Ecuador. martes 12 de diciembre de 2017
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Con disciplina y valentía, charros mexicanos buscan preservar sus tradiciones

Guadalajara (México), 14 sep (EFE).- La valentía, la disciplina y la tradición son los pilares que mantienen viva a la charrería en México, el deporte nacional que hoy celebra su día y que subsiste gracias al interés de las nuevas generaciones.


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Decenas de agrupaciones festejan hoy el Día del Charro con coloridos desfiles a caballo y competencias, animadas por la alegre música del mariachi, una prueba de que la forma de vida y la filosofía de esta figura sigue vigente.

Atrás quedaron las imágenes en blanco y negro que el cine mexicano de los años 40 y 50 del siglo XX dibujaban como borrachos, mujeriegos, alegres y apostadores. Hoy, en el siglo XXI, los charros son personas con oficios y profesiones comunes, a los que los une la pasión por los caballos y lo mexicano.

A las más de 1.200 asociaciones de charrería pertenecen desde funcionarios de gobierno, profesionales o ganaderos, hasta estudiantes y niños, dijo a EFE Javier Sánchez, líder de la sociedad de charros más antigua del país, con sede en el occidental estado mexicano de Jalisco.

“En todos los círculos sociales en México hay gente que es charro, pero llegar a un lienzo (rodeo) es olvidarse de lo que son afuera, aquí todos convivimos y somos iguales”, afirma este hombre de 64 años, miembro de una familia que, desde 1920, se dedica a esta actividad.

La charrería es parte de la identidad mexicana desde hace más de un siglo. Surgió de la labor de crianza del ganado que los peones realizaban en las antiguas haciendas mexicanas; después se convirtió en un pasatiempo conocido como “jaripeo” en el que los vaqueros montaban y trataban de dominar a los caballos.

Con el tiempo, se adoptaron reglas y nuevas “suertes” o faenas con sogas que le dieron el titulo de deporte nacional, el cual se desarrolla en un lienzo o rodeo, en medio de un ambiente de fiesta.

La charrería es también una forma de vida que persiste no sólo en México, sino en Estados Unidos, gracias a la emigración. Aproximadamente son unas 2.000 personas las que se dedican a este deporte en ambos países, según Sánchez.
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Sea cual sea la profesión que tengan, el orgullo charro “se lleva en la sangre” y en lo que hacen todos los días, dijeron a Efe varios jóvenes, mientras se preparan para las competencias de hoy en el lienzo de los Charros de Jalisco.

Entrenarse para dominar alguna de las 10 suertes de la charrería requiere mucho tiempo, disciplina y concentración, de lo contrario se corre el riesgo de perder una mano, un dedo o de lesionarse de forma severa. Hay que luchar siempre contra el animal, que es como la otra mitad del charro.

Para ser charro hay que ser valiente, arriesgado, pero también educado y gallardo “no cualquiera puede serlo, es un estilo de vida”, dice Jesús López, un empresario que acude con frecuencia a las charreadas, como se le conoce a las fiestas donde se desarrolla este deporte.

El secreto para lograr esa gallardía es la indumentaria, en la que hay que invertir miles de pesos. El traje para las faenas más sencillas consiste en un sombrero de ala ancha, camisa bordada, un moño, pantalón de gamuza y accesorios como las espuelas y las chaparreras para proteger el pantalón.

A la charrería se llega por pasión, pero también por tradición. Es un gusto que se lleva en la sangre, heredada de los padres, los tíos o los abuelos y que se fomenta desde la infancia.

Alejandro Leonel tiene siete años y ha sido campeón en “piales”, una faena que consiste en amarrar los pies de una yegua cuando ésta corre por el rodeo, con la finalidad de detenerla.

Mientras juega con la soga, Alejandro cuenta que entrena todas las tardes en el rancho de su familia, dedicada a competir en las “charreadas”. También practica con su caballo preferido el “Sabino”, al que aprendió a montar sin miedo, siguiendo el dicho charro que reza: “el que manda es el de arriba”.

“No hay que tenerles miedo porque luego te avientan una mordida, te patean o te tumban”, afirma el niño y luego se quita su sombrero para enseñar la cicatriz en la frente que le dejó el golpe de “una yegua muy bruta”.

Tiene claro que cuando crezca quiere ser charro “para ganar sillas de montar, caballos y autos”. Por ahora guarda su deseo en secreto, así evita que sus amigos del colegio se burlen de él por dedicar parte de su vida a este deporte.

Es en las nuevas generaciones en quienes los viejos charros apuestan para que esta centenaria tradición no se pierda.

“Lo van a seguir enseñando los padres a los hijos y a los nietos, eso es lo que va a conservar la cultura y la identidad charra por mucho tiempo”, concluye Javier Sánchez. EFE