
Guayaquil, Ecuador
La administración pública para muchos es un sueño, hay enserio personas que desde infantes añoran con un espacio en la palestra política para un fin: el servicio ciudadano. Sin embargo, las prácticas desleales han mancillado el honor de ser servidor público. En este artículo hablaremos de aquello: el perfil del hombre que debe servir a su ciudad en particular o a su país en general.
Queridos lectores, ¿cuánto tiempo ha pasado desde que ustedes se sienten 100% identificados con un político? Pero no me refiero por “identificado” a ser “simpatizante de este porque es el menos malo” sino al punto de decir: “lo sigo porque él representa mis ideales”. Asumo que menos de la mitad de ustedes sienten eso ahora, y es ese el principal problema que tenemos como sociedad.
Un pueblo que no se sienta representado es el producto de una política ineficiente, porque el servicio público parte desde la representación, de eso trata el sistema democrático: de elegir representantes del pueblo. Claro está que lo más importante es la gestión, sin lugar a duda es aquello que posteriormente juzgará la historia, sin embargo, es la representación la base de todo, y ya sabemos lo que pasa con una casa si no tiene bases.
Es entonces que pienso mientras analizo el espectro político actual y llego a una conclusión, y esa es que los políticos no es que no representan a sus electores solo por falta de idea del quehacer, sino porque se olvidaron de algo esencial: el civismo. El uso de un discurso ciudadano que siga una ideología o causa común es la vía; hay que demostrar que, muy aparte de partidos, vamos a representar a un pueblo, sea este el de Guayaquil, Babahoyo, Machala, Quito, entre otros.
En ese sentido es que debemos enrumbar la política electoral, a una que enserio piense en la representación cívica, misma que sirva para que, juntándose con la eficiente obra pública, levanten el ánimo y la moral de un pueblo que cada vez se siente mas solo y desamparado por sus políticos.
La política no es solo el medio por el cual podemos llevar a nuestro país al progreso, sino que también es un arte, el del servicio ciudadano digno. Ese en el que la mejor recompensa yace en la sonrisa de una familia que no tuvo una vivienda decente recibiendo las llaves de su casa propia; o en la cara de un niño feliz de poder tener un parque limpio y equipado para poder jugar a placer; o lo más básico como el tener calles limpias y sin baches, alcantarillado sanitario, internet gratuita y otros servicios, mismos que el Estado en un ejercicio eficiente de civismo y administración responsable puede proveer con solvencia.

Esto que acabo de mencionar, si es acompañado de un discurso inclusivo y fuerte cuando deba serlo, pero que sobre todo que sea responsable y atinado a las circunstancias reales del común denominador de la población, son las credenciales de, ya no solo, un político sino de un verdadero servidor público. Esperemos que tengamos de estos pronto, porque en una sociedad con moral caída solo un verdadero líder ciudadano y nacional puede levantarla a los niveles de los que nunca debieron bajar.