Ecuador, lunes 23 de abril de 2018

Venceréis, pero no convenceréis

Ricardo Noboa Bejarano
Guayaquil, Ecuador

“Muera la inteligencia. ¡Viva la muerte!” fue lo único que le faltó gritar a Carlos Ochoa en su desubicada intervención en la Asamblea Nacional el día de su juicio político.

Cometiendo el irrespeto de tomar “prestada” de don Miguel de Unamuno la célebre frase pronunciada por el Rector de la Universidad de Salamanca aquel Día de la Raza de 1936 en que se enfrentó a los partidarios de Franco liderados por el General Millán Astray, Ochoa atribuyó a la fuerza de los votos y no de la razón su destitución como titular de la Supercom.


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“Venceréis pero no convenceréis” nos cuenta Antony Beevor en su magnifico libro “La Guerra Civil Española” que Unamuno habría dicho. “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha.” Que palabras tan apropiadas, pero no a favor de Ochoa sino en su contra, pues justamente eso hizo la Supercom en todos los expedientes abiertos contra periodistas, medios de comunicación y ciudadanos en general.

Convertida en juez y parte, la Superintendencia a través de su Superintendente vencía en todos los expedientes que abría. Pero no convencía. Y, por supuesto, a nadie persuadía. ¿Por qué? Pues porque, como decía Unamuno, le faltaba “razón y derecho en la lucha”. Razón porque sus juicios y resoluciones venían impuestos desde arriba, ordenados, “prevaricados”, condenando antes de juzgar, pues las audiencias eran meros sainetes. Razón porque los veredictos dependían de la bilis del gobernante y de su mano ejecutora. Derecho porque manipuló la ley y alteró su contenido. Derecho porque interpretaba el texto a su real gana. Derecho porque imponía sanciones draconianas luego de escucharse a si mismo en sus alegatos acusatorios.

No, es todo lo contrario. El fue quien venció sin convencer a lo largo de estos años en esos procedimientos trucados ante el aplauso del claqué que rodeaba al gobernante. Resulta una paradoja, en las cuales Unamuno era experto, que Ochoa pretenda explicar, en la fuerza de los votos, su destitución. Esta responde a un clamor nacional ante el abuso, la mordaza y las reiteradas violaciones a la libertad de expresión.

El Ecuador ha respirado con alivio luego de esta destitución. ¿Compararse con Unamuno? No. Ochoa esta lejos de Unamuno y cerca de Michelotto, el “Condottiero” de Cesar Borgia. Y, por supuesto, cerca de aquel grito de Millán Astray: “Muera la inteligencia. ¡Viva la muerte!” Aquella inteligencia que trataron de acallar, de impedirle pensar, de impedirle expresarse libremente. Aquella inteligencia con la cual la prensa investigaba y nos planteaba interrogantes. Aquella inteligencia con la que todos los periodistas perseguidos lucharon para tratar de vencer la tiranía.

Eso fue lo que quisieron matar a través de esa moderna Gestapo que presidió el ex Superintendente y de la aplicación de la Ley de Comunicación, diseñada para reprimir. Felizmente el grito necrófilo de Millán Astray no tuvo eco en el mundo civilizado. Así como no tendrán eco alguno ante la historia las resoluciones de la Supercom que trataron de amordazar la libertad de la prensa y de opinión de los ciudadanos ecuatorianos.