Ecuador. domingo 19 de noviembre de 2017
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Contra las buenas formas

Antonio Villarruel
Quito, Ecuador

Ya todos saben que la semana pasada el Ecuador abrió las calles para sendas marchas de inquisidores.

Era difícil hablar con esa gente porque por lo general es difícil ponerse de acuerdo en cosas de fútbol y de religión y también de política. Hay escépticos que todavía trepidan ante Messi.


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Desde este lado, lo único que se les pedía a los inquisidores era que leyeran el proyecto de ley en trámite, un conservador borrador que insinúa la inminente diversidad sexual en el país y la vulnerabilidad de las mujeres en la sociedad del hachazo y quiño limpio. Como si no fuera un hecho que ser mujer, homosexual o madre soltera trae desde un inicio una desventaja. Vaya, es que cuando se nace mujer o indígena o lesbiana y se quiere hacer la vida en Ecuador es como cuando se apuesta al caballo de tres patas.

Los inquisidores no saben leer o leen mal. No estoy seguro cuál fue el detonante, pero se organizaron de forma expedita y llenaron, a mi pesar, las calles de las ciudades. No las llenaron; las atiborraron.

Y aquí es cuando sucede lo increíble. Los inquisidores se adueñan de un lenguaje irreal, en que se convencen que existe un complot para quitarles sus crucifijos y llevarles a sus hijos por la vereda de la promiscuidad. Sin haber la menor huella textual crean una ficción paranoica y se cierran como moluscos con una frase que convoca, pero que también, digámoslo nomás, es bastante perezosa: no-te-metas-con-mis-hijos.

Hay sacos de palabras para reconvenir a los inquisidores. Pero poco se ha dicho sobre la mejor estrategia de domesticación que ellos han manejado y que una parte biempensante de la izquierda se comió: la del consenso.

Abanderados del discurso de la marcha pacífica e ignorando que la violencia no solo brota de forma física sino también simbólica, y que la violencia simbólica es muchísimo más eficaz que la física porque no muestra los moretones, los inquisidores salieron a pedir que su intolerancia fuera respondida o amortiguada con pasividad y tono bajo, como si a alguien que segrega se le tuviera que responder con pasividad y tono bajo. Como si a alguien que calumnia se le tuviera que bajar la mirada. Hay un tinte inminentemente colonial, por supuesto. Pero también es una muy bien pensada forma de contención, un eficaz dispositivo de traslado de un problema político a un problema de formas.

Sería una excelente idea historizar los debates registrados a partir de la cruzada inquisitorial y comprobar una especie de higienización del debate, como si la ausencia de cierto lenguaje fuera la base de un acuerdo que es absolutamente imposible. Eso se llama estetización de la política: las formas como supremo deseo de diálogo, cuando las ideas faltan o, más triste, cuando se sabe que la batalla está perdida. Sí, eso quieren: la política como un comedor de señoritos que saben usar sus cubiertos cuando es bien debido y oportuno. Total, que lo que se discute es lo de menos. En este campo el intelectual es el aburrido, el protestón es el sedicioso y el que no usa los cubiertos es el cholo.

Pues bien, tal vez sea hora de ser el aburrido sedicioso protestón. Y sacar a la luz que, al contrario de lo que proponen esas falsas buenas formas, hay bastante más que conseguir.