dogmatismo y deshonestidad intelectual son realmente un potaje peligroso del que también beben los movimientos políticos y sociales que ayudaron a construir los socialismos del siglo XXI. En el caso de Ecuador, ninguno de esos movimientos ha hecho un mea culpa, ninguno se siente responsable; se limitan a hablar de una traición, de una desviación del proyecto —es decir, descargan sus responsabilidades en otros— y vuelven al frente de pelea postulando las mismas ideas que ya fracasaron tantas veces y que fueron pilares en la construcción del régimen autoritario y corrupto de la Revolución Ciudadana. Y lo intentarán de nuevo, una y mil veces, porque su ceguera ideológica les impide comprender la realidad. Con las distancias obvias, lo que hacen estos movimientos nos recuerda lo que pasó con esa enorme mascarada que supuso el XX Congreso del PCUS. La diferencia es que aquí el único culpable es Correa y los bribones que lo rodearon, más no la ideas que lo llevaron al poder y que contribuyeron a la construcción de un aparato institucional que permitió la consolidación de un régimen autoritario, abusivo y corrupto.

“La necesaria liquidación de los grupos opositores y de las clases hostiles; el necesario sacrificio de una generación por el bien de la siguiente, todo eso resultaba repugnante, y aún así era fácil de aceptar cuando uno se dejaba llevar por la senda única de la fe. Todo esto ya había ocurrido antes, en la historia de las iglesias medievales; pero el universo mental de los devotos es difícil de comprender para el profano.[…] Ya no creía en el comunismo a causa del ejemplo de Rusia, sino a pesar de él. Y una fe que se mantiene «a pesar de» es siempre más resistente y menos expuesta a la decepción que una fe basada «a causa de»”, dice Koestler en alguna parte de sus imprescindibles libros.

Y tiene razón. La fe no necesita evidencias, actúa contra ellas, se burla de la realidad y niega el sentido común. Para el fanático la realidad y el presente son pura ficción pues la verdad anida en su ideología y en el futuro luminoso que algún día habrá de construirse. Son las trampas de la fe y nosotros habremos de ser sus aguafiestas.