Mentir

Edwin Ortega
Guayaquil, Ecuador

Según el Diccionario de la Lengua Española mentir es: decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, cree o piensa.

A veces en el día a día mentimos, que las mentiras sean grandes o pequeñas, motivadas o no, pero mentimos. La acepción a la que se refiere este concepto es genérica y abarca al acto y a lo estético más no a lo ético. Ergo, valdría la pena agregar “… decir o manifestar y actuar lo contrario y distinto a lo que se sabe, cree o piensa y se debe hacer”. Entrar en materia de la dialéctica del pensamiento es primordial para lograr, al menos, encarar a la mentira con la mejor de las armas, la verdad. Y para ello, el hecho de mentir implica un acto que si está eslabonado a otros, el daño colateral, directo o indirecto, es mayor.

La política, o lo que conocemos como el acto de hacer política se torna en un imperante con el fin de que hagamos apología de la verdad, pues al ser la política el acto de servir a los demás, es impensable que queramos dañar a más de uno en el ejercicio público. Lo propio, en el campo social, privado y militar en donde interactuamos unos con otros, anhelando que la verdad, más que como concepto, brille, como virtud y verbo.

Este entramado de la mentira, en la sociedad que vivimos, ha representado una mala práctica que ha degenerado el sistema. Hemos creado preceptos y conceptos como los de diversidad de género, de culturización de derechos y de manejos en reserva de procesos judiciales. Por decirlo menos, en este respecto, el Ecuador está sumido en una profunda crisis, una crisis en que la forma de hacer política en los últimos años, ha infectado el torrente de valores y principios que otrora considerábamos inalienables.

Somos testigos de informes de Contraloría alterados, de peritajes mutilados, de fallos adulterados, de manejos dolosos de procesos y adquisiciones; de ascensos dentro del sistema militar y policial con informes meritocráticos de último momento desconcertantes. Esto conlleva a meditar en que se ha implementado una estructura para hacer apología al fraude, en donde la mentira adopta otros ribetes y quizá lo más grave de todo esto, es que unos se benefician y otros, que no son pocos, salen perjudicados.

!Anhelamos justicia! Es la frase que, socráticamente imprimimos en nuestro quehacer diario, más sin embargo, para muchos, que el fin justifique los medios, representa una utopía, y cual minutero de reloj, vuelve a marcarnos las doce en punto para mentir.

La pregunta que viene a mi mente y a la de ustedes queridos amigos es ¿qué hacer? frente a esta apología a la mentira que tiene a presos inocentes sin sentencia o con fallos fraudulentos, ciudadanos haciendo largas filas en busca de trabajo o soldados que sueñan en su sagrado juramento, hermanos que creen aún en el debido proceso y llevan años esperando justicia, personas que aún piensan que la verdad es el camino y han quebrado económicamente porque no lograron entender qué es la coima, qué es el “diezmo”, el cohecho o la “comisión”.

Simple: creer en la VERDAD. No la virtuosa de Platón sino la pragmática de Rousseau, aquella que nos permite convivir en sociedad, aquella que nos demanda de que respetemos para que nos respeten y que la trilogía, Estado, Nación y Pueblo deben estar en armonía para que podamos tener un desarrollo sostenible y sustentable.

Funcionarios públicos, está en sus manos que cada acto administrativo que legalicen sea apegado a derecho, que todas las fojas vayan foliadas en su totalidad; jueces, que sus fallos sean lo más justos posibles, basados en elementos de convicción y realidades que solo su preparación de operadores de justicia les permitirá obrar con dignidad; soldados y policías, que su labor sea abanderada por el honor y la dignidad enarbolando el orgullo de portar las armas y un uniforme; y compatriotas, en general, públicos o privados, que sumado a nuestras acciones, llevemos presente que todo lo que hagamos en beneficio o en detrimento de los demás, queramos o no, redundará en la vida de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos.

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