Bertolucci: el último emperador

Jesús Ruiz Nestosa
Salamanca, España

“Hay que dejarse llevar por la joie de vivre (la alegría de vivir) y dejar las puertas abiertas a la realidad”. Esta frase del cineasta francés Jean Renoir fue la filosofía de vida del realizador italiano Bernardo Bertolucci, que acaba de fallecer. Tenía 77 años y debido a problemas de salud desde hace algunos años vivía recluido en una silla de ruedas. Con él, desaparece el último gran director de toda una generación de realizadores como nunca la tuvo Italia; y no sería exagerado decir, el mundo de la cinematografía, sin imponer límites de ninguna clase.

Bertolucci fue poco conocido en nuestro medio, ya que algunas de sus grandes obras maestras tropezaron con la mojigata censura de la época de la dictadura. Su víctima: “El último tango en París”. O bien, por fundamentalismos políticos, como “Antes de la revolución”, o la monumental “Novecento“, una historia dividida en dos partes con una duración total de cinco horas y cuarto. Originalmente, fue concebida para que tuviera tres partes, pero no pudo realizar ya la tercera.

Sí conocimos obras menos comprometidas, como “El último emperador”, sobre la tortuosa vida de Pu Yi, el último emperador de la China. Paradoja de la industria cinematográfica: viendo la obra de Bertolucci en perspectiva, esta fue posiblemente la más superficial de todas sus películas y, sin embargo, fue la más premiada. Hollywood la distinguió con nueve premios Óscar. Y en otros festivales internacionales de cine logró un total de 48 premios y 16 nominaciones.

Dejando de lado el discutible mundo de los galardones, su legado se puede resumir en “Novecento” (1976), que se inicia el mismo día que murió el compositor de ópera Giuseppe Verdi, el 27 de enero de 1901 y recorre la vida política de Italia hasta llegar a nuestros días. Lo hace a través de dos personas que nacen el mismo día: Alfredo (Robert De Niro) y Olmo (Gerard Depardieu). El primero, hijo del dueño de la tierra; el segundo, hijo de quien la trabaja. Era la época en que Bertolucci todavía creía y defendía las ideas del Partido Comunista italiano, antes de que llegara la gran decepción. Causó tal impacto la película que Italia (y dicen que incluso España) se llenó de chicos que fueron llamados Olmo.

No hay que pensar por esto que fue un cineasta profundamente politizado, sino estaba inmerso en la aventura humana y era esta condición la que primaba sobre todo, incluso cuando hablaba de política como lo hizo en “El conformista, “en la que retrató a ese “hombre sin atributos” que era Trintignant absorbido por el fascismo al que no pudo oponerse por su falta de carácter. Aun en silla de ruedas, debilitado por la enfermedad, planeaba realizar una nueva película. Pero los plazos no se cumplieron y su historia se cerró el pasado lunes. Ante el sentimiento de tristeza motivado por su desaparición, nos queda el estímulo de una obra monumental que ha dejado detrás de sí.

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