Ecuador. domingo 17 de diciembre de 2017
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Ralph Lauren: Marcharse antes de estar pasado de moda

NUEVA YORK (NY, EE.UU.), 29/09/2015.- Fotografía de archivo del 17 de septiembre de 2015 del diseñador estadounidense de moda Ralph Lauren durante la Semana de la Moda de Nueva York (EE.UU.). El legendario diseñador neoyorquino dejará su cargo de director general en la empresa de moda que fundó hace casi medio siglo, aunque permanecerá como director creativo, informó la compañía en un comunicado. A partir de noviembre, el puesto será ocupado por Stefan Larsson, presidente global de Old Navy, la cadena de bajo precio de Gap. EFE/PETER FOLEY

Madrid, (EFE).- Como hizo Dona Karan este año, o hace una década el mítico Yves Saint Laurent, Ralph Lauren da un paso atrás y deja el timón de la empresa que fundó, un movimiento que parece ilógico en el ególatra ecosistema de la moda, pero que refleja la dinámica de un sector entregado al cambio como ningún otro.


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Con esta marcha, la pasarela de Nueva York, de ADN pragmático y alma empresarial, ha perdido en los últimos doce meses a tres de sus más insignes representantes. Junto con Lauren, Dona Karan dijo adiós en julio, y hace un año, Oscar de la Renta dejó organizada su sucesión unas semanas antes de morir.

Lejos del drama, este tipo de cambios se consideran parte del ciclo vital de la moda, el manido “renovarse o morir”, que dice el refrán.

El propio Lauren, de 75 años -seguirá ejerciendo como director creativo-, dijo en una entrevista con el Wall Street Journal que la compañía “debe cambiar”.

El elegido es, como no, mucho más joven, Stefan Larsson, presidente de Old Navy (41 años), artífice de que esta marca -la cadena de bajo precio de Gap- haya subido sus ventas como la espuma.

Además de seguir reinventando el estilo folk estadounidense, el imperio del legendario diseñador necesita con urgencia una fórmula mágica que le ayude a paliar la caída en picado de su cotización en bolsa, un 44 % el último año.

Este pragmatismo, tan estadounidense, escasea al otro lado de la del océano. París, la capital de la moda, ha visto como sus más insignes diseñadores se despidieron con el cambio de siglo, pero trataron de aferrarse a la pasarela con uñas y dientes en un proceso más parecido a una tragedia griega, que a las comedias románticas americanas de final feliz de Lauren o Karan.

Entre los más sonados, la marcha de Yves Saint Laurent, que aceptó la compra en 1999 por parte del Grupo Gucci y se retiró definitivamente en 2002, pero hizo la vida imposible a su sucesor, Tom Ford, al que escribía cartas lapidarías con lindezas del tipo “en 13 minutos de desfile has destrozado sobre la pasarela 40 años de carrera”.

No se acordaba de su juventud, cuando era un joven tímido y atormentando, desbordante de talento, que sucedió a Christian Dior al frente de su firma y fue despedido por osar sustituir la delicada belleza del fundador por prendas inspiradas en la “Generación Beat”.

Tras algunas colecciones que gustaron a crítica y público, Ford -que había sido el artífice del relanzamiento de Gucci- abandonó la casa francesa tan abatido, que dejaba abierto su futuro y no sabía si volvería al mundo de la moda.

Hasta la llegada de Slimane, la casa francesa YSL pasó por distintas manos con escasa o ninguna fortuna. La primera opción fue Alessandra Facchinetti, que fracasó con estrépito en su intento, y que posteriormente sería la elegida para revivir otro legado, el de la casa Valentino.

El diseñador que no necesita apellido, Valentino, también se despidió en 2007, como el último de una estirpe -prueba de ellos su cabellera y su eterno moreno- y tras 45 años dándole a la aguja.

Si las desavenencias Ford-Saint Laurent quedaron ocultas en cartas privadas, la despedida de la joven diseñadora se comunicó a la prensa antes que a ella y tras solo dos colecciones, el propio Valentino lo atribuyó a que la italiana había osado “transformar” y “revolucionar” su estilo, lo cual era un “fracaso” de partida.

Este capítulo, que críticos como Hadley Freeman definieron como “Sangre en la pasarela”, ha tenido réplicas de distinta magnitud en otras firmas decanas, como la sucesión de John Galliano al frente de Givenchy.

Y es que, si los creadores estadounidenses han asumido de partida que la moda es un negocio de compra y venta, los europeos siempre lo han concebido como una obra de arte, una expresión artística, elevado por encima del común de los mortales.

El propio Saint Laurent se mostraba decepcionado por el giro que estaba experimentando la pasarela, donde los números pesaban más que la mezcla de arte, emoción y energía que él imprimía a su obra.

“Las prendas más bellas que una mujer puede vestir, son los brazos del hombre que ama -dijo en una ocasión-. Yo estoy aquí para aquellas que no han tenido tanta suerte”. EFE

(I)