AMLO y la incertidumbre

Carlos Alberto Montaner
Miami, Estados Unidos

México tiembla. Ocurre cada cierto tiempo. AMLO es el acrónimo de Andrés Manuel López Obrador, su presidente. La palabra que mejor describe cuanto ahí sucede es “incertidumbre”. No se sabe lo que puede pasar. Cuando las sociedades están en esa situación generalmente ocurre lo peor. El pronóstico turbio paraliza las inversiones e influye en el desenlace negativo. Los mexicanos eligieron abrumadoramente a un personaje peculiar y ahí tienen las consecuencias.

La Bolsa y el peso han caído. Carlos Urzúa, un notable economista, moderado y razonable, renunció al gabinete de AMLO y se inició el incendio. Fue, hasta hace unos días, el Ministro de Hacienda. Como los suicidas educados escribió una carta en la que explica, más o menos, sus razones. Evidentemente, no se ha matado. Vuelve a la cátedra, que es una forma de quitarse la vida, al menos la pública.

AMLO es una persona cómodamente instalada en el pasado. Lo dicen los papeles de su partido MORENA. Quiere desarrollar a México con la visión política de 1906, hace 113 años, con un programa del Partido Liberal. Pero su modelo es el general Lázaro Cárdenas, estatizador y antiimperialista, que ocupó la presidencia en el sexenio de 1934 a 1940, hace la friolera de 85 años.

Otro desatino. ¿No le basta a AMLO con el trágico desempeño de PEMEX para entender que carece de sentido potenciar nuevamente al estado-empresario? La época de ensayar las estatizaciones era la de Cárdenas y ya se ha visto a dónde condujo. ¿Se da cuenta AMLO que es imposible erradicar la corrupción ampliando el perímetro del Estado y dotando a los funcionarios de una mayor discrecionalidad?

La terrible corrupción mexicana, iniciada desde la época colonial, pero aumentada exponencialmente durante la República, es el resultado, precisamente, de los nexos entre el Estado y el aparato productivo. Cuando AMLO afirma que en su gobierno terminó “la larga noche neoliberal”, no sólo reitera una cursilada vacía que solían repetir los epígonos del “Foro de São Paulo” (Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales, Daniel Ortega), sino que demuestra su incapacidad para entender las relaciones nefastas entre el gasto público y el buen gobierno.

Eso que AMLO llama “la larga noche neoliberal” fue el resultado de la inflación, la pérdida de valor adquisitivo de la moneda y la corrupción rampante de los sexenios de Luis Echeverría (1970-1976) y José López Portillo (1976-1982). ¿Cómo es posible que AMLO piense, seriamente, que los males de nuestras repúblicas se curan con una mayor dosis de estatismo y dirigismo si esos son, precisamente, los males que han envenenado tradicionalmente nuestra vida pública?

Los buenos gobiernos del primer Oscar Arias en Costa Rica, de Luis Alberto Lacalle en Uruguay, de César Gaviria en Colombia, de Ernesto Zedillo en México, del segundo Carlos Andrés Pérez en Venezuela o del segundo Alan García en Perú, fueron el resultado de las pésimas consecuencias del keinesianismo aplicado en América Latina. En esa lista de benignos reformistas habría que incluir al argentino Carlos Menem por sus privatizaciones, si hubiera mantenido el gasto público bajo control, lo que hubiese impedido la devaluación del peso y la malvada historia de los “corralitos”.

Lo que ocurrió en América Latina a partir de la década de los ochenta fue lo que sucedió en Israel con la llegada del Likud al poder (1977), en Inglaterra con Margaret Thatcher (1979), en Estados Unidos con la asunción de Ronald Reagan (1981) y en Suecia con el triunfo de Carl Bildt (1991). Se le puso fin a la “larga noche socialista” (pongámonos cursis en justa venganza), porque el ejemplo de lo que estaba sucediendo en Chile en el terreno económico era determinante, aunque nos repugnara lo que sucedía en el campo político.

Termino por donde comencé: AMLO y la incertidumbre. Si no rectifica le hará mucho daño a México. [©FIRMAS PRESS]

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