Dios no escoge a los preparados

María Rosa Jurado.

En el colegio me encantaban todas las ciencias sociales, pero tenía problemas con las exactas. Por eso estudié Derecho, por no ver jamás las matemáticas y porque me fascinó el hecho de que yo podía tener una opinión distinta incluso de la de mi profesor, si la sustentaba de manera correcta. Trabajé como abogada muchos años y también, a partir de 1997 empecé a escribir free-lance para revistas y periódicos, de modo que el periodismo constituyó para mí un hobbie que me encantaba.

Pero quiso el destino, que en el 2011 mi esposo decidiera fundar un portal web de información general. Él no era ningún jovencito ni sabía nada de tecnología, pero su experiencia de muchos años de periodista le hacía considerar que eran tiempos de buscar otras trincheras para poder seguir ejerciendo la profesión, y que el mensaje periodístico es siempre el mismo, sea cuál fuere el medio por el cual se lo transmite. La idea era tan loca y descabellada como la mayoría de sus ideas, (las cuales, sorprendentemente, suelen resultar bien), y vista la situación, pues, no cabía  más que apoyarlo. Así nació La República.

La tranquilidad de mis días de abogada se vio interrumpida por los sinsabores de la administración de una pequeña empresa periodística. Y no eran, precisamente los mejores tiempos para el periodismo. En la década perdida, que todos anhelamos olvidar y pasar la página cuanto antes, los periodistas, que antes eran considerados unos señores respetables, a quienes las personas buscaban para felicitarlos, comentar sus artículos o tomarse fotos con ellos, se tornaron en unos sujetos perversos a los que se los podía insultar, difamar en las redes sociales por medio de “trolls centers”, o de cualquier acomedido que se sintiera gallito. O hasta golpear en las calles, a vista y paciencia de medio mundo.

Era tal el lavado colectivo de cerebro en esos tiempos, que los que querían  decir lo que pasaba, los que se atrevían a opinar en contra del régimen, sufrían represalias. La mayoría fueron despedidos de sus empleos por la presión del régimen. Algunos periodistas fueron enjuiciados de la manera más inicua, como es el caso del pseudo juicio que sufrió un diario tan respetable y serio como El Universo, donde sus dueños se vieron envueltos en un sainete en el que el mismo Presidente de la República acudió a la corte a amedrentar a los jueces y los rodeó con la policía, como si fueran delincuentes peligrosos.

Dolía el corazón ver llegar heridos, atacados a botellazos,  a los reporteros que cubrían las marchas de protestas contra el régimen. Cada vez que transmitíamos una marcha de protesta contra el gobierno nos tumbaban la página web, era como si no se quisiera que la gente se enterara que existía descontento. Nos decían los administradores de nuestro servidor que los ataques eran realizados desde tres partes de Estados Unidos y que eran muy poderosos.

Fueron tantos los atropellos, las persecuciones, las infamias, las injusticias perpetradas, que no se avanza ni a contarlas. Cuántas tribulaciones pasamos, pero la estirpe de Eugenio Espejo estuvo presente en la mayoría de nuestros periodistas y aunque golpeados y mermados,  resistimos. Carlos Jijón lo había dicho en un discurso que dio cuando cumplió 25 años de periodista. “Cuando todo esto termine, nosotros seguiremos siendo periodistas”.

El periodismo es la profesión más peligrosa del mundo. Los periodistas (como los de El Comercio) son unos hombres que insisten en llegar a un lugar del que todo el mundo está huyendo. Si hay una virtud que distingue al verdadero periodista es el valor. La pasión por contar la noticia no tiene freno que la detenga.

La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) denunció el año pasado que “se ha consolidado” en el continente americano “un patrón de agresiones” contra el periodismo que proviene tanto del crimen organizado como de los Gobiernos. “La violencia en contra de los periodistas y los medios, la proliferación de leyes y proyectos que intentan controlar la actividad periodística, unidos a las presiones de parte de las autoridades y a la falta de acceso a las informaciones oficiales” son, según la SIP, los principales obstáculos a la libertad de prensa.

Como dije antes, no soy periodista, ni mucho menos ingeniera comercial. Le tengo terror a las multitudes, a las armas, a las bombas… soy lo más alejado posible de Lara Croft. En estos tiempos aciagos, lo que más he querido ha sido que me raptaran los  extraterrestres y me llevaran a Ganímedes, o a cualquier lejana galaxia.

Hasta que  caigo en cuenta de que en junio nuestro portal cumple siete años y que aquí estamos. Y he aprendido un par de cosas, como que hay que disminuir el gasto corriente (que ya me lo dijo mi amigo Miguel desde el primer día, gran consejo), que hay que diversificar las fuentes de ingresos, y que el principal talento de un gerente es ser un buen relacionista público, lo que sí se me da muy bien, como a toda hija menor .

Tampoco es que me va a llamar Jeff Bezzos a rogarme que administre Amazon, pero sobreviví a la era del terror verde, y “hasta aquí voy bien”, como dijo el optimista.

Hace unos días, mi amiga Isabel dijo algo que yo nunca había oído y que me dejó pensando: “Dios no escoge a los preparados, prepara a los escogidos” y fue como si se hiciera la luz en mi mente y en mi alma. “Ahhh”, dije yo, “Eso era. Todo ese tiempo que yo quería salir corriendo me estuviste preparando para la misión que me diste”.

Conozco lo suficiente de la Biblia para que saber que el Señor siempre escoge instrumentos pequeños y débiles para que se note  que la obra es de Él. “Mi gracia actúa mejor donde hay debilidad”, dice.

Hoy, doy testimonio de que toda la incertidumbre que pasamos robusteció nuestra fe, que fuimos sostenidos únicamente por la gracia de Dios, quien cuidó perfectamente de nosotros y nos condujo, atrajo las circunstancias y  las personas perfectas y nos proveyó en todo momento.

Miro al futuro con confianza y agradezco lo vivido, creo que soy una persona mejor y más consciente de lo que era, y sobre todas las cosas, afirmo que nada, ni en la tierra, ni en el cielo, ni en el infierno puede separarme del amor de Dios, en Cristo nuestro Señor. Amén.

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