Ecuador. viernes 24 de noviembre de 2017
  • Seguir en Facebook
  • Seguir en Twitter
  • Seguir en Google+
  • Seguir en YouTube
  • Seguir en Instagram
  • Seguir en LinkedIn

No es la globalización. Es la actitud

Alberto J. Bernal-León
Bogotá, Colombia

Una reciente edición de The Economist presentó un editorial muy interesante sobre los costos de la globalización.

O bueno, sobre los escasos perdedores de la globalización, porque seamos claros, la evidencia muestra que la globalización ha sido excelente para la humanidad, si se analiza en el agregado. El punto del editorial del semanario era que ya no era posible seguir ignorando las disparidades regionales dentro de los países, porque si esas disparidades se incrementaban más, se iba a arriesgar que algo peor al fenómeno Trump se viniera en el futuro.


Publicidad

Steve Bannon, la “brújula ideológica” del presidente Trump decía hace unos días en una entrevista con Bloomberg que ya era hora de que la “periferia” se le enfrentara a la “élite”. Paradójicamente los comentarios que presenta Bannon, tipo de derecha, son muy similares al discurso chavista. Es un discurso plagado de envidia y de molestia por la desigualdad. ¿Quién es la elite de EE.UU., según Bannon? La elite de EE.UU. es el sector financiero, y los trabajadores y los dueños de Facebook y Google. En la opinión de Bannon, la gente de Mississippi está en una situación precaria por culpa de los “globalistas”, por culpa de la “élite” de EE.UU.

Scranton, en Pennsylvania, es un ejemplo de ciudad donde la población votó en masa por Trump. ¿Por qué votó esta ciudad por Trump? Porque es una ciudad que ha visto una tremenda desindustrialización. Scranton era una ciudad que tenía una industria de acero, carbón, y producción de botones (para ropa) muy fuerte. Pero hoy en día Scranton es una ciudad en decadencia donde viven apenas unas 500.000 personas.

Por otro lado, están las historias de éxito, como la de Greenville, Carolina del Sur. Greenville fue una potencia textil hasta hace un par de décadas, cuando la industria textil de Asia emergente destruyó la industria textil de EE.UU. Greenville no es como Scranton, sin embargo. A principios de la década de los 90 Greenville decidió concederle a BMW el arriendo de cuatro kilómetros cuadrados de tierra por solo US$1 al año, además de comprometerse a cobrar impuestos bajísimos y a que las universidades de la región se dedicaran a crear programas de capacitación específicos a las necesidades de BMW. Veinticinco años más tarde, la fábrica de BMW en Greenville es la más grande del mundo y genera decenas de miles de empleos. Pero eso no es lo relevante. Cientos de empresas productoras de autopartes se han mudado a Carolina del Sur para convertirse en proveedores de BMW.

Pero lo más optimista de toda esta historia es que esos BMW que ensamblan en Carolina del Sur contienen autopartes producidas en México. Y los Ford Focus que se ensamblan en el norte de México contienen autopartes producidas en Carolina. La interacción de Carolina del Sur con San Luis Potosí en México es la foto mayor del bienestar que ha traído la globalización. Hace dos semanas regresé a mi cuarto de hotel en Londres después de dar una charla sobre Argentina y me puse a ver ElFinanciero.tv, para enterarme de cómo iban las negociaciones del Nafta. En esas entrevistaron al presidente de la asociación de frutales de México, quien entre incredulidad y tristeza contaba que ahora EE.UU. quería restringir la entrada de mangos dependiendo de la estación del año en que estuviéramos. El país creador de Disney World pidiendo restringir la entrada de mangos al país. Ya no se sabe si reír o llorar. (O)

El artículo de Alberto J. Bernal-León ha sido publicado originalmente en el portal La República, de Colombia.