Ecuador. domingo 19 de noviembre de 2017
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De logofobias y homofobias

Steven Adrián Neira
Guayaquil, Ecuador

De cuando en cuando me engancho en discusiones por Twitter.

Y aunque la palabra (“discusión”) ha merecido en nuestro siglo una connotación sumamente negativa, no siento el más mínimo remordimiento de utilizarla, porque quien tiene un poco de memoria histórica, sabrá que los grandes principios morales, las leyes de la ciencia y cualquier orden establecido, han sido el fruto de una larga e intensa discusión, entendida ésta, como la contraposición de argumentos, es decir, de premisas lógicas con fundamento racional. Hago esta introducción pesada y académica tan sólo para señalar lo frustrante y desalentador que ha sido – y seguirá siendo, desgraciadamente – el nivel argumentativo que manejan quienes defienden posturas ideológicas, en este caso, la del afamado género.

El hombre-masa


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Casualmente leía a un gran filósofo español del s. XX, José Ortega y Gasset, y me topé con un párrafo interesante que parecía describir al punto lo que experimento, así que lo transcribo íntegro, no se priven de leerlo detenidamente:

“Triunfa hoy sobre el área continental una forma de homogeneidad que amenaza consumir por completo aquel tesoro. Dondequiera ha surgido el hombre-masa de que este volumen se ocupa, un tipo de hombre hecho de prisa, montado nada más que sobre unas cuantas y pobres abstracciones y que, por lo mismo, es idéntico de un cabo de Europa a otro. A él se debe el triste aspecto de asfixiante monotonía que va tomando la vida en todo el continente. Este hombre-masa ese el hombre previamente vaciado de su propia historia, sin entrañas de pasado y, por lo mismo, dócil a todas las disciplinas llamadas “internacionales”. (…) carece de un “dentro”, de una intimidad suya, inexorable e inalienable, de un yo que no se pueda revocar. De aquí que esté siempre en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa. Tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones: es el hombre sin la nobleza que obliga – sine nobilitate – snob.”[1]

Aquí queda expuesta una realidad que era ya muy propia de la Europa de su tiempo, sin embargo, ha terminado de proyectarse al resto de Occidente, montado sobre unas cuantas y pobres abstracciones, apunta a la decadente capacidad de juicio y crítica ante ideologías o argumentaciones falaces, en donde se asume cualquier abstracción como consecuente con la realidad, cuando el único criterio de veracidad es subjetivo, luego, este “hombre-masa” es idéntico de un cabo del mundo a otro, en cuanto tienen a groso modo las mismas posturas y las mismas actitudes ambivalentes ante una realidad que exige definición. Idólatras de la opinión, temerosos de la certeza y enemigos de la verdad, en otras palabras: progresistas.

Ante la “logofobia”

Pues que, si estamos en la época en que todos podemos inventarnos términos, pues he aquí uno que me ha salido del horno: la logofobia. Dícese del miedo inenarrable a la razón. Porque resulta que, en pleno siglo XXI hemos caído de tal manera bajo una dictadura de las minorías, que no hay persona cuerda que pueda diferir de sus postulados dogmáticos. Que si no estoy de acuerdo con que exista el tal género como una construcción social que está desligada del sexo biológico, pues entonces automáticamente soy un homofóbico, intolerante, culpable de delito de odio y merezco la cárcel. Y es que esto no termina aquí, porque cuando pretendo argumentar con verdades científicas, automáticamente soy descalificado por el hecho de ser católico, porque afirmando una verdad biológica, estoy yéndome en contra del “dios Estado laico”.

No pretendo aquí esgrimir argumentos que desnuden las verdaderas intenciones de la ideología de género o de cualquier otra que esté en boga, tan sólo, evidenciar lo inútil que se está volviendo el intentar sostener una discusión de altura y con argumentos racionales a nivel de la opinión pública. A muchos parece dificultárseles el comprender que las leyes – por ejemplo – no tienen como fin la justificación de mis sentimientos o de mis apreciaciones subjetivas de la realidad, sino el bien común. Ya muy acertadamente lo decía Ortega y Gasset: tiene sólo apetitos, cree que tiene sólo derechos y no cree que tiene obligaciones. Para mí – repito – son sólo idólatras de la opinión, temerosos de la certeza y enemigos de la verdad. Los propulsores del mito del progreso. Es como en mi país, donde deberíamos estar orgullosos porque somos los primeros en reconocer los derechos de la naturaleza, de la Pachamama. Es progreso, dicen.

[1] ORTEGA Y GASSET, J., La rebelión de las masas, Ediciones Orbis, Barcelona, 1983, p. 17