Corrupción imperialista

Danilo Arbilla
Montevideo, Uruguay

En estos días, en estas horas y en este continente hoy, se hace imposible eludir a Brasil; tan grande y tan allegado.

Todo hace pensar que la suerte de Lula está sellada: no podrá ser candidato, porque está preso y sentenciado, y su foto y su nombre no pueden aparecer ni en las figuritas. Pero Lula todavía colea; colea y patalea: ante la Suprema Corte de su país y hasta ante las propias Naciones Unidas.

Seguramente, pienso que la de la Suprema será la última chance, no parece que pueda hacer nada la ONU, la que hace mucho tiempo ha perdido seriedad, en particular en estas materias que tienen que ver con los derechos humanos y los derechos ciudadanos.

De un momento para otro se va a resolver y se sabrá si en Brasil los ladrones de gallinas van presos y los grandes corruptos también, o si estos últimos son designados en un ministerio (o son candidatos a la presidencia de la República, que para el caso es lo mismo), como decía Lula cuando era dirigentes sindical.

El tema da lugar a tantos enfoques, que muchos parecen validos pero que no tienen nada que ver.

Por ejemplo, comparar lo de Brasil con lo de Argentina –en materia de corrupción, se entiende–, o la situación por la que atraviesa Lula y la de Cristina Fernández de Kirchner (CFK). A aquel por un dúplex en la playa, no del otro mundo por otra parte, que no está ni a su nombre, le dan 12 años y un mes de cárcel.

Los Kirchner se supone que se “levantaron” por comisiones por lo menos unos 9.000 millones de dólares, pero no se descarta que la cifra pueda trepar a los 147.000 millones. “Ma che” un dúplex, el Palacio de Versailles o el Empire State.

A CFK, hoy senadora y con fueros, se le siguen unos siete juicios que van de traición a la patria hasta por ser la jefa máxima de una desbordante sociedad ilícita para delinquir. Y ahí está ella, no le habla al juez, lo agravia, para ella no hay desacato que valga, va cuando quiere a declarar, le anuncian con tiempo los allanamientos y además hasta se permite establecer cómo deben ser estos. Por donde entrar y por donde salir, que tocar y que no tocar. Libre y tan campante y, además, como Lula, bien colocada en las encuestas.

Lo de Brasil es diferente. Parece más serio. No es que lo sea, ni menos temible; son corrupciones diferentes.

La de Argentina es una corrupción nacionalista, muy peronista, de entre casa; por más que algún dinerillo salga al exterior, en la era Kirchner se estila guardarlo en bolsas, maletas, bóvedas, hasta en conventos. Los entierran a los billetes (algo así como lo que pasaba con algunos narcos).

Además, los empresarios “arrepentidos” cantan pero, en principio y en dinero, devuelven poco. Sin embargo, no hay una metástasis “off shore”.

En Brasil, en cambio, es una corrupción que trasciende fronteras. Por supuesto que la hay de entre casa –y cómo–, pero es una corrupción imperialista. Qué menos, tratándose de Brasil. Odebrecht con Lula como “influencer”, como se dice ahora, salió a corromper al continente. Y consiguió mucho, como se ha probado.

Financiaron campañas, candidatos, y con éxito: más de uno consiguió la presidencia con asesores recomendados por Lula y con financiamiento extra también. Odebrecht, zar de la obra pública de norte a sur y en países con gobiernos de izquierda, derecha, progresistas, bolivarianos y hasta castristas. Eso sí, a diferencia de los argentinos, debieron arrepentirse, señalar gente y además devolver dinero, dentro de lo posible, pero bastante.

Lo dicho, es distinto pero no es que sea mejor; el mismo Lula, aparentemente no se metió ningún billete en el bolsillo.

Vivía en una casa “prestada” –que no le generaba ningún gasto–, y se dedicaba a viajar de arriba para abajo, con buenos trajes y buen pasar y siempre alguien lo financiaba. Algo parecido a lo de Fidel Castro, que no tenía casa propia ni sueldo, pero era dueño de una isla entera, y hasta considerado por Forbes uno de los hombres más ricos del mundo. Quizás Lula no tenga tanta suerte.

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