Yo vi cómo comenzó la pesadilla

Ricardo Brown
Miami, Estados Unidos

Yo fui testigo de aquel día nefasto. Como reportero de CBS/TeleNoticias y Telemundo estuve en Caracas el 2 de febrero de 1999. Escuché a Chávez jurar sobre “esta Constitución moribunda.” Luego en ese mismo día estuve allí cuando Chávez entró por el portón del Palacio de Miraflores, empujado por una multitud delirante. Pensé que aquello era terrible.

Yo vi cómo comenzó la pesadilla. Ahora tengo la esperanza de que la pesadilla está a punto de terminar.

Yo conocía bien a Venezuela aquel 2 de febrero de 1999. Como reportero, había estado allí muchas veces. Me enamoré de Venezuela desde mi primer viaje al país en enero de 1985, cuando cubrí la visita del Papa Juan Pablo Segundo. Después, a lo largo de los años, entre otras coberturas, reporté sobre la contienda presidencial entre Carlos Andrés Pérez y Eduardo Fernández. Estuve en Venezuela en 1989 en la faraónica segunda toma de posesión de Pérez. Recuerdo ver como en el Caracas Hilton algunas bellas reporteras de la televisión venezolana aplaudían a Fidel Castro cuando el dictador cubano pasaba por el vestíbulo del hotel. Vitoreaban al tirano como si fuera un ídolo de la música o el cine.

Insólitamente, el dictador Castro, que llevaba años tratando de destruir la democracia venezolana, fue invitado de honor en aquella segunda toma de posesión del presidente Pérez. Y no escribo esto con rencor. Es que los seres humanos, los pueblos, los gobiernos se equivocan. Y a veces se pagan muy caros los errores históricos. Fueron muchos los cubanos que se equivocaron con Fidel Castro y luego tuvieron que lamentar ese error. Yo me imagino que muchas de aquellas jóvenes periodistas venezolanas que ni siquiera fingieron objetividad profesional cuando dieron rienda suelta a su júbilo al ver a un déspota llegaron a reconocer lo equivocadas que estaban.

Pocos días después de la toma de posesión del presidente Pérez me tocó cubrir el “Caracazo.” Me consternó la violencia desenfrenada de quienes se lanzaron a las calles a destruir, saquear e incendiar y de quienes les reprimieron brutalmente. Vi las lágrimas de pequeños comerciantes que no tenían nada que ver con las impopulares medidas económicas que había adoptado el gobierno y cuyos negocios, el trabajo y sacrificio de toda una vida, fue reducido a cenizas y escombros por una multitud enferma de odio. Por otra parte, los vecinos del 23 de enero me enseñaron los huecos de proyectiles en las paredes de sus casas, disparados por la Guardia Nacional. Fue horroroso el “Caracazo.” Recuerdo haberme encontrado con el periodista Roberto Fabricio de El Nuevo Herald en la morgue de Caracas, donde se amontonaban los cadáveres. Roberto me dijo que jamás se sabría exactamente cuanta gente murió en el “Caracazo.”

Mas adelante en el tiempo, estuve en Caracas al día después del fallido golpe de estado de Chávez en febrero de 1992. No se me olvida que parte de los planes de los golpistas era asesinar al presidente Pérez y su familia. En el Fuerte Tiuna, en una ceremonia para rendir tributo a los militares que murieron luchando contra los golpistas, hablé con el presidente Pérez y con el rival que había derrotado en las elecciones de 1988, Eduardo Fernández. El “Tigre” Fernández admirablemente denunció desde el primer momento la intentona golpista de Chávez. Por otra parte, me pareció infame el discurso del entonces senador y ex presidente Rafael Caldera, quien “explicando” las razones del descontento que había en Venezuela, francamente parecía justificar al golpista Chávez. Caldera, a quien entrevisté en varias ocasiones, era un hombre brillante. Pero se fue a su tumba con la mancha de aquel discurso y por que, cuando regresó a la presidencia, indultó a Chávez.

Me duele todo lo terrible que ha pasado en Venezuela desde la primera vez que pisé esa tierra generosa hace 34 años. Pero a la vez, recuerdo todo lo bueno que vi y sentí en Venezuela durante tantos años, sobre todo el calor humano, la simpatía, ese trato cariñoso especial de la gente venezolana. Yo adoraba Caracas. Me fascinaban sus edificios, sus restaurantes, sus librerías, sus discotecas, su teatros. Yo no dejaba de ir al Museo de Arte Contemporáneo de Caracas. Siempre quise conocer -y no pude- a Sofía Imber para darle las gracias por ese maravilloso museo. Me encantaba el Metro de Caracas, con su limpieza, su orden, sus obras de arte.

Me ponía contento cuando mis jefes en Univisión y Telemundo me enviaban a Venezuela. Solía hospedarme en el Caracas Hilton, donde por mucho tiempo hubo un portero que había vivido en Nueva York y me conocía de la televisión. Era un hombre muy alto y delgado que vestía el uniforme de portero como si fuera un general. Como casi todos los venezolanos y venezolanas, aquel hombre irradiaba una mezcla de dignidad natural con simpatía caribeña. Siempre nos recibía a mi y a mis compañeros del equipo de televisión con una amplia sonrisa y palabras cordiales.

Lamentablemente, no recuerdo su nombre. Soy malo para los nombres, pero nunca se me olvida la amabilidad, el cariño, el buen trato. A veces me pregunto que puede haber sido la vida de aquel portero durante estos últimos veinte años. Aquel hombre, que era muy inteligente y conversador y con quien yo hablaba mucho, me contó que le disgustó tener que abrirle la puerta del Caracas Hilton a Fidel Castro y a Daniel Ortega en los días de la segunda toma de posesión del presidente Carlos Andrés Pérez. Me dijo que no sabía que hacían esos déspotas allí en lo que se suponía era una fiesta de la democracia y que no entendía como había gente –entre ellos periodistas- que los vitoreaban. En otra ocasión, en mi ultimo viaje a Venezuela, aquel venezolano sencillo e inteligente me dijo que le parecía terrible que el golpista Chávez hubiera llegado al poder mediante unas elecciones. Aquel venezolano de pueblo nunca se equivocó, a diferencia de tanta gente ilustre que pensó que el 2 de febrero de 1999 se iniciaba una era de democracia y justicia social en Venezuela. Yo no sé que hizo se aquel portero del Caracas Hilton. Ojala me lo encuentre de nuevo algún día en una Venezuela libre.

Yo perdí la cuenta de las veces que viajé a Venezuela. Lamento que solo conocí Caracas, la Colonia Tovar y esa joya caribeña que se llama Cumaná. Pero tengo la convicción de que regresaré a Venezuela y que iré a Maracaibo, a Mérida, a Valencia, a Coro, a San Cristóbal.

Yo estoy convencido de que está terminando la noche negra y que viene la alborada de libertad para Venezuela.

Ya se ven los primeros rayos de luz.

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