Ecuador. miércoles 22 de noviembre de 2017
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Parece cuento, pero no es

Juan Carlos Díaz Granados Martínez
Guayaquil, Ecuador

La noche del 17 de octubre me avisaron que tenía que asistir a una reunión en Quito al mediodía del día siguiente.

Revisé en internet las opciones que ofrecían las aerolíneas, pero no había disponibilidad para el vuelo de ida.


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Reservé el regreso con una aerolínea y decidí ir temprano al aeropuerto José Joaquín de Olmedo. Llegué poco antes de las siete de la mañana del 18 de octubre para intentar embarcarme en caso de que falte algún pasajero con reserva. Pensé que lo peor que podía suceder era que no haya espacio en el avión.

TAME ofrecía un vuelo que me permitía llegar a la hora de la reunión. Me acerqué al mostrador de ventas de la aerolínea y me ofrecieron un asiento disponible. ¿Cuál es el precio de ese pasaje? Doscientos nueve dólares. “¡Qué caro!” pensé. Era solamente de ida, pero tenía que irme a la capital a una reunión con un funcionario público importante. Suspirando por lo costoso que me pareció, pedí que lo reserven y lo carguen a mi tarjeta de crédito.

El mostrador de ventas de pasajes está ubicado a menos de veinticinco metros del escritorio donde se chequeaban a los pasajeros. No había fila cuando llegué. Le di el número de reserva que acaba de realizar al funcionario de TAME. Me informó que no tenía. Respondí que era imposible, que acababa de hacerla y pagarla. Negó con la cabeza. “No hay reserva” repitió. “¿Qué hago?” pregunté. “Dos opciones: pida la devolución de su dinero o espere para ver si se libera un espacio”.

Decidí aguardar. Me quedé conversando con unos periodistas y el tiempo pasó rápido.

El señor del counter me miró y pidió que siga esperando. Mantenía mi optimismo. Me llamó casi en el momento de despegue del vuelo porque dijo que tenía un cupo libre. Me chequeó y pasé a los filtros de seguridad.

Cuando llegué a la puerta de embarque, otro funcionario de TAME me recibió declarando que el vuelo estaba cerrado. Que era mi culpa no poder viajar por haberme demorado. Refuté desconcertado. No perdí tiempo. Había cruzado los filtros de seguridad tan pronto me chequearon en el mostrador exterior. Era responsabilidad de quien me chequeó en la aerolínea decirle a los que atendían la puerta de embarque que iba en camino o determinar que era imposible que llegue y ayudarme a conseguir el reembolso del pasaje.

Ya pensando en película “La Terminal” protagonizada por Tom Hanks, pregunté por segunda ocasión en la mañana: “¿Qué hago?”. “Espere para ver si hay otro cupo en el siguiente vuelo a Quito”. Conservé el optimismo y esperé. Después de todo, ya estaba en la sala de embarque.

Cuando las personas del siguiente vuelo subieron al avión, me acerqué a la puerta de embarque, junto con un señor al que le habían hecho lo mismo que a mí. Otra funcionaria de TAME nos comentó que solamente había un cupo para abordar. Ambos pasajeros expusimos nuestros motivos para viajar a la capital. Acordamos que eran igualmente importantes. Decidimos sortear un número que la empleada pensó. Perdí y no me fui.

Nunca me había ocurrido algo similar. Pregunté cómo salir de la sala de embarque. Me instruyeron y partí a pedir el reembolso. Me atendió la misma señorita que me vendió el pasaje. Le pregunté por qué no había hecho mi reserva y confirmó que sí la había realizado. Que lo que ocurrió fue que a última hora llegaron unos funcionarios de TAME y el joven que estaba en el mostrador de registro decidió anular mi reserva para que vuelen ellos.

Le solicité a la señorita que por favor tramite el reembolso del pasaje en mi tarjeta de crédito. Me informó que no podía hacerlo allí, sino que lo tenía que gestionar en las oficinas de TAME fuera del aeropuerto y que me aplicarían una multa. Sugirió que era mejor que use el pasaje en otra ocasión y no exija el reembolso. Sonreí pensando en la posibilidad de repetir una experiencia similar a la que acababa de vivir. Me negué.

Hasta hoy, no recibo la nota de crédito en mi tarjeta de crédito por el pasaje que compré el 18 de octubre. Me dicen que se van a demorar por la difícil situación económica que atraviesa la aerolínea y que ningún contribuyente conoce con exactitud.

Esta narración muestra a una aerolínea que no tiene control sobre las malas decisiones que toman algunos de sus empleados. Una compañía aérea que viene arrastrando décadas de problemas financieros por administraciones alegres. Este artículo no es un reclamo por mi caso. Es una prueba de cómo nuestros impuestos se pierden volando.

El Estado no puede seguir jugando a ser empresario con recursos públicos, para después pedirle a la sociedad civil que pague incrementos de impuestos para solventar estas negligencias. Apaguemos la luz de TAME y de todas las empresas públicas que agravan el déficit fiscal sin competir con un servicio de calidad que atraiga a los usuarios. Concentrémonos en cosas productivas.